Un cardenal en pie de guerra

18.04.2012 | 17.03 Comentar   |   FacebookTwitter

Dolan advierte que podría tomar medidas drásticas ante la normativa “Obamacare”.
Mundo /  Destacado en Nueva York, a Timothy M. Dolan ya se lo menciona como un posible sucesor de Benedicto XVI, y con sus opiniones puede quitarle votos a Obama en las próximas elecciones presidenciales.
Por Peter J. Boyer

Justo al trasponer la puerta de la mansión neogótica decimonónica que ocupa el predio número 452 de la Avenida Madison —residencia oficial de Timothy M. Dolan, arzobispo de Nueva York—,
hallamos una reveladora pista de la personalidad del ocupante. En una bandeja, sobre una mesa del recibidor, descansa el birrete escarlata que cubre la cabeza de Dolan desde el mes pasado, cuando el Papa lo elevó al Colegio Cardenalicio. Sin embargo, junto al flamante tocado se encuentra otro sombrero: una gorra roja de béisbol estampada con el logotipo del equipo de St. Louis, el favorito de Dolan. "No sé mucho de protocolo", previene el cardenal. "Me dijeron que debía conservar el birrete junto a la entrada, así que...".

Criado en un suburbio de St. Louis, Dolan nació para destacar en Broadway. Con una personalidad arrolladora y jovial, y una corpulencia a juego (algunos sacerdotes suelen referirse a él con el afectuoso título de "su inmensidad"), Dolan saltó a la fama tan pronto como llegó a Nueva York, en 2009. Como décimo arzobispo de la arquidiócesis más importante de Estados Unidos, Dolan parecía saber que los neoyorquinos aceptarían sin chistar a un prelado que disfruta de los chistes y recibe con beneplácito la atención mediática.

Dolan se perfilaba como un bálsamo para una Iglesia vapuleada, rodeada de escándalos, escindida y cada vez más apartada de la cultura. Aunque profundamente ortodoxo, sus dotes de religioso le han permitido diseminar la fe sin estridencias, retratando a la Iglesia no como tiránico juez, sino como la amante defensora de la humanidad. "Nos hemos convertido en una caricatura de voz ríspida y fastidiosa, que rechaza y condena —explica—, cuando la Iglesia Católica es lo más noble y edificante del proyecto humano". En la desesperada labor de promover dicha imagen, sus hermanos obispos pusieron a Dolan, en 2010, a la cabeza de la Conferencia Episcopal Católica de Estados Unidos, ofreciéndolo como rostro de la Iglesia estadounidense. Roma manifestó su apoyo encumbrándolo a la jerarquía de cardenal, con voz y voto para la elección del próximo pontífice y técnicamente "papable" —es decir, potencial candidato para el trono de San Pedro—.
Aunque el prospecto es poco probable, en términos de influencia y prestigio, Dolan, para fines prácticos, es el equivalente del Papa para los fieles estadounidenses.

Y es justamente por esa preeminencia que Dolan, abandonando su bonachonería, lidera la carga contra el mandato de la presidencia de Obama que obliga a los empleadores a proporcionar cobertura asegurada para servicios y productos que la Iglesia considera moralmente objetables, incluidos anticoncepción, esterilización y uso de fármacos abortivos. La guerra, que estalló al anunciarse la medida, en enero, no da visos de menguar. A mediados de marzo, el grupo episcopal encabezado por Dolan reafirmó su postura declarando que la oposición al decreto de Obama será su prioridad política. En conversación con Newsweek, Dolan dejó en claro su compromiso de combatir lo que calificó como "una intervención injustificada, sin precedentes y radical, contra la integridad y la vida íntima de la Iglesia".

Al preguntarle a qué extremos llegaría con su lucha, Dolan repuso que si el Gobierno no relajaba las normas para la Iglesia y sus instituciones, recurriría a acciones drásticas. "Estoy deseoso de algún tipo de resolución fundamentada", agregó. "Pero si nos obligan a abandonar nuestra labor —de dirigir escuelas, instituciones benéficas y centros de salud— llevándonos a caer en la desobediencia civil y el pago de multas, tomaré en cuenta estas medidas antes que aceptar algo que me resulta moralmente aborrecible".

Dolan insiste en que no buscaba esta pelea. Llegó al escenario nacional como un conciliador, convencido de que la Iglesia no tiene la intención de eliminar de su seno a quienes disputan algunas de sus enseñanzas. Como arzobispo de Milwaukee, estuvo en desacuerdo con los prelados que proponían castigar a aquellos legisladores que apoyaran políticas contrarias a la Iglesia. "Los obispos católicos han aceptado, por unanimidad, el precepto de que el aborto es moralmente reprensible", informa. "Sin embargo, aún no acordamos la mejor manera de difundir esa doctrina y tampoco llegamos a un consenso en cuanto a la conveniencia de adoptar o no medidas punitivas contra funcionarios católicos que contravengan el dogma de la Iglesia, o la dureza de dichos castigos. Preferiría sentarme con ellos a conversar sobre el asunto para hacerles entender mi postura como pastor y lograr una conversión sincera". Desde el surgimiento de Dolan en el ámbito nacional, las "vigilias doctrinales" casi desaparecieron.

El carácter conciliador del cardenal ha sido testimoniado incluso por sus oponentes, incluida la hermana Carol Keehan, presidente de la Asociación Católica por la Salud, aliada de Obama en el tema de la atención médica y fuente de incesante irritación para los obispos. "Es un buen hombre", afirma Keehan. "A veces me da la impresión de que visualiza la Iglesia como una enorme tienda de campaña". La Casa Blanca opina que Dolan es un obispo con el que se puede negociar y espera lograr algún compromiso con el arzobispo, posibilidad que el mismo Dolan reconoce.

La controversia sobre el mandato de salud de Obama se propagó a otras políticas presidenciales, con repercusiones potenciales para las elecciones de noviembre. A la larga, el principal rival del mandatario tal vez no sea el candidato republicano, sino el arzobispo de Nueva York. Dolan desmiente todo interés en la acción partidista, pero hace notar que los católicos tienen influencia política. Aunque Obama se apropió del voto de los católicos autodenominados en 2008, su ventaja entre los practicantes fue mínima. "Los católicos que asisten a misa tienen convicciones muy firmes en el tema pro-vida", apunta Dolan. "Sus posturas en asuntos económicos están bien definidas, y están dispuestos a defender la libertad religiosa. ¿Acaso los feligreses más comprometidos tendrán el voto decisivo en estados importantes, donde la población católica podría definir la elección? Creo que sí, es muy posible".

Podría decirse que la lucha contra el mandato anticonceptivo comenzó con una división eclesiástica intestina a la zaga del Vaticano II, concilio ecuménico convocado en 1962, cuando el Papado decidió dar nuevo impulso a la religión católica. Al concluir el cónclave, en 1965, la agenda de la Iglesia se había convertido en una reforma en gran escala y los reformistas imperantes trataron de reconstruir la institución fundamentados en la cultura contemporánea. El ideal progresista, con su fuerte énfasis en la justicia social, dominó el episcopado estadounidense durante décadas y fue moldeado, en gran medida, por Joseph Bernardin, el primer presidente de la Conferencia Episcopal EE UU. Bernardin instó a la Iglesia a seguir "una ética de vida consistente", lo cual significaba que los católicos debían atender desde asuntos como ayudar a los pobres y defender la paz hasta proteger al feto en el útero. Una manifestación de la visión de Bernardin cobró vida en su arquidiócesis de Chicago, en la forma del Proyecto de Desarrollo Comunitario implementado en el empobrecido South Side de la ciudad. En 1984, uno de los fundadores del proyecto viajó a Nueva York y contrató a un joven egresado de la Universidad de Columbia para dirigir el operativo. Fue así como Barack Obama inició su carrera de organizador comunitario.

Para entonces, el carismático Juan Pablo II, y su mano derecha (y sucesor), Joseph Ratzinger, se contaban entre quienes opinaban que las reformas eclesiásticas habían perdido el rumbo; con esa certidumbre, iniciaron un programa para reinterpretar las conclusiones del Vaticano II, aplicándose a ello con fervor evangelizador. Emergió así una nueva generación de religiosos adheridos a la persona y teología de Juan Pablo II, la cual comenzó a imponerse en el seno de la Iglesia estadounidense. Uno de aquellos religiosos fue Timothy Dolan: educado en la década de 1950 en la parroquia del Niño Jesús de Ballwin, Missouri, donde estuvo rodeado de monjas irlandesas y una sólida vida comunitaria que le inculcó su visión de la fe como experiencia alegre y liberadora. "La Iglesia es una continua afirmación. Sólo dice ‘No’ cuando detecta algo que invalida la dignidad humana".

Las dos tendencias eclesiásticas confluyeron el pasado 8 de noviembre en la Oficina Oval, cuando Dolan fue a la Casa Blanca para discutir con Obama los reglamentos anticonceptivos de su Administración. El preludio fue algo tenso. A pesar de haber preconizado la atención universal de la salud a lo largo de un siglo, los obispos se opusieron a la versión final de la propuesta de Obama, pues no contenía una disposición específica que excluyera el aborto. Obama y sus legisladores aliados decidieron circunvenir a los obispos y optaron por trabajar con personalidades católicas simpatizantes, en particular la hermana Keehan, quien actuó como intermediaria de la Iglesia Católica en los agitados días previos a la aprobación de la ley.

Para Dolan aquello fue una muestra del cinismo político de Obama y una falta de respeto para la hermana Keehan.

Al asistir a la reunión en la Oficina Oval, los obispos se jugaban el pellejo, ya que son socios del Estado en muchos proyectos sociales y dependen en cierta medida de la financiación federal. Pocas semanas antes de la cita presidencial, la Casa Blanca relevó a la Conferencia de su función como supervisora de la ayuda para víctimas del tráfico de personas debido a que los trabajadores de la Iglesia no referían víctimas a los servicios abortivos o de anticoncepción. Por ello, algunos obispos asistieron al encuentro con el temor de que el equipo de Obama pudiera calificar el dogma eclesiástico sobre el aborto y el matrimonio gay como una postura homofóbica, sexista e ilegal.

Dolan confiesa que le asaltó el nerviosismo al entrar en la Oficina Oval y que la presencia de Obama lo impresionó. Salió de la reunión respirando tranquilo respecto de la legislación porque Obama prometió "que no entorpecería la buena labor de la Iglesia en asuntos de salud, educación y caridad", recuerda. Cuando se dio a conocer el reglamento, el 20 de enero, Dolan se sintió traicionado. Las únicas excepciones al mandato de cobertura anticonceptiva patronal eran los centros de culto. Para la Iglesia aquello representaba una intromisión radical del Estado, ya que pretendía redefinir un ministerio aprobado. La medida era una patente extralimitación
—que hasta la hermana Keehan calificó de error—, por lo que Obama se retractó y ordenó una revisión. El equipo de Obama pasó por alto a los obispos y solicitó ayuda a la influyente monja de Washington, D. C. El resultado fue la "concesión" del 10 de febrero, que transfería a las aseguradoras la responsabilidad de brindar anticonceptivos. La hermana Keehan aprobó el plan sin chistar.

La mañana en que se anunció el nuevo plan, Obama llamó por teléfono a Dolan: "Le dije: ‘Señor Presidente, ¿está pidiendo mi opinión? ¿O está informándome de su decisión?’", recuerda el arzobispo de Nueva York. "Y él respondió: ‘Lo segundo’".

En su declaración posterior, Dolan calificó la revisión como un buen paso inicial que requería de mayor reflexión. Al finalizar el día, luego de hablar con su personal y sus colegas, llegó a la conclusión de que la "concesión" de Obama era una distinción que no cambiaba las cosas. Pasar la responsabilidad de los empleadores a las aseguradoras era un truco contable, sentenció el arzobispo. Peor aún, la revisión reservaba al Estado la autoridad para determinar cuáles entidades eclesiásticas contaban como ministerios, sin proporcionar excepción a los organismos autoasegurados que componen la mayor parte de las instituciones católicas.

Los asesores de la Casa Blanca opinan que podría llegarse a un compromiso si Dolan se involucra en las negociaciones, y aunque el prelado afirma estar abierto a una resolución, duda que ésta provenga de la Casa Blanca.

Entre tanto, Dolan y los obispos intensifican una campaña que incluirá la distribución de boletines informativos en las iglesias. Instaron a las parroquias a realizar un registro de votantes y solicitaron la colaboración de activistas independientes.

Dolan informa que es "contraproducente" que los líderes religiosos sugieran votar a favor o en contra de un candidato. "Pero, eso sí: siempre hablamos de principios —añade—, y, al hacerlo, casi todos saben a quién nos referimos cuando nuestras argumentaciones son evidentes".

Casi al concluir la entrevista, Dolan lleva la conversación a una habitación en la parte posterior de la residencia, cerca del pasadizo que conduce a la catedral de San Patricio. Con la ayuda de un sacerdote, comienza a ponerse las vestiduras para una ceremonia. Mientras intenta abotonar su chaleco —"todavía no sé ponerme estos trapos"—, se coloca bajo el retrato de John Hughes, primer arzobispo de Nueva York.

La yuxtaposición me resultó sorprendente. Hughes, conocido como Juan Dagas, fue un hombre combativo, un cruzado irlandés decimonónico que encaró turbas nativistas y desafió al establishment protestante en una época en que las escuelas públicas enseñaban que el catolicismo era una desviación religiosa.

Antes de morir, en 1864, Hughes puso la primera piedra de la nueva catedral de San Patricio, sin haber sido descrito con el adjetivo "conciliador".

Casi listo para ir al templo, Dolan se yergue para que el sacerdote le cuelgue al cuello el enorme pectoral dorado. El cardenal coloca la cruz justo por debajo de su corazón, y pregunta: "¿Sabe usted a quién perteneció esto?". Mueve la cabeza en dirección del retrato de Hughes. "A Juan Dagas", dice.
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