Por Ramiro García Morete
“La música empieza donde se acaba el lenguaje” sostenía alguien que durante el romanticismo alemán supo destacarse en variadas disciplinas como la pintura, la literatura y -por supuesto- la música: E.T.A. Hoffmann. Desde los dolientes cantos de Orfeo o los acordes secretos de David, la música ha sido concebida como una expresión suprema, una deliciosa vía de elevación, una corriente eléctrica haciendo del cuerpo un templo sagrado. Y si algo es supremo, elevado y sagrado, la música merece tales adjetivos. Incluso los menos creyentes -o los más “dudantes”, como diría Yupanqui- asumen su carácter casi místico. Por ello es que es muy común coincidir en que la música es un lenguaje universal, que no requiere traducción y que excede a las estrictas normas del vocabulario o el idioma.
Muchos entienden a la música como algo superior a otras expresiones, porque está -por decirlo de algún modo- menos contaminada: surge directo del alma, sin ser mediatizada por el pensamiento. Argumentos tales son sostenidos por ejecutantes y oyentes, incluso cuando componen o escuchan música que no es estrictamente instrumental. Gran parte de la música realizada en los últimos siglos-sea cual fuere el género- se ajusta al formato canción. Y esta sabe ser un equilibrio entre letra y melodía. Pero muchas veces ese equilibrio puede romperse, no sólo por responsabilidad de su autor sino por la manera de percibir su rol e importancia.
Están quienes creen que la letra es un elemento accesorio a una composición musical, incluyo cuando esta sea una canción. Tal vez porque todos hablan pero no todos tocan un instrumento, pueda creerse que es más fácil escribir; o tal vez porque se entienda que su sentido está acotado al significado… Lo cierto es que es muy común escuchar: “Si Fulano escribe buenas letras, que publique un libro.” Raramente se dice: “Si la letra no importa en música, que Fulano haga instrumental o solfeo.” Esta concepción se acentúa si el artista juzgado habla en otro idioma, como si la lírica no contuviera un acento emocional entrelazado con la melodía o la armonía. No todos pueden traducir las letras de, por citar un ejemplo, Joy Division, pero ¿creen que esa banda sonaría tan cautivantemente oscura y su voz tan perturbadora si sus palabras hablaran de un mundo rosa? ¿Es necesario saber inglés para advertir que Billie Holliday contenía toda la tristeza en su voz? Pensemos en nuestra melodía cantada favorita y cambiemos la frase original por una absoluta tontera: ¿seguiremos pensando que esa melodía es igualmente maravillosa?
La música tendría la ventaja de la pureza, como si no fuera un lenguaje. La palabra, lírica o poética, tendría la desventaja de no ser no sólo música sino de estar mediatizada, razonada, medida. ¿Es realmente así? La música, como la poesía, es un lenguaje. Mas allá de que contiene frecuencias que impactan físicamente (si la chica que nos gusta nos dice “te amo”, ¿esas palabras sólo nos afectan por decodificación cerebral?) , también está poblado de signos, reglas, usos, sistemas. La música es tan cultural y convencional como cualquier otra expresión. Algo que creemos que es puro, universal y afín a todos los seres humanos, posiblemente se ajuste a una concepción determinada: en nuestro caso, occidental. Esto se refiere a cierto sistema armónico y tonal que presupone una idea de lo que suena bien, mal, agradable o cierto no. Pero desde Schönberg a Stockhausen, desde Coleman a la música hindú, esas reglas han sido cuestionadas. Schönber, referente de la atonalidad, aseguró: “Cualquier combinación de notas es posible, pero yo empiezo a advertir que son también leyes absolutas y condiciones que me impulsan a hacer uso de esta o aquella disonancia”. Por consiguiente, se entiende que toda música responde a leyes y condiciones. Y estas las impone, como en la poesía, la cultura. ¿O no influye nuestra historia y coyuntura cuando escuchamos una zamba, un blues o un gato?
Quien crea que la letra de una canción es un accesorio está desatendiendo la mitad del espectro que ella contiene. Y no es el espectro lírico, sino que también es parte de la musicalidad. En primer término porque la poesía es una forma de música. Según Rimbaud, todo reside en “la excitación y en la música”. “Yo ajustaba la forma y el movimiento de cada consonante, y —con ritmos instintivos— me enorgullecía de inventar un verbo poético accesible a todos los sentidos". Quien crea que las palabras no tienen timbres ni los versos ritmo ni sus combinaciones melodía está ignorando un lenguaje pero también dejando de apreciar una forma de belleza; quien cree que una canción con muchos versos reiterados es pobre musicalmente, debe pensar lo mismo de un tema de kraut (género basado en la recurrencia).
Tanto la música como la poesía son lenguajes. Y a la vez, son algo más que contienen lenguajes. Si se conoce sus formas y sistemas se los puede apreciar o no desde un nivel; si se lo desconoce, aun así se puede apreciar -o no-. “Cuando juego al tenis, no pienso si las líneas de la cancha están rectas” sabía ironizar Robert Frost. Es que por fuera de ambos lenguajes hay algo inasible, indefinible, que puede generar algo trascendental… o no… y que difícilmente dependa del lenguaje-música o poesía- sino de quien la exprese y quien la reciba. Quizás sea algo mayor que la belleza: la verdad. Y para algunos la verdad reside en las palabras, ya no desde su significado literal y denotativo, sino desde su sonoridad y mera pronunciación. El nombre de dios, ese que alguna religión no pronuncia, sería un buen ejemplo de cómo palabra y sonido aúnan algo común e indescifrable. Esa verdad, esa revelación trascendental, pura y no contaminada es precisamente lo que no suena en la música, lo que no dice la palabra. Eso que comienza allí donde se acaban los lenguajes.