martes, 18.06.2013

¿Qué pasa con vos?

Cultura /  ZONA IDEAS/ Cuando queremos averiguar lo que tienen esas canciones para volverse tan pegadizas.  
05.05.2012 | 09.38 Comentar   |   FacebookTwitter

Por Lucía Zapata
@zapatalucia

Cual chicle a la suela, cuando “esa” canción -o fragmento- se instala en la mente así porque sí, la tarea de despegarla se convierte en “todo un asunto”. Pero (siempre aparece uno) es más asunto aún descubrir cómo llega hasta ahí.

El interés por dilucidar este temita de los temas es tal, que incluso se han hecho estudios científicos (dos de los más citados son el de la Universidad Goldsmiths –Londres- y el de la Universidad de Cincinnati -Estados Unidos- que habla del “earworm” o “gusano del oído”) para descifrar qué produce que una canción sea pegadiza. Y como la ciencia no es lo nuestro (“al César lo que es del César”), vamos a ensayar una explicación tentativa de las que podrían ser las causas.

Quizás la más evidente es la repetición. Eugenia lo dijo apenas surgió el tópico de conversación en el grupo y como le copó la idea mencionó los dos ejemplos que le vinieron más rápido a la cabeza: “Azul” de Cristian Castro y “Amo” de Axel. A esto le sumó (y aclaró que era a título personal) que su rechazo hacia los trabajos de esos artistas potenciaba lo pegajosas que le resultaban las canciones. Así y todo, no podía parar de cantarlas en el momento que las escuchó, y después. Algo quedaba y era esa misma palabrita la que aparecía una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, hasta que lograba el objetivo.

Y como puede resultar efectiva la reiteración de una palabra o una frase para que esa canción alcance el rótulo de “pegadiza”, no se puede pasar por alto la cuestión repetitiva pero desde el plano de la difusión. La popularidad de la pieza musical va en aumento y aparece por dónde se nos ocurra (y más también). El tema se propaga hasta llegar a determinados lugares que harán que alguien lo tenga presente constantemente. Lo escuché acá, allá y ahí. Se me pegó. Listo. No me lo puedo sacar más.

La identificación de la pieza musical con determinado personaje, que no necesariamente es el autor y/o intérprete puede ser otro factor del por qué de este fenómeno. En su momento de resurgimiento mediático, la señora Graciela Alfano era presentada en cuanto programa de televisión aparecía con “La flor más bella”, de Menphis la Blusera (cuando su cantante todavía era Adrián Otero), lo que provocó la vinculación inmediata de frases y melodía a la figura de este personaje. Más cercana en el tiempo, la que se convirtió en detestable (no tanto como el personaje al cual se la asocia, pero casi) fue “I know you want me”, de Pitbull, que por alguna razón el ahora (afortunadamente) desaparecido del mundo chimentero Ricardo Fort se apropió como cortina de presentación o algo por el estilo.

En cadena. La imposición (que puede vincularse a la ya mencionada repetición) es otro de los factores influyentes. Pues encasillamientos tales como “el tema del verano” (y otros rótulos similares) generan que se les dé “manija” a esas canciones hasta que uno las incorpora y no se las puede sacar de encima. ¿Qué suelen tener? ritmo contagioso y frases cortas fáciles de memorizar.

En este punto -que bien podría ser otro- entra en juego la cuestión del idioma, porque no necesariamente tienen que ser en español (o en el idioma que uno hable) los temas que se nos pegan. Los ejemplos más a mano y cercanos temporalmente son los títulos brasileños “Chora Me Liga”, de Joao Bosco y Vinícius, y “Ai se eu te pego”, de Michel Teló (el “Nossa, nossa assim você me mata”, para los conocidos), furor en los veranos 2011 y 2012.

Queriendo continuar la línea de lo anterior (debido a que no se tiene en cuenta en qué lengua se cantan) es que aparecen las canciones que fueron “hechas para…” (y complete con lo que desee). Los mundiales suelen ser un parámetro para graficar esto y si no, preguntémosle a Shakira, que inmortalizó en las últimas dos Copas del Mundo (Alemania 2006 y Sudáfrica 2010) dos hits pegadísimos como “Las caderas no mienten” y el más próximo y explotado “Waka Waka. Esto es África” (con Messi y su actual novio Piqué interviniendo en el video clip, más allá de las imágenes futbolísticas de archivo). Lo mismo para Ricky Martin y “La copa de la vida” (¿quién no recuerda el “Go, go, gol! Ale, ale, ale”?).

Un paréntesis para esas que si bien no perdido la etiqueta de pegadizas se han vuelto empachosas y un poco molestas. Teléfono a Diego Torres, que cuando escribió “Color esperanza” e incluso llegó a cantársela al mismísimo Juan Pablo II (año 2003) seguro no imaginó que el tema provocaría amores y odios.

Una más (o dos, o tres): cuando la canción no es necesariamente la original y se adapta para comercializar un producto (“Hoy hice arroz, lo hice para vos, yo soy Daiana Arroz...” de Lucchetti), cuando de por sí la canción es pegadiza entonces se conserva la música adecuando la letra para relacionarla con una figura del espectáculo (“Detrás de todo sólo hay una mujer/ detrás de todo sólo hay una mujer…/ Ni una diva total, ni una mujer fatal”, se la escucha a Susana al ritmito de Village People) y cuando se crea de cero una cortina musical para una publicidad, que provoca la mencionada adhesión (“que te clavo, que te clavo la sombrilla”, de lo que en su momento era CTI móvil).

¿Algo de todo esto hay, no? Y debe haber más, seguro. El tema de los temas pegadizos es recurrente porque aunque esbocemos ciertos probables orígenes del fenómeno, sigue siendo una intriga el no saber exactamente qué genera esa canción para tararearla de manera cuasi compulsiva (una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez). Las causas seguirán siendo una incógnita.

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