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Densa realidad

23-03-12 /  ZONA DE IDEAS/ LITERATURA. Un punteo arbitrario por tres novelas nacidas bajo las espesas noches de los '70, y que de distinta manera dan cuenta de esa particular atmósfera que padecían los argentinos. 

Por Flavio Mogetta
@flaviomog

“¿Hay una historia? Si hay una historia empieza hace tres años. En abril de 1976, cuando se publica mi primer libro, él me manda una carta”, introduce Ricardo Piglia para dar comienzo con esas palabras a la que quizás sea su novela más emblemática: Respiración artificial. El escritor ubica la acción en un contexto temporal muy preciso, apenas pasaron un par de semanas desde que María Estela Martínez de Perón fue corrida de la presidencia por un golpe cívico-militar. Y la atmósfera que se respira en ese texto es densa, muy densa.

Algo similar sucede con el libro que José Pablo Feinmann pergeñó en 1982 (tres años antes ya había escrito Los últimos días de la víctima). Ni el tiro del final anticipa desde el título el escritor y uno intuye que así trascurrirán los días de Ismael Navarra, ese pianista fracasado que un buen día se ve inmerso en el mundo del chantaje. Claro que no resultan jornadas propicias para hacerlo. Y Feinmann nos asfixia con esas impecables descripciones de esa ciudad marítima asolada por el invierno. Quien quiera ver alguna metáfora que la vea, pero no es necesario. Y en la misma tónica transita Cuarteles de Invierno de Osvaldo Soriano, donde dos loosers encantadores asisten, son testigos y sufren toda la crudeza que destilaban los años de plomo.

Sin lugar a dudas que mucha más literatura se ha escrito en aquellos años, y que también refleja el clima con el que vivían los argentinos. Pero nos detenemos en estos tres casos testigos y tampoco buscamos con ellos dar cuenta de nada, sólo mostrar que aún en momentos difíciles la intelectualidad nacional se movía. Algunos desde el exilio y otros sobreviviendo en nuestras calles o pagando con su vida (como el caso de Rodolfo Walsh o Haroldo Conti, entre muchísimos otros).

Una versión (incomprobable) marca que Piglia escribió esa novela –publicada en 1980, el mismo año en que también apareció Flores robadas en los jardines de Quilmes, del controvertido Turco Asís- en el interior de una camioneta tipo Van que circulaba por las calles porteñas para así no dar cuenta de su paradero. Mitos, que agigantan más la historia. Como todo mito que se precie de tal.

Y no se puede obviar la discusión que cruzó el campo literario por aquellos años, protagonizada por “los que se fueron” (Cortázar como principal orador) y los “que se quedaron” (Liliana Heker). Entre acusaciones de “escapar” y “autocensura”, el entredicho en cierto punto menguó por cierta postura paternalista del autor de Rayuela, que decidió correrse y abandonar el intercambio epistolar.

Osvaldo Soriano ya no estaba en la Argentina cuando escribió Cuarteles Inviernos, ese relato protagonizado por un boxeador y un cantante de tangos que llegan a un pueblo de la provincia de Buenos aires contratados por las autoridades militares que lo gobiernan. Lentamente asistimos a como mientras fortalecen el vínculo entre ellos, se resquebraja el contexto que los rodea. Es casi imposible recorrer la secuencia final del tren sin conmoverse. "Escribí esta novela en Bélgica y Francia, entre 1977 y 1979, tratando de exorcizar lo que pasaba en la Argentina. Mi idea era poner en un mundo dictatorial a dos personas que, por su oficio, aparentemente están afuera de la política, como un cantor de tango olvidado (Galván) y un boxeador que está tirando sus últimas manos (Rocha). El plan de ambos cuando llegan a Colonia Vela es hacer lo suyo, cobrar e irse. Su problema es que, una vez que están en el pueblo, toman conciencia de que la fiesta la dan los milicos", recordaría el “Gordo” en un reportaje y el no recurre a la denuncia directa para contar el horror (por suerte) sino que traza alegorías y metáforas. Si algo caracterizó a este escritor fueron sus finales si se quiere amargos, o al menos “no” felices, y este no será la excepción cuando Rocha, que representa claramente al pueblo pierde la pelea contra un teniente primero del Ejército Argentino.

¿Se respiraba bien? ¿Corría aire? Casi nada, casi nada. Escribe Soriano: “Era un pueblo chato, de calles anchas, como casi todos los de la provincia de Buenos Aires. El edificio más alto tenía tres pisos y trataba de ser una galería a la moda frente a la plaza. La gente caminaba en familia y los altoparlantes gruñían una música pop ligera que de pronto se interrumpió para indicar, quizá, que la misa iba a comenzar. Lentamente la gente fue desapareciendo, como si las campanas de la iglesia anunciaran el comienzo de un toque de queda matinal”.

Sujetos que desaparecen o nunca se esfuman, finales amargos, traiciones, y esa paradoja que marca que siempre triunfa el poder o quien lo detenta. Así vemos transitar los destinos de Tardewski, Renzi, Rocha, Galván o Ismael Navarro. Oscuridad, asedio, frío y el invierno que parece no pasar, tiempo de guardarse a la espera de mejores vientos.

Y eso fue lo que hicieron: “Trataba de despertarse de la pesadilla de la historia para poder hacer bellos juegos malabares con las palabras. Kafka, en cambio, se despertaba, todos los días, para entrar en esa pesadilla y trataba de escribir sobre ella”.

Y después, esperar que aclare. Porque siempre, incluso en las noches más oscuras, despiadadas y siniestras siempre aclara. “Mira hacia afuera y dice que ya ha empezado a clarear, que pronto va a amanecer. Está clareando, dice. Pronto va a amanecer”.



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