El que los hizo desaparecer

16-05-12 /
A la manera de Adolfo Scilingo, el ex agente de inteligencia Cláudio Guerra confiesa en un libro los crímenes que cometió durante la dictadura brasileña.
Por Mac Margolis
Mmemórias de Uma Guerra Suja (Memorias de una guerra sucia) no es el tipo de libros que uno lee antes de dormir. "Mi método fue siempre el mismo. Dos balas directo en el pecho de la víctima", explica Cláudio Guerra, recordando su época como asesino de la dictadura militar brasileña. Escalofriante y franco, es difícil dejar de leerlo. "Casi nunca conocía la causa de mi misión, ni siquiera el nombre de la víctima".
La historia de Guerra, lanzada la semana pasada por Topbooks, se desarrolla en 200 páginas de portugués llano (amén de otras 83 páginas de anotaciones), según lo relatado a los reporteros Marcelo Netto y Rogério Medeiros. Con deshilvanado argumento y extensos llamados de autor, la obra abarca casi dos décadas de crímenes ocurridos en los ‘70 y ‘80, y por momentos resulta difícil de seguir. Sin embargo, las escalofriantes revelaciones asentadas en sencilla prosa ("Ayudé a tirar los cadáveres en el acantilado…") hacen de este libro una lectura que obsesiona.
Desde la película argentina ganadora del Oscar La historia oficial hasta el reciente libro Disposición final, en el que Jorge Rafael Videla confiesa en conversación con el periodista Ceferino Reato las atrocidades cometidas durante la última dictadura militar en la Argentina y el nuevo Museo a la Memoria de Chile, los latinoamericanos están muy ocupados exorcizando los fantasmas de sus horas más siniestras. Memorias de una guerra sucia enriquece el género con lo que podría ser la confesión más honesta desde las entrañas de la máquina asesina.
La dictadura militar de Brasil (1964-1981) fue uno de los regímenes autoritarios más prolongados del hemisferio, y pasó a los libros de historia como uno de los menos espeluznantes por haberse detenido en el límite de las carnicerías masivas que solían ser la norma en América Latina. Cerca de 3.000 personas fueron asesinadas durante los 17 años de dictadura del general chileno Augusto Pinochet, y 10 veces esa cantidad fueron víctimas de las juntas argentinas de la década de 1970; en comparación, los muertos y desaparecidos del régimen militar brasileño son "sólo" centenares. Y sin embargo, gracias a la amnistía general de 1979, no ha salido a la luz mucho de lo ocurrido en Brasil, y en ello estriba la importancia de Memorias.
En la larga trayectoria de su violenta carrera, Guerra pasó de soldado a inspector de policía y miembro de élite de la "comunidad de inteligencia" brasileña —eufemismo para la banda de militares y operativos civiles encargados de librar al país de izquierdistas radicales y guerrilleros—. Algunos de los sucios colegas de Guerra mataban por dinero, embolsándose "donativos" de ejecutivos desesperados por poner freno a la marea roja, mientras que otros asesinaban y mutilaban por sádico placer. Leal funcionario, Guerra afirma que cometió homicidios por patria y bandera. "Aprendí que los comunistas eran los malos y que debíamos destruirlos", explicó en una entrevista telefónica. "Era matar o dejar que te mataran".
A pesar de su devoción y talento con la pistola, el prestigio de Guerra creció rápidamente, y utilizó su cubierta como oficial de inteligencia asalariado para trabajar horas extras como verdugo. El elenco que describe parece salido de un film noir. Policías que inhalaban cocaína y una valija que dispara; armas que recibían de un siniestro cubano-estadounidense que supuestamente trabaja para la CIA; asesinatos planificados en un baño público-club de desnudistas, propiedad de una organización militar de caridad y administrado por un restaurador portugués reaccionario, casado con una aspirante a estrella porno.
Una de las tareas de Guerra consistía en eliminar evidencias, tirando los cadáveres en acantilados o incinerando los restos en el horno de un barón azucarero complaciente. Guerra dice que jamás torturó y en una ocasión, abandonó un complot para hacer estallar un avión que transportaba a izquierdistas, pero también a muchos niños. No obstante, cuando se trataba de eliminar radicales o hasta demócratas, no tenía el menor miramiento. El coautor, Netto, hace un "cálculo moderado" de que la cantidad de gente que Guerra asesinó o hizo asesinar asciende a más de 100.
Entonces, ¿por qué confiesa semejantes barbaridades? "Es un acto de contrición", propone Netto. "Creo que realmente quiere confesar sus crímenes". Encarcelado durante seis años por tráfico de armas, Guerra revela que encontró a Dios entre rejas y hoy es predicador de la Asamblea de Dios, un grupo pentecostal. "Si tuve el valor para hacer lo que hice, debo tenerlo para confesar mis actos", dice.
Con todo, la sinceridad del relato de Guerra no apunta al remordimiento. "Mi pasado ha dejado de oprimirme", informa en Memorias. "Hoy me siento completamente libre". Historia aparte es que los seres queridos de sus víctimas compartan ese sentimiento y sin duda, muy pronto lo averiguará. Esta semana, la presidente Dilma Rousseff instituyó la muy esperada Comisión de Verdad que investigará crímenes y violaciones de los derechos humanos perpetrados durante la era militar. Uno de los testigos más importantes será Cláudio Guerra.
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