La historia de Manuel, el brujo de Gorina

Diagonales / Por trabajo, por amor o por salud, asiste “espiritualmente” a 200 personas por día
06.03.2011 | 10:24 Comentar    |    Facebook Twitter

Los colaboradores del sanador

En La Plata no hay quien no haya escuchado hablar de él. Agazapadas en cada ochava de la ciudad de las diagonales se puede uno cruzar con las miles de leyendas que repasan cómo su ayuda revirtió los finales más dramáticos, o atrajo simplemente la buena fortuna en el amor o el trabajo de quien lo visitó. Los que osan contarlas, claro, asumen el riesgo de ser tomados por locos. Creer o reventar. “Recupera a tu pareja para siempre”. “Parapsicólogo 2x1 consulte amor, salud, trabajo”. “Todo lo que necesitás saber en una lectura de tarot”. Manuel, de 50 años, en sus veinte años de trabajo jamás recurrió a publicar un clasificado similar en ningún periódico, pero sin embargo es visitado por entre 200 y 500 personas diarias, tanto de la capital provincial como de otras provincias y países alejados. Manuel no cobra un peso en retribución. Acepta, a voluntad, donaciones de alimentos, ropa, objetos y hasta dinero, que el que quiera puede colocar en la alcancía de madera con forma de casita que se encuentra en el hall de espera, cerrada con candado. Manuel tampoco quiere dar ninguna entrevista. “No me gusta la prensa porque la información que uno da, el periodista la puede transmitir tanto para bien como para mal”, explica ese martes entre los ruegos de la cronista por obtener un sí como respuesta.

CONTRASTES. La mañana del miércoles recién comienza pero calle 7 ya está cortada. Una señora se resbala perdiendo el equilibrio y cae despatarrada en medio del asfalto; los peatones miran de reojo y apresuran su marcha mientras los autos runrunean esperando para acelerar segundos antes de que el semáforo les dé luz verde. El ruido de las máquinas trabajando en un edificio en construcción se funden con el de los bocinazos que los conductores propinan hacia los colectivos, que atascan las calles internas de la ciudad porque deben virar su recorrido para abrirse paso.
Cinco kilómetros más allá de la furia del centro, en Gorina, la rutina sigue rodando, pero avanza a otro ritmo. El olor del pasto recién cortado perfuma su contradictorio paisaje: caserones prolijos, mansiones lujosas adentro de un country, y humildes casillas de chapa, todas, desperdigadas entre sus manzanas. La heterogeneidad de su fisonomía urbana se condice con la de los visitantes de Manuel: congregados en la descuidada galería que oficia de sala de espera, hay pobres, ricos, gente de clase media, famosos, profesionales, hombres, mujeres, ancianos, adolescentes, creyentes y hasta escépticos.  
Un cartel escrito con tiza ofrece choripanes de oferta. Unos metros más allá la angosta y asfaltada calle 138 se bifurca hacia una diagonal de tierra. De un lado, chiquitos descalzos merodean por entre la fila de precarias casillas. Del otro, los gallos picotean la basura que cubre el piso de un terreno baldío. Al fondo, una cuadra más allá de la derruida casa en la que atiende Manuel, se vislumbra una fábrica textil abandonada, en la que hoy viven siete familias enteras que se salvan de la intemperie. “Mientras está atendiendo Manuel en el barrio no pasa nada, después no sé”, dice Mabel, una de sus fieles visitantes. Ante la sola mención de Manuel, su rostro se enciende. “Él ayuda a todo el barrio, reparte entre los vecinos la mercadería que le traen los que vienen a atenderse”, cuenta, y abre la duda: “Si no estuviera él no sé qué haría la gente de acá”.  

AMIGO. “Vengo a verlo hace cinco años. Manuel te ayuda, no hace milagros. Uno hace amistad, él se convierte en un amigo. En temas de salud, si te vas de acá con alguien en el Hospital, es seguro que ese día le van a dar el alta. Es 100% efectivo. Si no puede ayudarte también te lo dice”, asegura Elsa, una señora de cuarenta y largos teñida de rubia con agua oxigenada. Vino a hacer su visita y de paso trajo a una amiga que nunca había venido. “¿Cómo lo conocí? Me lo recomendaron. Mi hijo tenía en ese momento un soplo en el corazón, ya lo estábamos por operar. Le traje todos los estudios y él enseguida me dijo que no tenía nada. Hoy tiene quince y está más sano que cualquiera. Desde esa vez lo vengo a ver siempre, y hasta ahora no me falló nunca”, cuenta.
Para Elsa, Manuel “es lo mejorcito de La Plata. Mirá que yo fui a muchos que dicen cualquier boludez y te cobran. Fui a un parapsicólogo allá por 555 al fondo que me cobró 50 pesos. También dicen que hay uno en Berisso, de nombre Don Antonio. Manuel no cobra, vive de lo que la gente le agradece. Tengas o no plata, todos tienen los mismos derechos. Él te agarra las manos y sabe a qué venís, no le tenés que decir nada. Si no creés también te lo dice él. Tenemos la suerte de que nos puede ayudar, tiene ese don, que es indefinible. Esto es como un vicio, lo ves y te da paz, y una vez que te atendió, te vas contento”.
Manuel llega a bordo de una ostentosa camioneta gris todo terreno pasadas las 6 de la mañana. “No vas a pensar mal y creer que esa camioneta se la compró él. No… esa se la regaló Verón, cuando él le curó una lesión. Él no tiene nada”, apunta María. Y baja Manuel, estatura baja, morocho y de pelo lacio hasta los hombros peinado con raya al medio, remera blanca, pantalón de jean, zapatillas grises con cámara de aire. Estaciona y enfila con paso rengo atravesando la puerta de madera de pino agujereada, ingresando a la descuidada galería de espera para poner manos a la obra a la atención de los cientos de visitantes que ya tienen su número en mano. En la espera las diferencias sociales y etarias parecieran no tenerse en cuenta. Las miradas que se cruzan los que aguardan su turno son entre cómplices y animosas. Algunos están parados, otros sentados en las sillas plásticas, de metal, banquetas y tablones de madera que están dispuestas contra las mugrientas y extensas cuatro paredes del lugar. Se prenden los dos ventiladores y hacen temblequear las telarañas que cuelgan del techo como guirnaldas. En un rincón del salón se asoman bolsas de consorcio llenas de basura y diarios viejos. En la pared del fondo, de ladrillo a la vista, descansan aberturas y puertas sueltas, de distintos materiales.
¿Sanador? ¿Chamán? ¿Brujo? ¿Vidente? Manuel no cuadra con ningún estereotipo y sus poderes son un misterio en el que anidan las más diversas hipótesis. “Buen día Manuel”, “Volví”, “Hola Manuel”, lo saludan cuando lo ven entrar. Imprime en el aire un leve halo de respeto pero está muy lejos de recibir reverencias o persignaciones. Un hombre de pantalón azul y chomba con el logo de cocodrilo se acerca y le da un beso. También una mujer de vestido negro, tacos y pelo planchado. Manuel, jugando con una bandita elástica entre sus dedos, va hasta la cocina, de donde sale uno de sus ayudantes para depositar una estructura ovalada de metal en el medio del salón. Después, trae a un loro para posar en el caño angosto que atraviesa a la estructura.

MANOLO. “Al loro lo pone ahí para absorber las malas energías, para limpiar un poco el ambiente”, afirma un hombre casi pelado, de bigotes y ojos claros, que espera sentado con el número 234 doblado en una mano y la otra palma abierta apoyada en la pierna de su mujer, a su lado. “Hoy hay poca gente, hay días en que esto es un hormiguero. A mí Manuel me solucionó un montón de cosas. Hace 14 años que vengo. Nos salvó de mil cosas, de operaciones, él no te deja hablar, te dice lo que te pasa y no le erra”, explica mientras niega con su cabeza. Preguntarle cómo lo define es meterlo en un terrible brete. Duda, piensa por larguísimos segundos con su mirada puesta en el piso de cemento repleto de huellas de gallo dibujadas, entorna sus ojos, hasta que suelta: “Para mí es un amigo que nos da una mano, lo recomendamos, sobre todo cuando, con el correr de los años, conocemos más casos de gente a la que ayuda. Y su mayor diferencia es que no te pide nada a cambio”.

-Manolo rompe el hielo, socializa con la gente que espera, nada más que eso- dice Manuel sobre el loro, y luego ofrece un mate dulce. En la cocina también están María, Joel, Tamara y Bebu, chicos de entre 16 y 24 que trabajan ahí; una atiende el teléfono, otra da los números, Joel está como encargado y Bebu de remisero, trayendo y llevando gente. Hay una reproducción de La última Cena colgada, y una foto grande del hijito de Manuel vestido con el uniforme de un club de futbol y la pelota bajo su pie derecho. Las preguntas se disparan llenas de curiosidad y encuentran un interlocutor de pocas palabras.
-¿Siempre tuvo este don?
-Desde los ocho años, que vivía en Tucumán. Yo hablaba con los muertos. De a poco fui entendiendo cosas que no entendía. Todo cuesta.
-¿Cómo definiría lo que hace?
-Yo ayudo espiritualmente. Me sale nato. No estudié nada. Me sale del corazón. Es mi deber.
-¿Por qué cosas vienen a verlo?
-Enfermedades, cosas del corazón.
-¿Qué pasa si percibe algo feo?
-Si no los puedo ayudar o si veo algo feo también se los digo. La vida es así. Con la verdad se sale al frente. Yo hablo con la verdad.
-¿Cómo es la dinámica cuando atiende a alguien?
-Yo no pregunto, digo. Si preguntara, tendría que estar tres horas con cada uno. Después deduzco.
-¿Qué hacé cuando no estás atendiendo?
-Soy una persona normal. Me gusta jugar al fútbol.
Manuel se levanta de la silla y dice que se tiene que ir a atender, dando por concluido el escueto mano a mano. Sale de la cocina hacia la sala de espera y se mete en el pequeño cuarto de al lado, que tiene una puerta de chapa blanca.

El PIBE DE LA BIBLIA. Ingrid lo conoce desde que era chiquita. Su papá tenía una cancha de fútbol en el barrio y Manuel era habitué. Dice que era un chico normal pero que siempre andaba con la Biblia bajo el brazo. Esta vez, lo vino a ver porque la ve mal a su hija, una adolescente de no más de 14 años que está sentada a su lado. “A él no le gusta hablar de lo suyo”, asegura. Mientras tanto, la gente va ingresando por número al cuartito en el que los recibe Manuel, que cierra la puerta ni bien entran. Durante el vaivén se alcanzan a divisar adentro infinidad de estatuillas de Cristo y vírgenes colgadas en las paredes. Y dos sillas en el centro. No transcurren más de tres minutos cuando Manuel abre nuevamente la puerta y los despide. Casi todos salen con una sonrisa dibujada en el rostro, mirando al frente. Que pase el que sigue.
Cristina salió de hablar con Manuel hace pocos minutos. “Salgo relajada, me gustaría quedarme más tiempo hablando con él, es un amigo”, dice. Ella quedó impresionada cuando, años atrás, vino con una amiga. “Sin que yo le diga nada me preguntó si quería que me saque a mi marido de encima o que lo cure. Opté por lo segundo y desde ese día mi marido no me pegó nunca más ni tuvimos ningún problema. Me cambió la vida”, dice hoy. De la misma forma, trajo a muchas de sus amigas, aunque “hay una que no le cree, la traje y no tuvo piel, él le dijo que no le creía y es así”.
Para Gastón, de 19 años, que espera ser atendido de pie apoyado contra una pared en un rincón, Manuel “es un tipo que te ayuda a creer, no sé cómo. Lo conocí siete u ocho años atrás, me trajo una prima, yo estaba en un momento familiar crítico y después de que vine, todo mejoró. Entrás y te dice cómo sos, qué estás haciendo bien o mal, no sé cómo sabe tanto”. Gastón vive en Arana. Estudia para ser ingeniero agrónomo. Se levantó a las 4 de la mañana para llegar a Gorina a las 6. Viene todos los meses. También tiene un amigo que le dice cosas “así, como Manuel, él tiene ganas de venir, es creer o reventar, pero después de que pasan las cosas te das cuenta que tenían razón”.

ESTUDIANTES. Manuel atiende todos los días de la semana, salvo jueves y feriados, de 6 a 15. A María, Joel, Tamara y Bebu les encanta trabajar ahí. “Es lindo laburo, la gente te trata con respeto”, cuentan. Ellos lo consideran un curandero. “A nosotros nos ayuda a full”, señala Bebu. Y enumera que como visitantes fueron desde famosos hasta dirigentes del Club Estudiantes y personas que viajaron especialmente desde Australia. “La gente que no puede esperar, los discapacitados, los nenes, tienen prioridad, siempre los atiende primero”, explica Tamara mientras reparte números a las personas que siguen llegando ininterrumpidamente y luego se sientan en alguno de los asientos. “Lo peor que me puede pasar es que se quejen porque alguno se coló y entró antes de lo que le tocaba, pero más de eso no pasa”.
 “Yo antes trabajaba en un pool, y como Manuel conoce a mi familia desde chiquita, porque somos del barrio, les propuso que me venga a trabajar acá. Y la verdad que estoy tranqui. Al principio sentía que la energía de acá me cansaba, pero después me acostumbré. Además, Manuel nos ayuda con mercadería, o con lo que necesitemos”, relata María desde atrás del mostrador apostado en el primer cuarto, adonde atiende el kiosco en el que se venden golosinas, bebidas, velas, sahumerios, estatuillas religiosas. Arriba de uno de los tres freezers que hay en el cuarto, descansa una caja llena de pequeños libritos que se venden a 15 pesos, titulados Manuel. El discípulo abnegado. “Ese es un libro que habla de Manuel, lo escribió una señora que venía acá”.
Desde el año pasado que Manuel va a la cancha con el Club Estudiantes en todos los partidos, sea de local o visitante. A Verón, cuenta María, Manuel lo atiende en su casa. “Y cuando salió campeón la última vez, Verón le agradeció a Manuel ante los micrófonos”, apunta.
De repente, María rememora el peor suceso que le tocó vivir desde que trabaja ahí. Un fin de semana del año pasado, una llamada telefónica avisó a Manuel que su hermano Juan, de 35 años, se había lastimado con una pared de su casa que se había desmoronado. “Él no pensó lo peor, no se lo vio venir, pero había pasado: cuando llegó, Juan había muerto aplastado”, narra María. Manuel, entonces, suspendió su atención por un par de semanas. “No lo demostraba pero estaba muy triste”, asegura ella. El funeral de Juan, cuenta María, fue multitudinario por la cantidad de gente que se solidarizó con Manuel y lo quiso ir a acompañar.  

VOLVER. “Estás muy triste, sentís mucha soledad, mucha confusión”, le dice a la cronista mientras la mira a los ojos como viendo a través de su cabeza. Su compañero fotógrafo, que ya recibió también una dosis espontánea de sus visiones, le relatará luego cómo su rostro se transformaba lentamente en una mueca entre seria y de amarga sorpresa. Manuel le dice que quizás el resto se lo revelará a solas. “¿Y a vos en qué te beneficiaría que yo te de una entrevista?”, le había preguntado a la cronista el día anterior, martes, entre sus ruegos. Hasta que terminó accediendo. “No me gustan las notas, pero está bien, volvé a verme y la hacemos mañana”.