Entrevista a Laura Canoura

"No hay que tener una voz tremenda para ser un tremendo cantante"

Entrevistas /  Tiene tantos discos como cualquier músico uruguayo, que es vox populi que siempre tienen muchos, como si nunca pudieran dejar de cantar y componer. Sin embargo todo en ella parece ser hecho con remanso, ese momento del agua en el que no se percibe su movimiento. Escuchándola en pasado y presente, queda claro que su movimiento fue tan grande como profundo.
12.01.2012 | 08.44 Comentar   |   FacebookTwitter

Laura Canoura
Por Jorge Belaunzarán

Cantar es una de las expresiones más íntimas y profundas a las que puede acceder una persona. Por algo, en general, se lo hace en la ducha. O de bastante chico, cuando eso que en apenas unos años más tarde otros y varios empezarán a llamar vergüenza, en el mejor de los casos, pudor, aún figura en inventario: ese lugar incógnito en el que cada uno se equipa con lo que de otros, ya de grande, se aprenderá que son caracteres de la personalidad.

Laura Canoura es de las privilegiadas que pueden cantar en público, a la que encima le pagan por hacerlo y, lo que es muchísimo más, la gente va a verla para escuchar su voz, sin importar el repertorio en cuestión. El secreto para que a nadie le sorprenda tamaño milagro debe ser su naturalidad. Pero siempre hay un curioso que pregunta sobre el oficio, sobre cómo alguien puede hacer eso que hace para vivir, en el sentido fáctico del dinero, y en el espiritual del sentido.

-¿Busca algún punto fijo como para entrar en clima en un show?

-Lo intento, porque si no me disperso totalmente. Sobre todo cuando venías corriendo mucho un espectáculo que está como incorporado en vos. Si no busco eso, no un punto fijo, un poco más una concentración más en grupo, que es más complicada todavía, me distraigo muchísimo. Cualquier cosa me distrae. No lo que sucede dentro del escenario, eso está todo dentro de lo que esperás que suceda. Pero el afuera, si no buscás concentración es dificilísimo. Te vas, te vas inmediatamente.

-¿Por más que haya hecho un trabajo previo de poner la voz en calor?

-Pero no lo hago eso. Hago calentamiento en la prueba sonido, ensayando, probando alguna canción, y después en el camarín mientras me cambio sigo calentando la voz, pero nada más. No tenemos ningún ritual con los músicos de concentración o ese tipo de cosas. Se charla hasta el último minuto y se disfruta.

-Cuando se tiene un espectáculo tan incorporado, ¿hay lugar para el accidente, en el sentido del error que posibilite la sorpresa agradable?

-¡Sííí! Por supuesto. Porque si bien se trabaja con partituras todo es plausible de cambiar en función de la sensibilidad de lo que está sucediendo en ese momento, que no es la misma en un boliche para 50 personas que en una sala para 1.500. La sensibilidad va moviéndose de acuerdo al lugar, a cómo está cada uno, a lo que pasó ese día. Y por supuesto que también se producen cosas que son accidentales que generan situaciones agradables, que provocan mejores resultados escénicos.

-¿No la enojan nunca?

-Ya no me enojo tanto. Tengo una capacidad de disfrute arriba del escenario bastante cuidada desde hace muchos años; no hay nada que pueda malhumorarme. Que me desconcentre sí. Si el músico con el que estás tocando se distrae y toca otra cosa, eso provoca cosas. Pero tengo un eje bastante bueno arriba del escenario. Y aprendí hace muchos años viendo y charlando con colegas qué feo es cuando ves un artista que se enoja arriba del escenario con lo que pasa. No me gusta.

-¿Abajo del escenario sí se enoja?

-Sí, claro, soy una persona normal. Pero trato de no entrar en ciertos mecanismos que los he ido corrigiendo con los años. Me hace mal, mucho daño. Para mí eso es algo que mueve bastante. Enfocada, la rabia, la bronca, está muy bien. No soy partidaria que las cosas pasen como si no sucedieran. Todo esto de las redes sociales, el Facebook por ejemplo, me doy cuenta cómo la gente se engancha con la rabia, con la bronca, con la queja de forma inconducente muchas veces. Trato de que no me pase, que pase rápido por mí, porque quedarte estancado en eso es algo que hace mucho daño a uno mismo, y ni qué hablar al entorno.

-Cuando se alcanza, como dice, un punto de mucho disfrute, ¿cómo empiezan a funcionar las expectativas?

-Creo que siempre existe algo nuevo. Por eso la vida del músico es muy variada y diversa. En este momento de mi carrera, en Uruguay tengo una cantidad de certezas, buenas y malas. Si tomo este camino está todo bien, pero si me corro para éste está todo mal; que si arriesgo acá, puede ser, pero si arriesgo acá, no. Cuando empezás a estar en el esfuerzo de conquistar un nuevo lugar, un nuevo mercado, un nuevo país, como me puede pasar ahora con Argentina, como me pasó en su momento con Chile, te reubica en una etapa de tu carrera de muchos años atrás, que era cuando estabas tratando de conquista tu territorio. Pero lo hacés con otra madurez, con experiencia, habiendo decantado una cantidad de cosas y situaciones vividas. Eso es lo bueno que tiene: el desafío. Cuando por ejemplo vas a una entrevista de radio y te piden que hables del disco, es un desafío, porque tenés que conquistar al que te está interpretando en ese momento, pero a la vez a los que te están escuchando; como si fuera la primera vez que vas a hacer una nota. Y a la vez estás hablando de algo que ya requetecontra conocés, algo que hiciste muchas veces. Entonces es muy lindo: estás permanentemente cambiando de territorio, y es desafiante.

-¿Está pensando en nuevos países?

-Pienso siempre en un proyecto nuevo. Puede ser un país, un libro, un disco, un espectáculo.

-Los territorios no son sólo demarcaciones físicas...

-¡Claro! Puede ser un encuentro entre un bailarín y una cantante. A mí lo que más me gusta de mi trabajo es el desafío. Toda mi carrera la basé en un espíritu ecléctico. Y que lo asumí hace ya tiempo, que como artista, como espectador me gusta prácticamente de todo: ver una buena película, una mala, leer un libro bueno, dejar uno por la mitad si no me gusta; de repente me paso todo un día escuchando tango y al otro día me colgué con Calle 13. Y así soy como artista. Me gusta probar y experimentar en distintos terrenos, en distintas zonas de la emoción, de la creatividad. Tengo un Súper Yo bastante poderoso, contra el que peleo permanentemente porque no me gusta ser así, entonces una de las maneras de pelear es decir: bueno, cada tanto tengo que animarme a meterme en un proyecto de otro; animarme a creer que el proyecto del otro me puede hacer tan feliz como uno mío propio. Me cuesta mucho liberar.

-¿Y por qué se lo atribuye al Súper Yo?

-Soy recontra controladora y de la misma manera que no duermo en el ómnibus no porque no esté cansada sino porque voy "manejando yo", me pasa con la música. La única vez que logré en la vida liberar el Super Yo  gracias unas flores de Bach que me dio la doctora, qué sé yo, fue genial y graciosísimo porque hice todas las cagadas que nunca me permito hacer. Como por ejemplo dejar las llaves puestas en la puerta de mi casa, quedarme sin nafta en la mitad del camino con el auto, una cantidad de cosas que le pasan a cualquiera, y son parte de la vida y que te ayudan a liberarte y no estar tan controlando todo lo que pasa con el mundo como si fueras Dios. La única vez en mi vida que me casé, nos íbamos de viaje para Río de Janeiro ese día desde Montevideo, y yo tenía la cédula vencida y no nos pudimos ir. Y para mí eso fue descubrir que no era perfecta, que me podía pasar una cosa así jajaja. Trabajo mucho para no ser así, pero no me sale muy bien.

-Daba a entender que Uruguay lo controla. ¿No se le genera un desafío cambiar esa percepción?

-Sí, claro. Pero lo hago de siempre. Yo le complico la vida a mucha gente: a las disquerías que no saben dónde poner mi disco, al periodista que no sabe dónde encasillarme, al público que no sabe qué puede esperar de mí. Aprendí hace años, terapia mediante, que es muy difícil complacer a todo el mundo. Lo que hago es tratar de ser consecuente conmigo, armar un espectáculo que a mí me conforme. También podés hacerlo como artista tratar de complacer: conozco músicos que cantan básicamente el mismo repertorio desde hace 30 años, cambiando algo para que no cambie nada; conozco muchos, de Uruguay y del mundo. Esa es una manera posible de trabajar, complaciendo a todo el mundo porque la gente escucha ésa canción en esa misma versión, quiere que te vistas más o menos de a misma manera que te vestías. Podés hacerlo eso o volcarte hacia el otro lado y armar el espectáculo que vos querés hacer, con tu gesto auténtico, tu manera de ver ese momento ése puñado de canciones, y siendo conciente de que no podés complacer a todos. Si fuera un teatro de 500 personas y cada uno pudiera elegir un tema, no podrías complacerlos a todos. En todo caso podés hacer alguna concesión haciendo un par de temas que sabés que gustan mucho.

-¿Siente que hay momentos en que la gente va a escuchar su voz, cante lo que cante?

-Sí, sí. Inclusive me ha pasado esa cosa maravillosa que tienen las redes sociales de la devolución: tenés el aplauso de la gente, que es inmediato, maravilloso y un privilegio dentro de las artes tener eso. Pero yo hice un disco de tango y durante un período lo estuve presentando, y hubo gente que por las redes sociales me dijo: no me gustaba el tango pero fui porque cantabas vos, y ahora me gusta cantado por vos. Sí, hay gente que va aunque el repertorio no le interese demasiado, sólo porque quiere escuchar mi voz. Ni mejor ni peor, pero bien particular.

-Es como un sueño hecho realidad eso de que vayan a verla cante lo que cante...

-Es bárbaro. En realidad siempre hago un espectáculo así, de que no se sepa qué voy a cantar. Una de las cosas que me peleo siempre es para no poner el repertorio en el programa. No me gusta que la gente sepa, cuando se siente en la butaca, qué vas a cantar el primero, segundo, tercer tema. Me gusta jugar con el efecto sorpresa, con la curva que vos formás armando el repertorio y por qué lo formás. Si el otro está sabiendo y anticipado; ya bastante pasa con un disco: ahí la gente sabe qué va a escuchar en cada momento. Eso es un efecto, una manera de trabajar, está divino que suceda con el disco eso. Pero en un espectáculo en vivo, no. A mí me gusta mucho trabajar con el efecto sorpresa. Y hecho muchos espectáculos promocionados así. Y la gente va.

-Es como el mayor desafío, ya que la voz es un lugar muy auténtico.

-A lo que voy es a ver qué me transmite ese artista. Que me conmueva. En todos los sentidos. Creo que eso es algo que me distingue como cantante: canto bastante parecido a como hablo; no engolo la voz. Y además en los últimos años, gracias a el contacto artístico con músicos que manejan la improvisación mucho mejor que yo (o que la manejaban, porque ahora me estoy animando más), empecé a dejar que pasaran cosas cuando canto que están muy lejos de la perfección y cerca de la risa, de lo emocional, del poder jugar con la voz en el momento que estoy cantando una canción sin que solo sea melodía corriendo por tu cuerpo. A mí me encanta eso. Y depende mucho del repertorio que hagas y de los músicos con los que toques. Tengo músicos que me siguen en esa cabeza y me impulsan.

-¿Hay momentos que está al borde de sí misma y los músicos la llevan?

-Sí, te empujan hasta el límite. Tirate que alguien te va a recoger, que alguien te va a tirar algún acorde para que vuelvas. Porque a veces estás cantando y te vas y te vas. Esa cosa de forzar la concentración. Porque si no estás concentrado te tiran, o vos los tirás a ellos. Es una de las cosas más lindas de tocar en vivo, la posibilidad de ir cambiando, de generar y salir y decir: ¡qué bien salió hoy tal tema! Esa felicidad, que decís: tendríamos que grabar todos los espectáculos.

-Es un momento de intimidad fortísimo.

-Sí. Si ese instante, ese momento de brillo lo captó aunque sea uno del público, ya está.

-Debe ser por eso que hay tantos que cantan muy bien pero no transmiten.

-A mí por ejemplo me pasa con Gal Costa: reconozco que es una tremenda intérprete, tiene una voz increíble, pero a mí no me pasa nada. Me quedo infinitamente con Maria Bethania, que tiene una voz mucho más imperfecta, aunque afina bárbaro. Esa es mi escuela: el día que descubrí que se podía cantar como Carol King o Tom Waits, que no había que tener una voz perfecta para ser un buen intérprete, y que igual se podía ser tremendo músico, tremendo cantante. *
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