Por Daniel Flichtentrei
La enfermedad de la presidente de la nación puso en escena muchas más cosas que la desventura de su propia salud. Enfermar es un hecho biológico cargado de significados culturales que se multiplican cuando el paciente es una figura de gran relevancia social. Ante el dolor del otro son esperables el respeto por la intimidad, la solidaridad y la empatía. Pero en ocasiones, lo que se muestra es la incapacidad de sentir por encima de las diferencias, el odio irracional, la tendencia a ver conspiraciones o la simple instrumentación de la salud de una persona para defender intereses propios.
Secuencias de acontecimientos como la que afectó a Cristina Fernández de Kirchner no son infrecuentes en el ámbito médico. Es su difusión por fuera de ese ambiente y la deliberada voluntad de encontrar tramas ocultas —donde es evidente que no las hay— lo que confunde y desorienta. La medicina es una disciplina probabilística y no una ciencia exacta, aunque muchos prefieran verla como tal. Sus diagnósticos operan por aproximación y convergencia de evidencias. Un hecho improbable (2%) no es uno imposible (0%). Los exámenes complementarios nos acercan a la verdad, pero casi nunca pueden darnos la certeza de que la hemos encontrado. La incertidumbre es consustancial con la clínica. Una conducta médica se adopta cuando demuestra —mediante investigaciones rigurosas— producir más beneficios que costos o riesgos. Cuando aparecen evidencias que contradicen estos datos, esa conducta se modifica. No hay verdades reveladas ni autoridad que no se fundamente en las pruebas empíricas. El hallazgo de una histología sospechosa en una biopsia por aspiración —que analiza una muy pequeña muestra de tejido— obliga a avanzar en el estudio y el tratamiento. Más tarde este diagnóstico podrá o no confirmarse. Aunque en la mayoría de los casos esa confirmación ocurra (98% para el carcinoma papilar de tiroides), existe la posibilidad de que se modifique la impresión inicial. Nada de esto resulta extraño a quienes emplean todos los días procedimientos cuya sensibilidad y especificidad, así como su valor predictivo, conocen de antemano. Existen cientos de citas bibliográficas que cualquier persona podría consultar en las que se menciona las dificultades para la identificación y el diagnóstico diferencial de algunas enfermedades tiroideas. Ignorarlas y plantear un concepto de "error" —en este caso, inherente al procedimiento— peligrosamente cercano al de "culpa" —atribuible a las personas— no sólo contradice una doctrina del error médico que se postula en todo el mundo, sino que instala en la población la idea que precisamente se intenta desterrar. El uso productivo del error —no de la negligencia— resulta imprescindible para avanzar en medicina. Miles de pacientes leen lo que se publica. Proponer la sospecha más que la aceptación consciente de la realidad es un acto inmoral y egoísta. Conocer los límites de lo que científicamente puede afirmarse es la única forma de contrarrestar la ilusión de exactitud e infalibilidad que suele atribuirse al conocimiento científico. Comunicar sin eufemismos un diagnóstico de una personalidad y rectificarlo tras la cirugía
—que de todas maneras debía realizarse— es un acto valiente que ayuda a difundir la necesidad de que la comunicación entre médicos y pacientes se sustente en la realidad y no en falsas creencias.
En medicina las diferencias de criterio y las discusiones basadas en evidencias científicas son la regla. Nadie se escandaliza por ello. Es necesario desmentir la idea de que no existen controversias, de que lo impredecible es ajeno a la clínica. Nos serena percibir lo regular en lugar de lo azaroso. Tranquiliza encontrar secuencias de hechos que confirmen nuestras concepciones previas y oscurecer aquellas que podrían contradecirlas. Las neurociencias confirmaron que existe una enorme distancia entre una explicación que nos satisface y una verdadera. Hacemos un gran esfuerzo por lograr que lo que sucede se ajuste a lo que creemos. Esto fortalece nuestra autoconfianza y confirma nuestra visión del mundo. Pero lo hace a costa del engaño y tiene un precio que alguien debe pagar, casi siempre nosotros mismos.
Resulta desleal y ofensivo para la comunidad médica que se considere un hecho "vergonzante" lo que no es más que un ejemplo de cómo se actúa con plena conciencia de los límites de las herramientas disponibles. La medicina argentina no tiene de qué avergonzarse. Es el periodismo mercenario quien debería sentir vergüenza por desvirtuar los hechos e instrumentarlos al servicio de sus intereses circunstanciales. Los médicos no hacemos política con nuestros pacientes. Nuestras convicciones como ciudadanos se despliegan por fuera de nuestros deberes éticos como profesionales. Ojalá seamos capaces de hacer una lectura crítica de lo que se nos dice, desanudando la madeja en la que los datos objetivos se manipulan para transmitir la opinión política o sectorial que los contamina. No deberíamos permitir que la sana alegría que produce saber que una persona tiene una enfermedad menos grave que la que se esperaba se desdibuje detrás de una polémica inventada. No se necesita ser partidario político de una persona para alegrarse con esta noticia. Pero, claro, es imprescindible no ser un miserable.
El analfabetismo científico en el que hemos sido educados conspira contra esa posibilidad. Todos tenemos el legítimo derecho a opinar, pero también la obligación de fundamentar nuestras opiniones en los hechos y respetar procedimientos argumentativos que den sustento a nuestras conclusiones. Por el momento, pareciera que, sin distinguir niveles sociales o educativos, predomina una idea diferente: "Si la realidad no se ajusta a nuestras creencias, peor para ella".
Flichtentrei es médico cardiólogo universitario (UBA).