Por Cristian H. Savio
La primera vez que Margaret Thatcher habló de "autodeterminación" con relación a las Malvinas fue el 26 de abril de 1982, en pleno conflicto bélico. La entonces primera ministra británica dijo en la BBC: "La lealtad de los falklanders hacia Gran Bretaña es fantástica. Si desean permanecer británicos, debemos estar con ellos. Las naciones democráticas creen en el derecho a la autodeterminación".
Pero no todos los políticos británicos tomaron entonces la misma posición. Denzil Dunnett, miembro del servicio diplomático británico durante 30 años, reprodujo en un paper de 1983 un diálogo en la Cámara de los Comunes del que participó el ex primer ministro conservador Edward Heath:
—Ivor Stanbrook (a Heath): ¿Mi honorable amigo dice que el principio de autodeterminación, que es uno de los mayores principios del capítulo de Naciones Unidas, no debería aplicarse a las Falklands?
—Heath: Sí, lo hemos dicho antes.
Treinta años más tarde, la autodeterminación vuelve a estar en el foco de las tensiones retóricas. Los ingleses reflotaron el clamor ahora, impulsados (supuestamente) por la vehemencia de un David Cameron acorralado por la crisis doméstica y el alto índice de desocupación. Pero para los analistas y diplomáticos argentinos, esa exigencia parte de una falacia. La Carta de Naciones Unidas establece que el principio de autodeterminación debe aplicarse a un grupo étnico sobre su territorio de pertenencia y no sobre espacios ocupados ilícitamente. Así lo refleja Bruno Tondini en su libro Islas Malvinas, su historia, la guerra y la economía, y los aspectos jurídicos de su vinculación con el derecho humanitario. Profesor titular de Derecho Internacional Público y Privado de la Universidad Nacional de La Plata, e integrante del Centro Argentino de Estudios Internacionales, Tondini aclara allí que no corresponde para el caso de las Malvinas hablar de libre determinación ya que la población de las islas no constituye una nación, pueblo o grupo étnico diferenciado del de la metrópoli. Y resalta el hecho de que la ONU ha utilizado la palabra "población" para referirse a los habitantes del archipiélago. "No tienen idioma propio, cultura distintiva ni hábitos psicológicos reflejados en una comunidad singular", enfatiza. "No son un pueblo originario de las islas, colonizado por el invasor. Por el contrario, son ellos mismos agentes de colonización".
La posición argentina es taxativa. Para el senador Ruperto Godoy, "el Reino Unido ocupó las islas por la fuerza en el año 1833 y expulsó a la población originaria, por lo que en este caso no es legítimo el reclamo por el derecho de autodeterminación", señala.
Por otra parte, el reclamo vuelve a poner bajo la lupa la proporción real de kelpers "genuinos" y cuánta de la población en Malvinas es implantada. Tondini destaca que el proceso demográfico de las Malvinas gira alrededor de las migraciones, que se trata de una población inestable que se desplaza hacia y desde las Islas Británicas, y que la tasa de crecimiento demográfico es negativa desde 1921 con la sola excepción de 1931, mientras que desde esa fecha hasta 1980 la población disminuyó en un 6 por mil anual.
Sin embargo, la idea de que la población de las Islas fue "implantada" tiene "un poco de verdad aquí tanto como tendría en la Argentina", dice a Newsweek desde Puerto Argentino John Fowler, editor del diario local The Penguin News. "Nadie fue traído a las Falklands como convicto, esclavo o mano de obra contratada", aclara, y destaca que incluso los militares jubilados que fueron llevados allí con sus esposas y familias en 1849 lo hicieron con contratos voluntarios, al cabo de los cuales muchos volvieron a sus hogares.
La escalada del conflicto grafica, quizás, tanto el éxito de la estrategia argentina (al reclutar el apoyo regional) como la inexistencia de una solución de fondo. Esta revista publicó en marzo de 2010 una nota —ver página 22— donde el profesor de Oxford Esteban Cichello Hubner propone una especie de Protectorado Argentino-Británico de las islas Falklands/Malvinas Autónomas, bajo el lema "un pueblo, dos pasaportes y tres banderas". Con las tensiones renovadas, ¿es factible revisar ideas de esa índole?
Tondini advierte que no es posible de acuerdo a la Constitución una fórmula en la se hable de un menoscabo en la soberanía. "Esto va más allá de políticas de Estado, es constitucional", recalca. Para Godoy, en tanto, primero el Reino Unido debe avenirse a dialogar para poder encontrar una solución pacífica al conflicto de soberanía, que es el tema de fondo y sobre el que aquí se discute.
El gran inconveniente está, según Tondini, en la inexistencia de cooperación entre ambos Gobiernos, que distancia culturalmente a los isleños de la Argentina y acrecienta su carácter aislacionista. "Se busca fortalecer la idea de un pueblo con identidad propia por esa falta de contacto, de cooperación", dice.
Pero los contactos existen, según remarca Fowler, quien caracteriza a los isleños como "grandes viajantes" (afirma que el ex canciller Guido Di Tella le dijo haber conocido al primer kelper en Beijing). Dice que les gusta ir de shopping a la Argentina y "conseguir algunas buenas ofertas". La diferencia entre el presente y los años inmediatamente posteriores a la guerra es que quienes visitan territorio continental "ahora lo admiten, sin vergüenza".
Los kelpers, sin embargo, diferencian "viajar", "conocer" o "relacionarse" de echar raíces. Prescindiendo de la geografía o la historia, el habitante de Malvinas, dice Fowler, "no vería razones mayores para volverse argentino que para asumir cualquier otra nacionalidad. No tiene nada que ver con que te guste o no te guste la gente, la geografía o la cultura de otro país; admirar el arte italiano no me hace querer ser italiano, y mi amor por la comida india no me hace querer convertirme en indio", resume. Entendible. Aunque la posición argentina es que la usurpación de 1833 obliga a soslayar esta perspectiva.