La otra dama de hierro

Economía /  Como directora del Fondo Monetario Internacional, ¿Christine Lagarde podrá alejar a Europa y EE. UU. de la siguiente Gran Depresión?
02.02.2012 | 00.13 Comentar   |   FacebookTwitter

Christine Lagarde
por Christopher Dickey

El amanecer del viernes 13 de enero fue deprimente en la sede del Fondo Monetario Internacional, en Washington. Las noticias del otro lado del Atlántico traían olor a desastre: las calificaciones crediticias de Francia y otros ocho países europeos habían sido rebajadas. Y las negociaciones para rescatar a una Grecia en bancarrota se habían atascado. ¿Una implosión financiera podría frenar la anémica recuperación de EE. UU. y poner las economías occidentales, otra vez, al borde de la recesión?

Christine Lagarde, la ex ministra de Finanzas francesa que dirige el FMI desde julio pasado (cuando sucedió a Dominique Strauss-Kahn), encabezó esa mañana una sombría reunión. Escuchó cómo los 24 representantes de 187 países tomaban las noticias funestas, dadas por uno de sus asesores claves. Bien, pensó Lagarde. Había que hacerlo. "Decir la verdad es nuestro trabajo", señaló. Cree que todavía hay tiempo para evitar un segundo
colapso. Pero no demasiado.

La funcionaria ya se enfocaba al discurso que dio en Berlín este lunes 23, en el que advirtió sobre consecuencias nefastas si Europa, EE. UU., China y otros no hallan mejores maneras de trabajar en conjunto para estabilizar el sistema económico mundial. "Mientras más esperemos, peor. La única solución es ir adelante juntos", clamó. Nadie en el Fondo quiere usar la frase "depresión global"; más bien, hablan de un "momento definitorio" o un "momento como la década de 1930". Pero todos saben lo que quieren decir: pérdidas masivas
de empleos, descontento político, caos.

El FMI, después de tantos fracasos, afirma que puede trazar el camino para salir de la crisis. Pero el precio es alto. El Fondo propone, por ejemplo, la creación de un great firewall monetario de casi un billón de dólares para proteger las finanzas vacilantes: casi tres veces más del dinero que hoy tiene. Aunque Lagarde dice que confía en que los estadounidenses apoyarán la idea, pocos piensan que eso se traduzca en aportes de efectivo.

En una entrevista exclusiva, Lagarde advierte a Newsweek que el mundo no puede seguir ignorando los riesgos. "Una pérdida de confianza que afecte las decisiones de inversión afectará la creación de empleos y el volumen de las transacciones. Lo mejor es asegurarnos de que tenemos los amortiguadores y las defensas, y que contamos con reservas suficientes para resistir".

Hasta hace poco, los directores ejecutivos del FMI eran prácticamente anónimos. Pero Lagarde se volvió la mujer del momento, la dama de hierro de la economía global. No es una economista, y nunca fue elegida a un cargo político. Sus mayores habilidades, según quienes trabajan cerca de ella, son su capacidad para escuchar, evaluar, formar un equipo fuerte y sacarle mayor provecho de una situación dura. "Uno no deja la sala hasta que se alcanzó una decisión", dice un ex-miembro del personal del Ministerio de Finanzas francés.

A Lagarde no le avergüenza ser elegante e incluso un poco ostentosa. Según se cuenta, cuando fue ministra a veces había un ítem en su agenda de viajes que decía, simplemente, "piedra". Ése era el interludio reservado para comprar joyas. Pero también tiene un buen sentido de los matices sociales y trata de unir a la gente.

Luego del escándalo de Strauss-Kahn, la presencia de Lagarde transformó la imagen del Fondo. Pero hay cambios más profundos. Lagarde no sólo capea una crisis, sino que también está escalando rápidamente en las filas de las personas más poderosas del mundo.

Un miembro jerárquico de la institución describe al FMI como una cooperativa de salud: a los miembros se les hacen chequeos, y si están enfermos se les prescribe un tratamiento, mientras que los miembros más sanos ayudan a pagar las cuentas. Suena bien. Pero en la práctica, los Gobiernos tienden a resistirse al diagnóstico y los ciudadanos odian el tratamiento, que a menudo involucra una austeridad dolorosa. "La gente nos pensaba como hombres en trajes oscuros con portafolios pesados y que parecían enterradores", dice una mujer que trabaja de cerca con Lagarde. Otro alto funcionario dijo que el FMI solía ser conocido como "la institución que comía bebés en el desayuno".

Por cierto, nadie esperaba que prósperos países occidentales algún día tuvieran que tomar la medicina del FMI. Ellos eran los que daban el dinero, no los que lo recibían; ellos dictaban las órdenes, no debían obedecerlas. Después estalló la crisis financiera de
EE. UU. en 2008 y quedó claro que ninguna economía puede ser puesta en cuarentena en el siglo XXI. Ahora, el FMI actúa como una especie de encargado de cumplir las normas, y presiona tanto a los Gobiernos europeos como al pendenciero Congreso estadounidense.

En la práctica, para obtener la cooperación de los países miembros, el FMI tiene que persuadir más que torcer el brazo. Y este proceso depende tanto de la personalidad de Lagarde como de su posición. "La directora ejecutiva siempre está hablando de números
—dice Nemat Minouche Shafik, directora adjunta del Fondo—, pero también es muy intuitiva con respecto a las relaciones, lo cual juega un gran papel en hacernos más influyentes".

Esta semana el FMI publicó su informe sobre la perspectiva económica para 2012, que predice un menor crecimiento a nivel mundial, incluso en las pujantes India y China (para Latinoamérica, también rebajó el pronóstico de crecimiento del 4 al 3,6%). Para trazar una salida de estos estancamientos, Lagarde contemplaba llevar su mensaje al Foro Económico Mundial, en Davos; y luego a Bruselas para una cumbre de jefes de Estado europeos el 30 de enero, donde presidentes y primeros ministros la recibirán como a una igual.

En su oficina de techo alto en Washington, Lagarde sonreía mientras recordaba la primera Cumbre Europea a la que asistió como directora del FMI, en julio. "Allí estaba yo, entrando a una sala con jefes de Estado, sentándome a la misma mesa, tratando la misma agenda, diciendo mis opiniones, haciendo mis recomendaciones y hablando con mis ‘iguales’, por así decirlo. Y eso fue muy interesante. Ya sabés que quien había sido mi jefe [el presidente francés Nicolas], Sarkozy, ¡de repente era mi ‘igual’!", dijo, casi entre risas.

Cómo llegó a ejercer tal poder no es solamente la historia de una mujer que sabía superar obstáculos, sino también la historia de la crisis en sí. Hija de académicos en El Havre, estudiante de intercambio en una escuela para niñas bien en Maryland e interna del Congreso en 1974, empezó su carrera como abogada en la oficina parisina de la firma estadounidense Baker & McKenzie, en 1981. Para 1999 fue la primera directora de su comité ejecutivo mundial. En 2007, Sarkozy nombró a Lagarde como ministra de Economía y Finanzas de Francia, otra primicia para una francesa. Pero toda esa novedad no es lo que solidificó su reputación. Ella fue, y es, una de esas líderes que son creadas por las crisis de los tiempos.

En septiembre de 2008, Lehman Brothers colapsó y Bush dejó que implosionara. Lagarde, junto con muchos otros europeos, se quedó atónita y se sintió un poco traicionada. Dijo poco después que pensaba que Bush había tomado esa decisión casi fatal porque era un año electoral en EE. UU. Por entonces, Lagarde resultaba ser la ministra con el toque más estadounidense: hablaba inglés a la perfección y poseía una larga lista de contactos de alto nivel en Nueva York y Washington. De pronto, se hizo indispensable.

Trabajando día y noche —sobre todo de noche, antes de que abrieran los mercados—, Lagarde y otros colegas ministros batallaban para salvar los bancos europeos. A menudo dormía en el departamento oficial del Ministerio, sobre el Sena, y por lo menos una vez apareció en una reunión matutina en pantuflas.

Para mediados de 2009, parecía que había pasado lo peor de la crisis, pero el malestar económico empezaba a hacerse sentir. Luego, el Gobierno recién elegido de Grecia describió que tenía un déficit casi dos veces más alto de lo que indicaban los informes oficiales. Y a medida que los inversionistas perdían la confianza en Grecia, una nueva crisis empezó a formarse en Irlanda y Portugal. Francia y
Alemania improvisaron paquetes de rescate, pero los inversionistas aún dudaban de comprar deudas de naciones europeas afectadas.

En una cumbre en el centro turístico francés de Deauville, en octubre de 2010, Sarkozy y la canciller alemana, Angela Merkel, discutieron la posibilidad de que los bancos, los fondos de cobertura y otros tenedores privados de bonos soberanos tuvieran que aceptar grandes pérdidas para mantener a flote a Grecia y otros países en la cuerda floja. Al final, se acordó que una supervisión más estricta de las finanzas de Atenas incluiría chequeos regulares por la Comisión
Europea, el Banco Central Europeo y el FMI.

Lo que se hizo en Deauville fue exponer que la deuda soberana de las naciones europeas ya no era tan soberana. The Wall Street Journal lo identificó como el momento en que las soluciones a la crisis empezaron a parecer casi imposibles. Pero Lagarde no estuvo en la reunión, y toma distancia. "No participé en ese compromiso", enfatiza.

En la mañana del 15 de mayo de 2011, mientras se tomaba un tiempo libre con su pareja, el empresario corso Xavier Giocanti, Lagarde leyó que Strauss-Kahn había sido arrestado en Nueva York por la supuesta agresión sexual contra una camarera. Estaba claro que Strauss-Kahn debería renunciar, como lo hizo pocos días después.

El cotilleo político para la sucesión en el FMI empezó incluso antes del arresto, ya que se esperaba que DSK anunciase su candidatura a la presidencia francesa en junio. Sólo dos días antes de que Strauss-Kahn fuese encarcelado, Lagarde se había reunido con George Osborne, ministro de Hacienda británico, para una cena en Londres. Osborne le mencionó que, si quería el puesto en el FMI, Gran Bretaña la apoyaría. "En realidad, George lo puso en mi mente", dijo Lagarde. "Seguro que él ya lo había pensado".

La competencia iba en serio. Lagarde obtuvo el apoyo de Merkel, con quien se tutea. "Ellas confían una en la otra", dice un miembro del personal del FMI. Pero había una complicación. Lagarde era la ministra de más alto perfil en Francia, y Sarkozy estuvo renuente a dejarla ir próximo a un año electoral. "Pienso que no estaba loco de contento", dice Lagarde. "Creo que el grupo de quienes hablaron con él incluyó a [el primer ministro británico David] Cameron y Merkel". Tras semanas de reunir el apoyo de poderosas economías emergentes, las cuales hubieran preferido ver a un no europeo en el puesto, Lagarde finalmente obtuvo el cargo en el FMI.

La organización hoy bajo su mando parecía moribunda en 2007. Pero con la crisis de 2008, Strauss-Kahn llevó al FMI al escenario central. Cuando asumió Lagarde, los líderes europeos habían aceptado la idea previamente impensable de que el FMI ayudaría a supervisar el cumplimiento de Grecia con directrices estrictas. Pero el enfoque de Lagarde para dirigir el FMI era muy diferente del de Strauss-Kahn. Y sus primeros encuentros con los 24 miembros de la junta directiva fueron un poco incómodos. "No sé si es algo de hombres contra mujeres, pero me han dicho que mi estilo de administración es más incluyente", dice Lagarde. Tiene que ver con formar una visión de equipo, tener un enfoque de consenso, aunque eso implique "perder tiempo" para construirlo. "Al final del día tenemos que alcanzar un compromiso y una plataforma común, pero pienso que debe incluir a cuanta gente sea posible", puntualiza.

"Ella intervino en el momento más difícil", dice un veterano del FMI que trabajó de cerca con Lagarde. "Nunca lo había visto así de mal". En la cumbre europea de julio, Lagarde llevó un mensaje sombrío sobre la seriedad de la crisis de la deuda europea. "Ella fue quien les abrió los ojos a la magnitud del problema", añade.

Pero los cielos económicos sobre Europa siguieron oscureciéndose. En noviembre, el primer ministro griego Yorgos Papandreu anunció a los atónitos líderes del G20 que tendría que someter las nuevas medidas de austeridad a un referendo. Sarkozy y Merkel advirtieron que él tendría que decidir si se mantenía en la Zona del Euro o salía, con efectos potencialmente desastrosos. Tras puertas cerradas, Lagarde estuvo entre quienes presionaron a Papandreu para que revirtiera su curso, mientras los asesores de ella esperaban nerviosamente. "Me aterré. Se sentía como Sarajevo en 1914, como si esta pequeña cosa rara pudiera disparar el Armagedón", recuerda uno de ellos.

Luego estuvo el primer ministro italiano Silvio Berlusconi. "Dijo allí en una conferencia de prensa que no había crisis en Italia porque los restaurantes y aviones estaban llenos", señala Lagarde. "No pienso que entendiera los riesgos a los que se encaminaba su país".

A las pocas semanas, Papandreu y Berlusconi estaban fuera de sus cargos, reemplazados por tecnócratas que por lo menos podían comprender la gravedad de la situación. "Devolvimos el genio a la botella", dijo el asesor del FMI que se aterró en Cannes. "Pero a veces parece que sólo damos bandazos de una cumbre europea a otra".

Antes de la siguiente, Lagarde tiene la esperanza de que sus advertencias reencaminen a Europa y el resto del mundo. Su intención no es infundir miedo, sino crear una situación en la que la economía global pueda avanzar con algún atisbo de estabilidad construida sobre un crecimiento más fuerte, mejor protección para los países en problemas y una mayor integración de la Unión Europea como un todo cuando se trate de la política monetaria y fiscal, un camino que 26 de los 27 miembros de la Unión firmaron en diciembre. "Ésa es la manera europea", dice un alto diplomático alemán. "Usualmente, sólo se mueve en una crisis. Ocurre tarde, pero ocurre". Pero como señaló Olivier Blanchard, economista jefe del FMI, el efecto de las cumbres que prometen mucho y dan mucho menos es perjudicial. Para Blanchard, el proverbio "mejor haberlo intentado y fallado que no haberlo intentado" no siempre se aplica.

En Estados Unidos, Lagarde espera que el debate sobre los impuestos y el gasto salga del terreno maniqueo en el que una política es considerada buena y la otra, mala. De hecho, los mercados tienden a ser "esquizofrénicos", para usar el término de Blanchard. Les gusta la idea de la austeridad y la reducción de la deuda, pero reaccionan consternados cuando eso lleva a un crecimiento más lento.

La palabra que Lagarde sigue retomando es "confianza". Sin ella nada funciona. Y la confianza deriva del liderazgo. En su estilo sin tapujos, eso es precisamente lo que busca dar, no sólo para su institución, sino también para el mundo.

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