Pétalos de Japón

22.04.2012 | 18.50 Comentar   |   FacebookTwitter
Sociedad /  Llegaron huyendo de la guerra en busca de paz y trabajo. Desde entonces, los japoneses de Colonia Urquiza, cerca de La Plata, desplegaron todo su arte y empeño en el cultivo de las flores.
Por Gustavo Moure - Fotos: Javier Heinzmann

Invernaderos y flores. Muchos y muchas, en el interminable verde de la pampa húmeda bonaerense. Los colores rompen con la monotonía del paisaje. Se impregnan en la superficie pareja y acolchada de los pétalos. Sobre ellos, se posan manos trabajadas, pero sutiles. Esas manos que otrora supieron del horror de la guerra y la tierra oscurecida de los bombardeos. Son colores y colonos, japoneses ellos, algo acriollados a esta altura, pero tan nipones como los crisantemos que forman parte del escudo nacional de su país, y que abundan en los invernaderos de Colonia Urquiza, en la periferia rural de la ciudad de La Plata.

Cortesía oriental. Cuando suena el teléfono, el señor Yasuhara comienza a desandar esa historia que lo incluye como parte de las familias pioneras que llegaron a la Argentina en busca de tierra y de paz, cuando el Consejo Agrario ofreció al gobierno japonés un lugar para quienes quisieran trabajar las tierras del oeste de la capital bonaerense. Una impresión de serenidad envuelve la charla, que se desarrolla con otros tiempos, sin apuro, con calma oriental. No tardara Hiroshi (así se llama Yasuhara) en invitarnos a su casa.

Ya en Colonia Urquiza, no será fácil ubicar a nuestro anfitrión. Habrá que recorrer quintas e invernaderos. Una señora de edad indefinida, rostro esmaltado, y nutrida de un típico sombrero japonés, juega en un enorme jardín con una niña envuelta en un vestido de blanco inmaculado. Cuando se le pregunta sobre la vivienda del señor Yasuhara, apenas parece reconocer el apellido de Hiroshi, pero señala que falta recorrer aún un par de cientos de metros. El paso siguiente es una canchita de fútbol. El picadito no tiene nada de particular, a excepción de los ojos pequeños y delgados de los niños que corren detrás de la pelota. Son, seguramente, nietos de aquellos pioneros que poblaron la colonia.

La ruta de Yasuhara encuentra su final en un buzón con su apellido pintado. Él se presenta de ojotas y medias de algodón. En el hall de la casa la "orientalidad" comienza a manifestarse en los detalles, como en el "genkan" o vestíbulo que separa al patio de la vivienda. Ése es el espacio limbo, entre el afuera y el adentro, donde el visitante debería sacarse los zapatos y ponerse otros de interior o, simplemente, proseguir descalzo al interior de la vivienda. Su señora convida con un pequeño pocillo de café y unas galletas de harina de arroz y algas, importadas de Tokio, seguidas de un pocillo de té verde, tan tradicional en las reuniones japonesas.

Las rutas de los colonos. El señor Yasuhara tiene ahora 64 años. Cuando nació, en 1947, habían pasado sólo dos años del final de la Segunda Guerra y su país estaba devastado. Es hijo de agricultores, pero no fue él sino su hermano, ya fallecido, uno de los pioneros en Colonia Urquiza: "Hubo un primer grupo de jóvenes que fue a los Estados Unidos. Tenían un contrato de tres años para trabajar en la agricultura. Otros fueron a Paraguay y Bolivia, y finalmente otros vinieron a la Argentina donde podían tener tierra propia", cuenta.

La asombrosa recuperación de la isla encuentra algunas razones en la política del gobierno japonés, posterior a las dos guerras: "Después de la Primera Guerra Mundial, el gobierno vio la necesidad de fomentar la emigración de jóvenes, especialmente de los más capaces. El primer grupo de jóvenes solteros llegó a la Argentina entre 1925 y 1930. Fueron a Mendoza, a Misiones, a todos lados. Luego de la Segunda Guerra, Estados Unidos fue el lugar elegido porque tenían la agricultura más desarrollada. Era curioso, porque estaba fresca la guerra y se iban a un país enemigo. "Hasta entonces la idea que se tenía era de que los yanquis querían terminar con la economía japonesa, pero si nos ganaron algo bueno debían tener", dice Yasuhara.

Así comenzó un flujo de emigrantes japoneses hacia los Estados Unidos. La misión era aprender las claves de la agricultura norteamericana, para luego reintroducir esas prácticas en el Japón. Apenas doce familias vinieron a Colonia Urquiza provenientes de los Estados Unidos, y otras diez lo hicieron desde Paraguay y Bolivia, dónde los colonos no vieron futuro en esos países. "Yo acompañé a Kazuhiro, mi hermano, que era miembro del grupo que fue a Estados Unidos. Llegué acá en 1962", relata Hiroshi.

La política de colonias agrícolas había formado parte del Segundo Plan Quinquenal del gobierno de Perón. Se buscaban colonos europeos, y así llegaron los primeros italianos, que se dedicaron a las quintas. Los japoneses los sucedieron algunos años después. Ellos fueron los primeros en utilizar invernaderos, y luego se dedicaron de lleno a la floricultura. Mal no les fue. Otros colonos japoneses instalados en Misiones, tuvieron serias dificultades para dedicarse a los frutales y la yerba mate. La mayoría volvieron quebrados.

Yasuhara se dedica actualmente casi con exclusividad a las rosas. Tiene una hectárea cultivada y dice que le alcanza para vivir. Cuando llegó no sabía nada del cultivo de flores. Entre sus hijos, uno lo sigue de cerca y trabaja con él. Otro emigró a la ciudad, como ocurre con muchos de los jóvenes de la zona.

Pero en Colonia Urquiza no solamente hay japoneses, sino un auténtico crisol de nacionalidades y culturas: italianos, portugueses y hasta algunos checos, rusos y españoles.

De las casi tres mil personas que pueblan Colonia Urquiza, sólo el 25 por ciento son japoneses, que supieron ser mayoría. En los últimos cinco años abundan los bolivianos y paraguayos. Hiroshi los diferencia: "los paraguayos son empleados, no buscan independizarse. En cambio los bolivianos alquilan la tierra y producen por su cuenta". Las familias japonesas no suelen tener más de dos hijos, y lo común es que los jóvenes emigren a las ciudades, o a Japón, sueño de casi todos los jóvenes que van a la escuela Nihongo Gakko .

A la pregunta de quiénes cultivarán la tierra, Yasuhara dice que depende de cada familia. Hiroshi reducirá el año próximo su producción a la mitad,y piensa dedicarse más a la enseñanza del idioma. Otras familias no tienen sucesores en la producción de flores, ya que son viejos, en su mayoría, los productores que sobreviven en la colonia.

El niño vigía. Se ríe contantemente ese viejito jovial de 82 años llamado Yasuhiro Kuroda, que llegó sin escalas a Colonia Urquiza, en 1963. Se trata de uno de los primeros siete colonos que arribaron a la zona. Ahora se toma en chiste su poca comprensión del castellano, aunque sus esfuerzos hayan contribuido a que, actualmente, uno de sus hijos estudie en Harvard.

"Por lo menos, de cultivo entiendo todo", aclara. Como todos los colonos, arrancó con las verduras y las hortalizas, y no obtuvo buenos resultados, pero el Consejo Agrario exigía como parte del acuerdo que el 60 por ciento de la tierra se dedicara a la agricultura tradicional. El colono debía entonces tener además cierto dinero de respaldo para comenzar la actividad, y una experiencia mínima de tres años en agricultura. Según la fertilidad del suelo, se entregaban a cada colono entre seis y 12 hectáreas de tierra en propiedad.

El campo de Kuroda es un auténtico vergel. Aunque ya está jubilado, Kuroda sigue arriba de su tractor. Ninguno de sus tres hijos lo siguió en la floricultura, y ahora vive solo con su esposa, de 78 años, tan laboriosa como él, perdida entre sus guantes y entre sus flores.
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