Golpeando las puertas de Bob
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A cincuenta años de editar su primer disco, Dylan vuelve a tocar en la Argentina. Contradicciones y misterios del hombre que introdujo la poesía en el mundo del rock y se convirtió en leyenda.
Por Melisa Miranda Castro
Sí se puede ser amado y odiado al mismo tiempo, y Bob Dylan lo sabe bien. De la recta que separa al amor del odio, él hizo una montaña rusa. Su vida discográfica que el 19 de marzo cumplió cinco décadas, por lo menos, a la vista de los críticos y de sus mismos seguidores, fue un rebotar constante entre el éxito y el hondo bajo fondo. Lo personal tampoco escapó al vértigo ni a los altibajos. Sus composiciones fueron enaltecidas de tal forma que llegaron a nombrarlo el "cronista informal de los conflictos de Norteamérica" y despedazadas sin piedad al punto de que la "Rolling Stones" publicó: "¿Qué es esta mierda?", al escuchar el álbum "Self Portrait". Uno de sus más fervientes seguidores, Joaquín Sabina, lo describe en sus dichos de manera cruda y clarificante: "Siempre ha sido un miserable, siempre ha traicionado a su público, nunca saluda, se pone de espaldas para tocar, hace todos los solos, no deja a los músicos tocar. Es un malvado y es el mejor".
Su figura es, sólo para empezar, polémica. Su conversión del judaísmo al cristianismo, el hermetismo alrededor de su accidente de moto en los ’60, su posterior reclusión y fobia al entorno de la música, su divorcio, el haber cantado para el Papa, el hecho de que su hijo Jacob Dylan sea un exitoso cantante y que Bob prácticamente no hable de él, son sucesos que alimentan el mito a su alrededor, y lo convierten en un personaje controversial y lo consagran como leyenda. A pesar de todo lo malo que se diga de él, lleva casi medio siglo llenando estadios y cosechando premios. Del 26 al 30 de abril, regresará a la Argentina después de cuatro años para hacer lo suyo en el escenario del Gran Rex. Traerá un poco de su antipatía, su irreverencia y su genio.
LIKE A... La misma actitud contestataria de sus canciones, ésa que le dio su fama y la admiración del público, también le produjo roces y enemigos. De todas maneras, nada parece importarle demasiado. Ni siquiera los famosos silbidos y abucheos que sufrió a mediados de los ’60, cuando introdujo un repertorio más rockero y electrificó su sonido en el Festival de Folk de Newport. Aunque, en ese tiempo, el joven Dylan se mostraba shockeado porque sus admiradores no le perdonaban el cambio musical. "Me ha dejado atónito. Pero no puedo menospreciar a alguien por venir a abuchearme. Después de todo, ha pagado para poder entrar. Sin embargo, podrían haber sido un poco menos vociferantes y menos persistentes. Lo que me molesta, pese a todo, es que todo aquel que me abucheó haya dicho luego que lo hizo porque era un viejo fan", declaró en esa época en una entrevista a "Playboy". Sin embargo, eso no lo detuvo en su constante búsqueda de sonidos, con muchos aciertos, pero también muchos fracasos, ganando y perdiendo fans en el camino. Uno de los puntos de giro en su carrera fue el tema "Like a Rolling Stone", con el que revolucionó la música popular.
EL MENSAJERO IRONICO. En sus inicios, Robert Allen Zimmerman sorprendió al público con sus letras de protesta y su perfil político, que hicieron de él un ícono. Canciones como "Oxford Town", basada en la inscripción del primer negro en entrar en la Universidad de Mississippi o "Blowing in the wind" que se convirtió en un himno antibélico, lo convirtieron en un referente de las luchas sociales de los ’60. Pero él mismo renegaba de eso y lo manifestaba como mejor sabía, con ironía e irreverencia. "La palabra ‘protesta’ no es mi palabra. Nunca me creí cercano a esa palabra. Cualquier persona normal que esté en sus cabales tendría que tener dificultad para pronunciarla con honestidad. La palabra ‘mensaje’ suena como a tener hernia. De todas formas, las canciones con mensaje, como todo el mundo sabe, son muy pesadas. Sólo los editores de diarios estudiantiles y las chicas de menos de catorce años pueden tener tiempo para ellas", se explayaba sin tapujos y se burlaba de las preguntas sobre por qué no escribía más ese tipo de canciones para finales de los ’60. "Yo, lo que voy a hacer es alquilar el municipio y meter unos 30 chicos de la Western Union. Digo, entonces sí que van a escucharse mensajes. La gente podrá venir y escuchar más mensajes de los que pudo oír en toda su vida", remataba al cuestionamiento.
A pesar de su enojo y su intento por despegarse de corrientes políticas, el progresismo de la época lo había tomado como su estandarte y todos esperaban de él algo más. Se intentó que hiciera declaraciones contra la guerra de Vietnam, los derechos de los negros y todos los conflictos sociales de esos tiempos. Sin embargo, Bob jugaba con eso con mucha cintura, tanta que de su boca no salieron palabras al respecto y dejaba sus manifestaciones sólo para sus canciones. No quería ser vinculado con un partido o un movimiento ideológico y por eso minimizaba las palabras de sus composiciones, cuando le preguntaban al respecto.
El karma del cantante de protesta lo acompaña hasta el presente, el año pasado en su primer concierto en China fue criticado por no incluir un repertorio más reivindicativo y por no hacer referencia a un artista local encarcelado por sus diferencias con la política actual. Pero Dylan dio vuelta la página y ya es difícil hacerlo mirar hacia atrás y escucharlo interpretar canciones de aquellos tiempos.
ENIGMÁTICO BOB. Todo rockero necesita su mito, su halo de misterio porque es así como se fundan las leyendas. De la misma manera que hay muchos que creen firmemente que Paul McCartney fue reemplazado por un doble tras un choque automovilístico; otros descreen del accidente que sufrió Bob Dylan el 29 de julio de 1966.
En teoría, la historia, relatada por el propio cantante en una entrevista, sucedió así: iba manejando su moto hacia un taller en Woodstock y su esposa lo seguía con el auto, se cegó por el sol y perdió el control de la Triumph 500; la moto terminó encima de su cuerpo, casi quebrándole el cuello por completo. Pero el misterio radica en que no hay registros de que alguna ambulancia lo asistiera ni que ingresara a algún centro médico. Sólo su esposa fue testigo del accidente y fue ella quien lo condujo hasta la casa de su médico en Middletown, donde pasó varias semanas internado en la cama del ático de su casa. Las malas lenguas dicen que en realidad no existió tal accidente y que todo fue armado para cubrir su rehabilitación de las drogas.
El episodio sucedió en la cumbre de su carrera, yendo de gira en gira sin respiro, a una velocidad vertiginosa. Pero después de esto, Dylan se recluyó en su casa y pasaron muchos años hasta que volviera a hacer una aparición pública. Ese tiempo lo usó para componer y volver a sus raíces folk.
Pero el tema de las drogas siempre rondó la figura de Dylan, de hecho, se le atribuye haber iniciado a John Lennon y a Paul McCartney en el uso de psicotrópicos. El guitarrista Mike Bloomfield fue quien habría introducido al compositor de "Like a Rolling Stone" en el mundo de las drogas. Hace poco, se encontraron audios inéditos de sus entrevistas con su amigo, el periodista Robert Sheldon, y en uno de ellos el cantante explicaba que había tenido problemas de adicción mientras vivía en La Gran Manzana, pero que había logrado recuperarse. "Le di una patada al hábito que tenía con la heroína en Nueva York. Estuve muy, muy colgado por un tiempo, quiero decir colgado de verdad. Y le di una patada al hábito que tenía, que era de unos 25 dólares al día", decía en ese encuentro que no salió a la luz hasta hace unos años.
Después de su accidente con la moto y de tocar fondo con las drogas, su siguiente experiencia cercana con la muerte se dio en 1997, cuando sufrió una afección cardíaca. Meses después, se encontraba tocando frente a Juan Pablo II el tema "Knockin’ on Heaven’s door". Como todo en la vida de Dylan, este fue un suceso polémico, que no cayó muy en gracia a una parte de sus seguidores. Incluso, el propio Benedicto XVI reconoció que tuvo diferencias con su antecesor porque tenía dudas en dejar salir al escenario a "esta especie de autoproclamado profeta".
EL EVANGELIO SEGÚN DYLAN. A pesar de que pueda extrañar ver a un cantante como Dylan en un contexto religioso, es un tema por el que se interesó desde joven. Ya en los ’60 reflexionaba sobre la figura de Jesús, sin importarle su origen judío. A finales de los ’70 dio un paso definitivo, se convirtió al cristianismo y publicó dos álbumes de gospel. La fiebre mística lo llevó a querer evangelizar a todos a su alrededor y a que la religión fuera un tema recurrente entre sus declaraciones. Pero unos pocos años después, el tsunami espiritual había pasado y ya no hacía comentarios sobre la Bibila. El álbum "Time out of mine" fue interpretado como el cierre de esa etapa y la pérdida de su fe. "Si sabemos algo sobre Dios es que es arbitrario. Así que, amigos, mejor que nos preparemos para eso también", decía tras no encontrar las respuestas que buscaba.
A punto de cumplir 71 años, son muchas las cosas en las que dejó su huella al mirar atrás. Incursionó en el cine en películas de poca taquilla –en un papel secundario en "Patt Garret y Billy the kid", "Corazones de fuego", "Anónimos"-, e inspiró a Todd Haynes en el filme "Biopic’ I’m not there". También fue guionista, tuvo su programa de radio y coqueteó con la literatura, ganó un reconocimiento honorífico del premio Pullitzer, entre tantos otros galardones y títulos. Además, la revista "Time" lo puso en el ranking de las 100 personas más importantes del siglo, coronándolo como una de las figuras más influyentes de la escena musical y cultural del siglo XX. Dylan supo cómo despertar amores y odios, aunque eso le fuera indiferente.
Irreverente, rebelde y caprichoso, con su ingenio hizo de su figura una leyenda de la música, que en pocos días volverá a dejar su huella en Buenos Aires.
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