Una oveja entre los toros
Sociedad /
Cuando las tizas estallan en mi cara, me pregunto quién soy. El bullying recreado en primera persona.
Por Guillermo Marín
Las tizas pican en la cara. Las tizas. Pero lo peor es en los pasillos: soy una oveja entre toros que va camino al matadero. A los toros les encanta patear, escupir, bufar como malditos toros, correr sin sentido alrededor de la oveja; una faena de ocasión. Pero lo que más duele es el olvido: no soporto que me ignoren. Más tarde volveré a ser el hombre invisible hasta que el sonido de la campana que anuncia el recreo autorice el ataque escolar: letal y voraz. No quiero acostumbrarme. Por un par de sonrisas ¿me dejo maltratar? Mamá dice que todo pasa. Pero no. La bandera a mi diestra en el día del acto del Día de la Bandera empeoró todo. ¡Malditas sean mis notas! Los golpes ahora no sólo son golpes: son insultos que no se dicen.
A mí no me va a pasar lo del pibe de Temperley que agarró el revólver del abuelo y ¡bang! ¡bang! ¡bang! Pero mis hermanas menores corren peligro. Ellos dicen que si hablo, las nenas mueren. Yo no les creo. Sin embargo, voy con cautela. No sea cosa que aparezcan en las noticias, en las páginas del delito, titulares anchos y negros. Y quizás ellos no zafen y les rompan los dientes en el calabozo. Eso sería justo, ¿no?
A veces, cuando las tizas pican como ahora, me pregunto quién soy. La profe encargada de los cursos dice que todos los adolescentes nos hacemos esas mismas preguntas, que es normal para la edad que tenemos, que lo mejor es ignorar a los que nos agreden, que se terminan cansando y se olvidan de nosotros. Pero no. Nadie se olvida de mí; nadie, nadie, nadie, especialmente a la hora de hacer gimnasia. En esa hora fatal soy el Gordo Esclavo, alguien a quien hay que ver sufrir cuando las piernas pesan, se entumecen dentro de los aros, pesa la espalda, pesan los hombros; mis manos pesadas que no despiertan. Soy el Gordo Esclavo. "Dale, Gordo Esclavo, tenga fe". Pero ni la fe me salva de esta hora negra. Porque cuando cierro los ojos a la hora en que las tizas pican, veo esa ola negra que hace poco se tragó con soda a medio Japón, siento que me envuelve con sus vientos de tragedia, como al personaje del libro de la profe de literatura: Demian, se llama; que a veces es Sinclair. No sé, cosas de la profe. La cosa es que al chico lo tratan como a una mujercita porque tiene la voz finita como la de un pito, igual a la mía. Por eso a veces me dicen "Gorda, Gorda, tenga fe". Pero ni la fe me va a salvar de ésta, de las ganas que tengo de flotar como una plumita y pasar así por sobre las cabezas de los toros, de los profes que no ven lo de las tizas y todas esas cosas que hay que ver. Porque sólo hay que ver qué le pasa al Gordo Esclavo cuando llega al aula después del recreo con los ojos de huevo re colorados tras haber llorado en el baño. Ver las tizas rotas y esparcidas por todos lados: balas servidas como en una de Steven Seagal. Pero a ellos no les interesa un pacto, una tregua. Sólo buscan divertirse, demostrar que son superiores al Gordo Esclavo. Igual me gustaría verlos caer, resbalarse en el patio un lindo día de sol, o de lluvia; sí, distinguirlos con las chombas embarradas y al fin poderme reír a carcajadas, saber que la piñata (también me dicen Piñata) se ríe de los toros.
Ahora suena la campana. Se acabó el primer round. Todos formamos en fila: yo atrás para evitar algún que otro castañazo o una zancadilla directa a los tobillos que me deja rengueando toda la tarde. Vuelvo a ser el hombre invisible. No sé qué es peor. Aunque cada año, cuando viene lo de la foto de fin de curso, quedo inmóvil y abrazado a alguno de ellos como si nada hubiese pasado, como si fuésemos íntimos amigos. Pero no. Mamá piensa que soy un chico feliz porque me ve con la misma insoportable sonrisa en todas las fotos del cole, como simulando una eterna felicidad. Ella no sabe que es la boba de la preceptora quien nos obliga a sonreír, sin acaso importarle nada de quién odia a quién, de las tizas, de mis horribles fotos en los fondos de pantalla de las compus de todo el colegio. ¿No lo sabe?
Suena la campana del último recreo. No hay muchas tizas a esta hora: ya las usaron esta mañana contra el elefante (también me dicen El Elefante). Y entonces me escondo en el baño. Sé que me esperan en la puerta, que se impacientan, que mienten a sus profes cuando llegan tarde a la clase. Porque hacen tiempo. Ellos apuestan a que salgo en dos minutos. Pero no. La profe de geografía ya lo dijo: el elefante es el animal más temido de África; se mueve a gran velocidad y sin hacer ruido, tiene una enorme inteligencia táctica y actúa con especial saña. Me lo memoricé como si fuese a dar lección. Salgo. Despacio y sin hacer ruido me meto en el aula. Ellos no saben que el elefante, no el de Walt Disney, sino esa bestia de miles de kilos, es, junto a los delfines, el animal que tiene más memoria. Por eso, desde atrás los miro. Los reconozco. Casi puedo escuchar cuando respiran. Y cosas así…
Marín es periodista y escritor. Autor del blog Desechos del cielo.
23