La muerte inesperada
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Era un excelente alumno sin grandes preocupaciones aparentes, pero se suicidó a los doce años. ¿Pueden las burlas llevar a un chico a quitarse la vida?
Por Victoria Acébal Mallo
Ese viernes, Víctor volvió de la escuela al mediodía. Era su rutina. Como su abuela lo notó muy triste y caído, se quedó un rato jugando con él. Cuando ella fue a buscar la comida, Víctor le tironeó del saco como para retenerla. "Pará, Davito, que ahí te traigo el almuerzo". Segundos más tarde, la mujer sintió un disparo y corrió presurosa a la habitación. "No lo vio porque Víctor había apagado la luz y cayó entre la cama y un escritorio. Él se sentó en la cama y se pegó un tiro en la sien", explica José, el abuelo de Víctor David Feletto, el niño de doce años que se suicidó el viernes 30 de marzo en Temperley. Cuenta José y mientras cuenta, llora.
El caso, que eriza la piel como un grito en la noche, se presentó en los medios como una evidencia de los riesgos del bullying o acoso escolar: ese hostigamiento cruel y silencioso que, según estadísticas internacionales, llega a padecer hasta un 37 por ciento de los alumnos de primario y secundario. Pero la reconstrucción de Newsweek, a un mes de la tragedia, cuestiona la versión oficial y abre otros interrogantes.
José recuerda que, cuando Víctor se disparó, él volvía a su casa en tren tras un chequeo. Cuando llegó al hospital de Lomas de Zamora, su nieto ya estaba en coma. "Se hizo un bombo en la cabeza", dice. "Se encontró solo, sin que nadie lo contuviera y no supo qué hacer", agrega, mientras se acerca con las carpetas de clase de su nieto en mano.
Cuando Víctor volvía de la escuela se sentaba en la mesa a almorzar y hacía la tarea con el tenedor en la mano. No le gustaba dejar ningún ejercicio pendiente. Era un excelente alumno: había terminado sexto año de la primaria como abanderado. Le encantaba estudiar y tenía muy buena memoria. Cuando terminaba los deberes, ayudaba a su abuelo en las tareas manuales. Con sus doce años, Víctor sabía que para sacar un clavo de una madera húmeda sin hacer esfuerzo, hay que martillarlo primero. Sabía también cómo emprolijar la pintura en la chapa para que no se noten las pinceladas y cómo construir un nivelador con una manguera llena de agua. También jugaba a la PlayStation, como todos los chicos de su edad, y pasaba largo rato copiando dibujos de manga japonés con precisión de artista.
Había comenzado primer año del secundario en la escuela Nº 13 de enseñanza media de Lomas de Zamora y tenía las carpetas completas y muy prolijas. Sus compañeros lo llamaban a veces "Calculín", porque era capaz de hacer las cuentas más rápido que otros chicos. "Era un adelantado", dice su abuelo, mientras mira la mesa de trabajo donde compartían las tardes.
Las últimas semanas habían sido muy difíciles para Víctor. En la clase de Educación Física, los chicos lo habían golpeado varias veces. Algunos de ellos eran mayores que él y jugaban al fútbol juntos. A Víctor no le gustaba el fútbol. "Estaba insoportable con el tema, así que yo le dije a la madre que fuera a hablar con la directora", dice José. "Pero la directora le dijo que si no iba a las clases de Educación Física iba a perder el año. Se lo dijo así nomás, sin contenerlo", agrega. "Si se lo hubiera dicho yo, esto seguro no pasaba", afirma luego con angustia.
El escritor y psicoanalista Fernando Osorio, autor del libro Hijos perturbadores y especialista en violencia escolar, afirma que "de ninguna manera un chico se suicida sólo porque en el colegio le dicen que no a algo. Si los alumnos se suicidaran cada vez que los docentes les dicen que no, habría una epidemia de suicidios". La respuesta del colegio fue, en todo caso, el detonante: "En un suicidio, siempre el detonante parece algo menor, un sinsentido. Pero cuando uno indaga ve que hubo muchos pedidos de ayuda previos".
Si bien el caso de Feletto hoy es visto con alarma por los especialistas en acoso escolar, José se empeña en aclarar que su nieto no estaba angustiado por las bromas de sus compañeros. "Lo cargaban algunos como nos pueden cargar a nosotros. Lo golpearon varias veces porque jugaban al fútbol. Si los jugadores profesionales se arrancan la camiseta… ¡imagínese los chicos!".
Alejandro Castro Santander, miembro del Consejo de Directores del Observatorio Internacional de la Violencia Escolar de la UCA y disertante en el 5º Congreso Regional sobre Violencia Escolar y Familiar (que se lleva a cabo esta semana en Catamarca), declara a Newsweek que "ante el suicidio no existe una explicación simple. Es, como toda violencia, algo muy complejo". El licenciado en gestión escolar y psicopedagogo institucional cuenta que, en México DF, se denunciaba que 190 alumnos se habían suicidado en un año por el acoso de sus compañeros. Sin embargo, la "autopsia" psiquiátrica y psicológica mostró que existían muchos otros factores (maltrato y abuso familiar, pérdidas familiares, abuso de sustancias y conflictos sentimentales, entre otros) que se confabularon con el rechazo de los compañeros: "ése fue el detonante de la triste determinación".
Santa Clara es portera desde hace muchos años en la escuela de Lomas de Zamora a la que asistía Víctor. Afirma que Víctor era "amoroso, un chico muy bueno. Excelente alumno". Según ella, no se lo veía mucho con amigos porque la mamá y la abuela lo acompañaban siempre al colegio, pero tampoco se veía que los chicos lo cargaran demasiado. "Fue muy sorpresivo para todos. Nadie se podía imaginar que fuera a hacer una cosa así". Sus compañeros deslizaron la misma versión.
Para José, el detonante de la decisión de Víctor fue la combinación de la idea de volver a las clases de gimnasia que no le gustaban y "perder el año". "Era muy responsable. Se preocupaba muchísimo cuando le faltaba algo. Para él eran los deberes, los deberes, los deberes".
José enumera historias y anécdotas de su nieto, Víctor. También, postales de un futuro que ya no va a ser. "Le encantaban los animales y quería ser veterinario. Un día me pidió que le comprara un libro de veterinaria para ya ir estudiando. Era un chico fuera de lo común". Insiste que su nieto se desesperaba por cumplir con responsabilidad con todas sus tareas. "Era un señorito", grafica. Siempre se acostaba muy temprano, y si alguno lo retenía se angustiaba, porque no quería quedarse dormido por ningún motivo a la mañana siguiente. "Tenía muchísimo carácter. Una vez que se le ponía algo en la cabeza, no paraba. Por eso pienso que si no hubiese encontrado el arma en el cajón, hubiera hecho otra cosa. Se hubiera tirado debajo de un tren, no sé", especula José. "No era un chico caprichoso de ésos que te hacen pasar vergüenza cuando entrás a un negocio. Su único capricho era la escuela".
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