Ese viejo oficio...

29.04.2012 | 21.28 Comentar   |   FacebookTwitter
Sociedad / 

Pese a las grandes cadenas, los libreros resisten. Para ellos, no se trata sólo de vender, sino de formar lectores. Casos de tres apasionados por las letras.

Por Mariana Merlo - Fotos: Alejandro Kaminetzky

Sus cerebros son sus computadoras. Y en esa carpeta que es la memoria, almacenan los nombres de cientos de autores y los títulos de miles de libros, mucho de ellos usados, que actualmente forman parte de sus vidas, pero que a futuro enriquecerán la de otros. No son robots. Su cualidad no es, simplemente, tener buena memoria. Por eso, ninguna máquina podría reemplazarlos. Los libreros son guías, son los que llevan de la mano al ávido lector que busca un nuevo texto porque terminó el anterior. Entiende ese apetito. Se convierte en el cómplice del cazador agazapado que va en busca de su nueva presa, lo ayuda a calmar esas ansias de encontrar el ejemplar que le falta para completar la colección de su escritor predilecto, o lo consuela ante la reciente pérdida generada por el famoso "fin".

Sólo ellos entienden esa relación con el libro. Ese enamoramiento con los personajes, las ansias de transitar los paisajes descriptos, el agujero en el estómago que genera leer las líneas finales del último capítulo y esa voracidad por comenzar las primeras de un nuevo libro abierto por primera vez.

Los libreros tienen todo a su alcance. La pasión propia satisfecha por los estantes que los rodean, y la ajena contagiada cuando un nuevo cliente cruza la puerta. Todos los días se les abre un nuevo mundo. "Yo antes daba clases, ahora las tomo. Todo el tiempo tomo clases. Por los libros y por los clientes. Es una maravilla. Pienso que tiene que ser de las mejores actividades del mundo". La enamorada de su profesión es Elena Padín Olinik, librera anticuaria dueña de "Helena de Buenos Aires". Fue docente durante muchos años, maestra de enseñanza primaria y preescolar. Pero su vida dio un vuelco cuando, luego de que su hija cumpliera 5 años, su marido le insistió para que hablara con Justin Piquemal Azemaru, "el Francés", famoso librero de Buenos Aires que estaba buscando un ayudante. Nueve meses bajo su ala le alcanzaron para aprender todo lo que podía sacar de él –"un hombre muy huraño y retraído"-, y estiró un poco el cordón umbilical hasta el local de al lado para abrir su propia librería. "Nosotros no vendemos cosas de primera necesidad, vendemos algo que la gente compra por placer. El librero tiene que estar atento a que la persona viene para pasar un momento bonito y agradable, entonces somos cordiales, tomamos un café, charlamos sobre lo que les gusta, lo que quieren", explica Elena mientras le pide a su ayudante dos pocillos. "Toda esa experiencia te enamora. Te estás empapando todo el tiempo de cosas lindas. Y si tenés curiosidad, tenés un espectro de conocimiento descomunal".

A Elena, la devoción por la literatura gauchesca se le nota a flor de piel. Sin embargo, no la nubla y le pone la misma pasión a los textos que lee y disfruta los que vende para goce de otros. Como quien llega de viaje y quiere mostrar las fotos a todos sus amigos, ella quiere mostrar las joyas que conserva en sus anaqueles –en los que están con llave, claro–. La metamorfosis, del poeta romano Ovidio, de 1591, es una de ellas, junto con la primera edición de Residencia en la tierra, de Pablo Neruda, que actualmente no está a la venta. "No lo vendí porque no lo ofrezco, porque el día que lo venda voy a llorar", confiesa.


Pasión innata. "Esta profesión es como una caja de Pandora, siempre estás descubriendo algo, nunca dejás de aprender. Algo que no conocías aparece en tus manos, lo consumís, lo leés, y eso te lleva a otra cosa, y a otra cosa. Es un mundo que no tiene fin, es todo belleza", explica Luis Figueroa, "Luigi" para sus colegas, todos miembros de la misma cofradía que parecen formar. Abrió las puertas de su primera librería en el ’79, y aunque tuvo un impasse en 2000, cuando vendió todo y se fue a vivir al medio de las montañas de El Bolsón, al poco tiempo el oficio lo captó de nuevo. Tiene su local en pleno centro, junto a otras tantas librerías "de viejo" donde difícilmente se encuentren los últimos títulos de los escritores de moda. "La última vez que entré a una de esas librerías tipo cadena, le hice una pregunta a la vendedora y me miró con una cara… Buscan vendedores y no libreros, son vendedores que no saben, no se preocupan por ni siquiera leer la contratapa, la solapa para saber quién es el autor, de qué se trata el libro. El hecho de mirar eso ya te tiene que picar el bichito, y cuando te picó ya estás adentro". Y señala con la mirada a Jorge Mosquera, el joven de 28 años que trabaja con él, un ex cliente con el que entabló una relación más que entrañable. Tanto que ahora le paga por hacer algo que a Jorge, "Jorgito", ya casi hacía por placer. "Él va a ser un librero como eran los viejos libreros, porque sabe mucho de literatura, y lo veo acá con los clientes. Una vez una persona entró pidiendo un texto de un autor que no teníamos, y lo llevó a otro autor que le pareció que le podía interesar. Cuando le encontrás la vuelta al lector, lo vas guiando", explica Luis, que mantiene con su aprendiz una relación más de amistad que de jefe/empleado, un lazo casi paternal. Por eso, en cuanto vio que Jorge estaba tan fascinado con el laburo y se quedaba hasta la 1 de la mañana revisando libros, lo frenó. "Es que el riesgo que corrés en este tipo de trabajo es que podés convertirte en un pergamino amarillo y arrugado. Empezás a vivir la vida de terceros", advierte Luis.


Entre libros y consejos. Para Lucio Aquilanti siempre fue su propia vida la que transcurrió rodeada de anaqueles. Su papá, también librero, trabajó en Casa Pardo y luego en Fernández Blanco durante 20 años. Lucio iba de visita al local de la calle Tucumán, jugaba con los sables que hoy decoran las paredes y respiraba las hojas a la par de su papá. "Yo lo veía agarrar un libro y abrirlo, olerlo, tocarle el papel, sentirlo. Un poco fui mamando esta profesión aunque no pensé que iba a ser librero. Pero un día viene acá a saludar al viejo Fernández Blanco y me quedé. Tenía 18 años, entré con los jeans cortados y el bajo colgado al hombro. Pero yo me había criado con los libros, y Fernández Blanco le dijo a mi papá: ‘Este chico tiene que trabajar acá’". Así fue, y hasta pasó de ser empleado a dueño. Hoy con sus 42 años es uno de los libreros jóvenes más respetados por la vieja guardia.

"Lo que hace a un buen librero es la experiencia. No podés ser un buen librero sin experiencia. Yo no fui un buen librero desde el principio –se sincera Aquilanti-. Venía con muy buena escuela, mi papá, Fernández Blanco, ayudando a acomodar las bibliotecas, haciendo catálogos con la máquina de escribir para pagarme las vacaciones. Pero eso no te transforma en librero, es la experiencia. Así y todo hay gente que hace 30 años que ejerce y no tiene esa llamita que hay que tener. Hay algunos que cuando entra un cliente y les preguntan por tal libro, contestan con un simple ‘no’. Puede ser que sepas de memoria que no lo tenés y ésa sea la respuesta, pero también podés aconsejarle leer otra cosa del mismo estilo, o recomendarle dónde puede encontrar lo que busca. Yo creo que cuando encontrás a ‘el’ librero, te tenés que casar" (risas). Lucio ya tiene tres o cuatro matrimonios ficticios con hombres y mujeres de diferentes librerías de Buenos Aires. Haciendo memoria recuerda una grata experiencia en una librería de Palermo, "Crack Up": llegó y eligió un libro de un filósofo contemporáneo. No recordaba si se lo habían recomendado o había leído algo sobre él, pero se tentó con uno de sus textos. Cuando llegó a la caja, el librero intervino: "¿Por qué lleva este libro". Lucio le explicó su situación y que había ojeado el ejemplar y le gustaba. "Está perfecto –coincidió-, tenés que llevar algo de este autor, pero no este libro sino este otro". La segunda opción era, para sorpresa de cualquier comerciante que esté leyendo, más económica. El trabajo del librero en su máxima expresión. "Si vos amás al oficio y no sólo al libro, el cliente vuelve", explica Aquilanti, víctima y victimario de la profesión.
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