El valor de la juventud política
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¿Los jovenes están tan presentes como parece en los cargos de poder, o son los discursos políticos y mediáticos los que los enfatizan?
Por Andrés Fidanza
No alcanzaba con que el nuevo CEO de la empresa más grande de la Argentina tuviera 44 años, tenía que tenerlos "recién cumplidos". Y por si no hubiese quedado claro que se trataba de lo que la convención social denomina un adulto joven –y mucho más para el ambiente veterano de la política–, Cristina Fernández de Kirchner agregó que Miguel Galluccio, a quien eligió para dirigir YPF, "es ingeniero en petróleo y un hombre muy joven formado en la Argentina". Así de explícita es la convicción presidencial de que la dirigencia local es un elenco que debe mejorarse y modernizarse por vía de un recambio generacional inducido. Y CFK, entonces, la presidente al fin, lo induce: pone fast-forward a las carreras de un grupo de militantes más o menos jóvenes (algunos ya maduros en comparación con los 30 que tenía Antonio Cafiero cuando Perón lo designó ministro de Comercio Exterior), más o menos peronistas (Andrés "Cuervo" Larroque, entre los que más; y Axel Kicillof entre los que nada), pero todos perfectamente leales. "Ser un puente entre las nuevas y las viejas generaciones" es el objetivo cristinista, según explicó el día en que confirmó que iba por la reelección. Y ese intento de legado es el que empuja a los camporistas a las bancas y secretarías nacionales; y también el que alienta las interpretaciones más excesivas, prejuiciosas o marketineras sobre ese vago colectivo kirchnerista. Porque si bien el ensayo de trasvasamiento ya fue puesto en marcha por el oficialismo, los menores de 40 todavía siguen sub-representados en el Congreso (son apenas un 8 por ciento de los diputados) y en el Gabinete nacional (los ministerios promedian 55 años). Así, antes que una inédita revolución juvenilista, la novedad que dispara el ciclo kirchnerista es un abuso generalizado del concepto de juventud. Tal vez como nunca antes, los sub-40 están menos presentes en los cargos importantes del poder, que en la retórica altisonante de la propia política, ya sea en su versión romántica como en la demonizadora.
"Los jóvenes aportan nuevas preocupaciones al sistema, y aceleran políticas de cambio a las que las élites de los partidos se resisten", afirma ante Newsweek la senadora salteña justicialista, aunque no kirchnerista, Sonia Escudero. Una opinión que Escudero tuvo desde siempre, pero que se potenció después del Censo de 2010. Cuando constató que dentro del padrón electoral total (unas 29 millones de personas) hay un 32,6% de argentinos entre 25 y 40 años, y que la edad nacional promedio es de 32,5 años, mientras que la de los diputados es de 52, buscó revertir esa especie de distorsión social a través de un proyecto de ley que fija un cupo obligatorio equivalente al que ya existe para las mujeres. Escudero propone que en las boletas de candidatos a diputados haya un 30 por ciento de postulantes menores de 40 años. Un objetivo concreto y, además, poético: "Garantizar el fluir de la sangre nueva".
Desde sus 32 años, el intendente de Morón, el sabbatellista Lucas Ghi, discute la idea de que la juventud sea un valor político en sí mismo. Porque si bien asumió a los 29 años, hito que lo consagró como el intendente más precoz del Conurbano, durante su gestión comprobó que existen tanto "compañeros con años de experiencia, pero que no perdieron las ganas de trabajar y desburocratizar la gestión, como muchachos con un gusto exagerado por el escritorio y el celular". Es que las experiencias juvenilistas de Woodstock, el Mayo Francés, la Primavera Árabe y hasta de Twitter, también pueden tener una contracara sedentaria.
En donde la brecha generacional sí se vuelve una constante es –según Ghi– en la reacción ante los cambios culturales (matrimonio homosexual y consumo de drogas, por citar los dos más paradigmáticos), porque "a los militantes más grandes a veces les cuesta entender algunos fenómenos".
En conclusión, para este politólogo de barba prolija, hijo de un matrimonio mixto (ella peronista y él radical), la juventud no tiene esencia revolucionaria ni el monopolio de la transgresión, aunque sea un lugar común muy arraigado y tentador. Algo así pensaba, o al menos se encargaba de difundir, el ex presidente Néstor Kirchner, cuyo Gabinete fue el que promedió menor edad desde la vuelta de la democracia (Ver recuadro). El libro La Cámpora, Historia secreta de los herederos de Néstor y Cristina Kirchner, de Laura Di Marco, cuenta una sobremesa de octubre de 2008, escenificada en el quincho de la quinta de Olivos. Ahí, whisky en mano, Kirchner adoctrinaba y contenía al cuadro mayor de La Cámpora: "Muchachos, tienen que formarse para tomar el poder. Con Cristina tenemos que hacer un puente generacional. Ésta es la única manera de garantizar una continuidad ideológica porque los otros, aunque tengan cuarenta años, ya están contaminados con los vicios de la corporación política. Miren a (Sergio) Massa o a (Martín) Lousteau… Son jóvenes, pero son conservadores".
El fervor genuino –y por momentos desbordado– que activa el kirchnerismo entre estos muchachos y muchachas (aunque la mayoría sean hombres de clase media) viene pegado a una poderosa trama psicológica que une pasado y presente: la militancia peronista de los ‘70 y la militancia (una palabra revalorizada y casi resignificada por el kirchnerismo) del peronismo que gobierna desde 2003. Que la "generación diezmada" de los ‘70 encuentre su herencia y continuidad en estos "soldados de Cristina" es una narrativa a veces sugerida por la propia líder y otras veces por los camporistas, algunos de los cuales, como el legislador porteño Juan Cabandié, son hijos de padres desaparecidos. Y cuando no lo fomenta ni la una ni los otros, es la oposición la que azuza el fantasma, haciendo hincapié en su estilo supuestamente violento en que "van por todo".
Pero si uno puede abstraerse de ese fondo simbólico tan ganchero, el contrato entre kirchnerismo y masas juveniles se vuelve más pragmático y comprensible. Kirchner tentó a los camporistas, otros miles de adolescentes, tal como se comprobó en su funeral, ofreciéndoles dar una pelea política; o un encadenado de peleas contra algunos poderes fácticos: la 125, una derrota que paradójicamente sirvió para consolidar la mística; la ley de medios, el matrimonio igualitario y, ahora, la expropiación de YPF. Peleas que, para colmo, se podía ganar.
"Cuando la política se revela como una herramienta para cambiar la realidad, más allá de que sean cambios profundos o leves, los jóvenes ven que tiene sentido involucrarse", explica el sociólogo Sergio Balardini, que investiga temas sobre juventud en Flacso. La representación pública, así, se les convirtió en "un juego de verdad". Una interpretación opuesta a la tesis profiláctica de Elisa Carrió, según la cual el Gobierno lleva al matadero a los que recién se inician en la política profesional.
Pero atención, porque si bien Balardini sostiene que el kirchnerismo incorporó a muchos menores de 30 a la política tradicional, rechaza que antes de 2003 los jóvenes fueran apolíticos: "Estaban en ONG, en grupos socioculturales o intervenían de forma minimalista sobre puntos concretos de la realidad, porque tenían intereses pero no se sentían atraídos por los partidos".
Desde el campo de los benjamines PRO, la diputada nacional Soledad Martínez (29 años y presidente de los Jóvenes macristas) aporta que la dirigencia cincuentona y sesentona se siente "insegura" ante el avance de los sub-30. "Están acostumbrados a tratar con pares y por eso nos suelen exigir el doble, nos exponen y nos exigen un nivel de experiencia que iremos haciendo con el tiempo", opina Martínez.
A diferencia de La Cámpora, La J-PRO no exhibe guiños al pasado que le den una identidad ideológica o existencial. "No cargamos con esa mochila", según se jacta Martínez. Son puro futuro y admiración al alcalde Mauricio Macri. Una combinación que quizás les reste algo de épica y repercusión.
La enérgica creencia juvenil en el kirchnerismo –que excede a La Cámpora, porque también están la Corriente de Liberación Nacional (COLINA), conducida por la ministra de Desarrollo Social, Alicia Kirchner; y la Gran Makro, cercana al diputado Roberto Feletti– sólo resulta comparable con la que tenía La Coordinadora alfonsinista de los ‘80. Aunque, en contraste con la relación de La Cámpora con los Kirchner, la agrupación radical preexistiera la presidencia de Raúl Alfonsín.
"La recuperación de la democracia, el juicio a las Juntas militares, la paz con Chile y la integración regional eran hechos que entusiasmaban a los jóvenes, y ahora pasa lo mismo a partir de la revalorización de la política", explica a Newsweek el ex coordinador Leopoldo Moreau. Pero hay más puntos de continuidad, según este dirigente radical que reconoce algunos méritos al kirchnerismo: "La lucha contra las corporaciones, entonces contra la militar y la de la Iglesia, y hoy contra la económica y la mediática; y la demonización del establishment". A los coordinadores les llegaron a decir despectivamente los "Montoneros de Alfonsín".
Otro ex coordinador, el diputado Carlos Raimundi, hoy adscripto al kirchnerismo, señala que, a diferencia de lo que pasaba con Alfonsín y La Coordinadora, "el peronismo tiene una conexión más directa con los sectores populares, y eso hace que el actual proceso sea más intenso y transgresor".
El actual plan oficialista del trasvasamiento incluye la puesta en marcha de programas estatales. Por citar uno no tan conocido, la Dirección Nacional de Juventud, dependiente del Ministerio de Desarrollo Social, asesora a estudiantes secundarios para que conformen centros de estudiantes, y hasta les acerca una breve historia de la participación juvenil en la política argentina.
Así, desde 2003 a la fecha, el kirchnerismo facilitó condiciones materiales y ofreció un marco cultural más que aceptable para que muchos de ese 33% de argentinos que señalaba Sonia Escudero simpatizaran con el Gobierno.
Pero sería errado afirmar que el kirchnerismo inventó el compromiso juvenil. Aunque sí lo impulsó y reivindicó. Tal como señala la lúcida investigadora del Instituto Gino Germani Melina Vázquez (una de las autoras del documento Juventud y política en la Argentina (1968-2008), "la novedad del proceso actual está más relacionada con que la importancia de lo juvenil es reivindicada por los propios dirigentes adultos, porque ser joven casi nunca representó un capital político, y más bien era concebido como sinónimo de inexperiencia o de falta de credenciales".
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