El día que Obama salió del placard
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Por Andrew Sullivan
Era la primavera de 2007, cuando la candidatura de Barack Obama para la presidencia parecía quijotesca en el mejor de los casos. Yo había visto hablar a Obama ante una multitud y quedé impresionado, pero quería ver si lo que había visto de lejos lograba soportar un examen más detenido. Así que pedí asistir a un evento de recaudación de fondos en un elegante apartamento en Georgetown. Prometí no escribir nada. Sólo quería ver al hombre de cerca y tener una mejor idea acerca de él y de su carácter. En un momento, durante la sesión de preguntas y respuestas, una mujer lo miró directamente a los ojos con lo que sólo puede denominarse como valor maternal. "Mi hijo es gay", dijo ella, y la sala de repente enmudeció. "No entiendo por qué usted no apoya su derecho a casarse con la persona a la que ama. Es muy decepcionante para mí". Obama, sin perder el contacto visual ni un momento, le respondió: "Deseo una plena igualdad para su hijo, todos los derechos y beneficios que el matrimonio trae consigo. Realmente lo deseo. Pero la palabra ‘matrimonio’ despierta muchos sentimientos religiosos. Creo que las uniones civiles son el camino a seguir en tanto sean igualitarias".
Mi corazón se hundió. ¿Acaso este evidentemente humano afroestadounidense estaba abogando por una solución de "separados pero iguales", una forma de segregación civil como la que hizo que el matrimonio de sus propios padres fuera un delito en muchos estados cuando él nació? ¿Acaso no había declarado ya que apoyaba la igualdad matrimonial, durante su campaña para el Senado de Illinois, en 1996? (El Gobierno ahora dice que el cuestionario de Outlines, el diario gay de Chicago, había sido contestado a máquina, no del puño y letra de Obama, sino por alguien más). ¿Acaso la Iglesia de Jeremiah Wright no era un partidario poco frecuente de la igualdad matrimonial entre las iglesias de raza negra? La súbita ambigüedad no tenía ningún sentido, excepto como puro cálculo político. Y, sin embargo, también se sentía tenso, como si él supiera que no encajaba. Él deseaba la igualdad, pero no el matrimonio, mas no se puede tener una sin el otro. En este sentido, la insoportable falta de definición de Obama era, esencialmente, "sí, no podemos". Y, sin embargo, de alguna manera, simplemente por la forma en que respondió a la pregunta de aquella madre, yo no lo creía. Pensé que él se debatía entre el cálculo político y su creencia fundamental en los derechos civiles. Y fue entonces cuando me di cuenta de que era ambas cosas: un político frío, acerado, despiadado, calculador, que, sin embargo, al final quería hacer las cosas bien.
La semana pasada lo hizo, en un movimiento cuyas consecuencias son simplemente imposibles de juzgar. Fuentes de la Casa Blanca me informaron que después de la entrevista con ABC News, el presidente se sintió como si le hubieran quitado un peso de encima. Sí, fue empujado de vuelta al tema por Joe Biden, el católico irlandés que no podía evitar decir la verdad sobre sus propios puntos de vista en la televisión (sólo para ser inmediatamente derribado por David Axelrod en Twitter). Sin embargo, Obama había planeado durante un tiempo aprobar el matrimonio gay antes de su reelección. Fuentes de la Casa Blanca afirman que si Obama hubiera sido un senador del estado de Nueva York el año pasado, cuando la legislatura de Albany legalizó el matrimonio gay, habría votado a favor. Pero nadie le preguntó. La revelación "de primera plana" estaba prevista para The View. Al final, luchando por ponerse al día con su vicepresidente, recurrió a su compañero fanático de ESPN, Robin Roberts, un cristiano afroestadounidense de Misisipi, para sofocar el súbito jaleo. Incluso esto estaba calculado: hacer que este momento ocurriera entre dos afroestadounidenses ayudaría a Obama a calmar a la oposición entre algunas partes de la comunidad negra.
Por coincidencia, la entrevista se produjo un día después de que Carolina del Norte votó categóricamente a favor de prohibir todos los derechos para las parejas homosexuales en la constitución del Estado. Para los estadounidenses gays y sus familias, la oscuridad emocional de la noche del martes se convirtió en un lienzo en el que Obama podría pintar un amanecer cada vez más amplio. Pero yo no me lo esperaba. Como muchos otros, me preparé para la decepción. Y, sin embargo, cuando vi la entrevista, las lágrimas bañaron mis mejillas. Ese momento me recordó mi propia boda. La había visualizado en mi mente, pero no en mi corazón. Y estaba totalmente desprevenido para cuán psicológicamente transformador sería el momento. El hecho de que el presidente de Estados Unidos afirmara mi humanidad —y la humanidad de todos los estadounidenses gays— fue, inesperadamente, un punto de inflexión. Cambió la corriente principal en una sola entrevista. Y la semana pasada, varios líderes demócratas, desde Harry Reid hasta Steny Hoyer, apoyaron al presidente, quien hizo que todo el partido dejara atrás una postura que apenas hace unos cuantos años era considerada simplemente absurda. Y, en respuesta, Mitt Romney sólo atinó a tartamudear.
Por supuesto, la fría política estuvo detrás de este hecho. Uno de cada seis recaudadores de fondos de Obama es gay, y él necesita su dinero. Wall Street no lo ha apoyado financieramente este año como lo hizo en 2008. Algunos donantes judíos se han frenado por el tema de Israel. Y cuando Obama anunció recientemente que no iba a emitir una orden ejecutiva que prohíba la discriminación antigay para los contratistas federales, los donantes homosexuales casi lo amenazaron con dejarlo en la estacada. La unidad y la intensidad de los gays influyentes —que estuvieron ausentes en la postura defensiva de los años de Clinton— demostraron que la máxima de Franklin Delano Roosevelt todavía se aplica: "Estoy de acuerdo contigo, quiero hacerlo; ahora haz que lo haga".
Si el dinero era uno de los factores que hacían que el movimiento fuera necesario, el voto de la juventud —esencial para su coalición demográfica y abrumadoramente a favor de la igualdad en el matrimonio— garantizó la lógica de la misma. Los menores de 30 años lucían preocupantemente apáticos, sobre todo en comparación con 2008. Esto les haría reaccionar nuevamente. Y al asumir una postura directamente opuesta a la de Mitt Romney, quien está a favor de una enmienda constitucional para prohibir todos los derechos a las parejas homosexuales de todo el país, Obama adelantó su estrategia clave para ganar la reelección: hacer de esta una elección de opción. Si se trata de una elección de opción, él gana. Si se trata de un referéndum de los últimos cuatro años de crisis económica, podría perder. Y la semana pasada, sobre todo después de que The Washington Post dio la noticia de que Romney había atacado a un estudiante gay en su adolescencia, la opción no podría haber sido más marcada.
Por otra parte, la última encuesta Gallup ofrece un aliciente más. La igualdad matrimonial es apoyada actualmente por la mitad de los estadounidenses en las encuestas. Pero lo más importante es la naturaleza del apoyo. El 65 por ciento de los demócratas apoya la igualdad matrimonial, en comparación con sólo un 22 por ciento de los republicanos. Pero los independientes están a favor del matrimonio gay en 57 por ciento, mucho más cerca de los demócratas que de los republicanos. Queda confirmado: los derechos de los homosexuales es un tema divisivo. Pero ahora —a diferencia de 2004— es un tema divisivo para los demócratas. Las mujeres también están más a favor de la igualdad matrimonial, apuntalando aún más la brecha de sexo que ya se amplió en el debate de la primavera sobre la anticoncepción. ¿Los católicos? Sin importar lo que digan los obispos, los católicos sólo son superados por los judíos en cuanto a su apoyo al matrimonio gay. Biden habla a nombre de muchos de ellos.
Todas éstas son razones para mostrarnos escépticos acerca de los motivos de Obama, de todo el tiempo que le tomó, de si esto es oportunismo puro y tardío. Pero si nos alejamos un poco y evaluamos el historial de Obama sobre los derechos de los homosexuales, veremos, de hecho, que esto no fue una aberración. Se trataba de una inevitable culminación de tres años de trabajo. Lo hizo de la manera en que siempre lo hace: liderar desde atrás y jugar a largo plazo. Aprendió de Clinton que abordar este problema desde el principio sería contraproducente, especialmente en una época de recesión. Así que esperó su momento. Su primer paso fue deshacerse de la prohibición de viajar para personas con VIH, ya firmada por Bush, pero aún no implementada. Una vez más, el proceso se prolongó durante meses, pero la Casa Blanca insistió en que era mejor tenerlo todo en perfecto orden jurídico para que el cambio no pudiera ser impugnado. Al final, logró su objetivo.
Luego sufrió un acoso por parte de activistas y escritores gays (incluido quien esto escribe) sobre su lentitud con respecto a los gays en el Ejército. Pero nos equivocamos. Calculó brillantemente no imponerlo de inmediato, como hizo Clinton, y no ser la principal persona en abogar por el cambio. El almirante Michael Mullen lo haría, con el apoyo del secretario de Defensa, el republicano Bob Gates. Al incorporar lentamente al alto mando militar y a Gates, fue más hábil que los republicanos. Aun así, casi se le acabó el tiempo, pero logró recuperarlo después de las elecciones primarias de 2010. Mantuvo en suspenso a todos los gays. Pero cuando un soldado abiertamente gay hizo una pregunta en un debate republicano, una foto de una pareja de lesbianas besándose en un regreso a
casa de la Marina fue reproducida en todo el país, y un veterano de la Marina le pidió matrimonio a su novio, un infante de Marina, en lo que fue la primera propuesta matrimonial entre dos hombres homosexuales en una base militar estadounidense, la envergadura del cambio cultural fue sorprendente.
Asimismo, con respecto al matrimonio, Obama y el fiscal general Eric Holder ya habían tomado la importante decisión de que la Ley de Defensa del Matrimonio era inconstitucional,
de que la discriminación contra los homosexuales exigía un mayor escrutinio legal, y que, por lo tanto, la Administración ya no defendería dicha ley en los tribunales, como lo había hecho en sus primeros dos años. En otras palabras, en febrero de 2011 Obama y Holder pusieron todo el importante peso del Departamento de Justicia detrás de la lógica constitucional de la igualdad matrimonial. Inmediatamente, los abogados del caso de la Proposición 8 en California afirmaron que este fue un avance "importante" o legalmente significativo. Y, en efecto, lo fue. Y, por supuesto, si la discriminación contra los homosexuales en el matrimonio viola la cláusula de igualdad de protección, como afirma el Departamento de Justicia, entonces, la Ley de Defensa del Matrimonio está condenada al fracaso. Y al tomar esa decisión, Obama hizo mucho más para impulsar la igualdad matrimonial de manera sustantiva de lo que no hizo en su reciente entrevista. La cereza del pastel fue cuando la secretaria de Estado, Hillary Clinton, pronunció un discurso donde afirmó por primera vez que, para Estados Unidos, los derechos de los homosexuales eran una parte integral de los derechos humanos en todo el mundo, y que Estados Unidos llevaría a cabo sus actividades diplomáticas de acuerdo con este principio.
Desde cualquier punto de vista, este es un ritmo sorprendente para el cambio en un período presidencial. En cuatro años, Obama pasó de ser JFK, con respecto a los derechos civiles, a ser LBJ: de dar discursos edificantes a actuar para hacer que las palabras inspiradoras se convirtieran en realidad. Y lo hizo al cooptar las fuerzas de la resistencia, como la cúpula militar. Nos engañó a la mayoría de nosotros la mayor parte del tiempo, con nuestros arrebatos a menudo destemplados; en un momento dado, afirmé en CNN que el presidente había traicionado a la comunidad gay con respecto a la prohibición militar. Gritamos acerca de la "feroz urgencia del cuándo". Nuestra ira se acrecentó. Y a veces me pregunto si nos incitó a "obligarlo a hacerlo". Si lo hizo, funcionó.
Y, sin embargo, hay algo sobre este tema con Obama que va más allá, en mi opinión, que la fría y calculadora política y un compromiso con los derechos civiles. La experiencia básica gay a lo largo de la historia ha sido el desplazamiento, un sentimiento de pertenencia y, sin embargo, de no pertenecer. Los gays nacen sobre todo en familias heterosexuales y, mientras crecen, descubren que, por alguna razón, nunca serán capaces de tener un matrimonio como el de sus padres o sus hermanos. Ellos lo saben antes de poder decírselo a alguien, ni siquiera sus padres. Este sentido de sutil alienación —la de amar a su propia familia mientras se siente excluido de ella— es algo que aprenden todos los niños homosexuales. Ellos sienten algo incipiente, una separación de sus compañeros, un sutil alejamiento de sus familias, las primeras punzadas agudas de la vergüenza. Y luego, en algún momento, se enteran de lo que todo eso significa. En el pasado, a menudo se retiraban y aislaban, guardando un secreto que no podían compartir ni siquiera con sus padres, viviendo como forasteros en su propio hogar.
Y ésta es también la historia de la vida de Obama, aunque de forma distinta. Él fue un chico negro criado por sus abuelos blancos y una madre soltera blanca en Hawai e Indonesia, donde el color de su piel no marcaba realmente ninguna diferencia. Descubrió su otredad al leer un viejo ejemplar de la revista Life, donde vio un reportaje sobre los afroestadounidenses que se habían sometido a un tratamiento irreversible de blanqueo para darles un aspecto blanco, pues creían que ser blanco era la única manera de ser feliz. Él escribió:
Sentí que mi cara y mi cuello me ardían. Sentí un nudo en el estómago, las letras comenzaron a desdibujarse en la página... Tenía una necesidad desesperada de saltar de mi asiento, de mostrar [a otras personas] lo que había aprendido, de exigir una explicación o una certeza. Pero algo me detuvo. Como en un sueño, no tenía voz para mi miedo recién descubierto. Cuando mi madre vino para llevarme a casa, mi cara tenía una sonrisa y las revistas estaban de vuelta en su lugar. La habitación, el aire, estaban tranquilos como antes.
Barack Obama tuvo que salir de un armario diferente. Tenía que descubrir su identidad negra y luego reconciliarse con su familia blanca, al igual que los homosexuales descubren su identidad homosexual y luego tiene que reconciliarse con su familia heterosexual. En Estados Unidos, donde él creció, no había espacio para un muchacho como él: negro, pero envuelto por una blancura de amor, alejado de un padre al que anhelaba (otra experiencia gay común), dudando entre ser un Barry y un Barack, necesitando una identidad racial estadounidense conforme crecía, pero también enfureciéndose contra ella y asumiéndola en exceso en ocasiones.
Ésta es la experiencia gay: el descubrimiento en la edad adulta de una comunidad que no es como su propio hogar y la lucha de pertenecer a ambos lugares, sin desplazamiento, sin alienación. Hoy es más fácil que nunca. Pero nunca está realmente libre de cicatrices emocionales. Obama aprendió a ser negro en la forma en que los gays aprenden a ser gays. Y en el matrimonio Obama, con una mujer negra, profesional, decidida y carismática, creó un tipo de familia que nunca antes había tenido, sin tener que abandonar a su familia real. Él hizo el trabajo duro de la integración y logró crear un espacio en Estados Unidos para las personas que no tenían el espacio para ser ellas mismas. Y luego, como presidente, nos representó constitucionalmente a todos.
Siempre sentí que él entiende intuitivamente a los gays y nuestra situación porque refleja la suya propia. Y que sabe cómo el amor y el sacrificio del matrimonio puede sanar, integrar y reconstruir un alma. Después de todo, el objetivo del movimiento por los derechos homosexuales no es ayudar a las personas a ser gays. Es crear un espacio para que las personas sean ellas mismas. Este ha sido el trabajo de la vida de Obama. Y él acaba de ampliar el espacio en este mundo para muchos otros, atrapados en diferentes jaulas de identidad, anhelando ser liberados y devueltos a las familias que aman y recuperar la dignidad que merecen.
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