El periodista y escritor José Supera
Por Flavio Mogetta
@flaviomog
La televisión se ha transformado en un gran espectáculo. Los distintos canales apuestan a la frivolidad y a reproducir noticias que no requieren tanta producción sino que bucean en las miserias humanas. El golpe de efecto. Un estallido para salir de perdedor. El chimento atómico. La misma lógica se proyectó a los medios gráficos. Basta recorrer buena parte de los suplementos de espectáculos de la mayoría de los diarios para descubrir lo poco que se habla de las obras, películas o canciones, y lo mucho que se habla de la vida de quienes hacen arte. Y como parece que la gente consume eso, aparecieron las revistas “especializadas”, y con estas terminó de instaurarse el periodismo de “vereda”, ese que antes ostentaban de manera casi exclusiva las vecinas, que en bata y ruleros barrían hasta sacarle lustre las baldosas de la vereda.
Y con todo eso juega con sabiduría José Supera desde su novela
El chimento atómico, una historia cuyo protagonista podría ser él hace algunos años, “El puntapié inicial lo da mi historia pero no soy yo, o sí soy yo todo el tiempo, y todos los personajes”.
Un joven de 19 años que no tiene demasiado en claro quién es entra a trabajar en una revista de chimentos (tal como lo hizo Supera) y tampoco sabe muy bien “como entró a trabajar ahí”. Cosa que sí tuvo claro quien firma esta novela: “Yo empecé a los 19 años, entré a trabajar a la revista Paparazzi, a escribir ahí, estuve como 8 meses y trataba de diferenciarme. Por ahí le hacía una nota a René Lavand, una nota a Mirta Busnelli, Mex Urtizberea, y de vez en cuando una a Pamela David me embocaban, pero trata de ir a lo distinto”. Claro que todo iba bien hasta que un editor metió mano en una de sus notas “Y una vez, cuando le hago la nota a Mirta Busnelli, fue más o menos en el 2002, mando la nota al editor, la firmo y cuando sale la revista. Yo me acuerdo que ese día me fui antes, no vi la versión final de la nota, y habían puesto cualquier cosa. Me habían puesto quilombos con la hija. El editor le había metido mano porque consideraba que la nota no tenía suficiente picante o la explosión que necesitaba. La cuestión es que la mina me llama llorando o al borde del llanto, no me acuerdo muy bien, re loca y cagándome a puteadas, yo no sabía que decirle. Corto, voy a hablar con el editor y le digo: ‘esta mina quiere una respuesta ya’ y me sacaron del orto. Me quedé muy mal con eso y partir de ahí me alejé y empecé a trabajar en la revista Hombres. Pero como que me quedó una mancha muy grande siempre porque me sentí una basura, yo sabía que no lo había hecho y en el fondo estaba tranquilo pero yo sabía que para la mina yo había roto un código muy groso. Me quedó esa espina clavada y por eso empecé a escribir esta novela porque necesitaba una especie de venganza, una forma de pedirle perdón a esta mujer, por eso se la dedico en la primera página”.
Claro que un lector desprevenido que se tope con una dedicatoria del tenor: "A Mirta Busnelli . Buscando el perdón", puede suponer que se trata de una humorada. Pero lejos está de Supera tal acción. "Podría ser una ironía, porque es una ironía de la vida dedicarle una novela a Mirtha Busnelli, es como muy raro y muchos de los que no lean esta entrevista lo van a leer así, pero no es ninguna ironía. La ironía es la novela en sí. Ese es el por qué. ¿Por qué? Porque me siento y escribo".
–¿Y para qué?
–Para no volverme loco, y para tratar de ser un poquito más feliz., que es la única felicidad que encuentro en la escritura, y para buscarle un sentido a la palabra.
A la hora de hablar del estilo en el que fue escrita
El chimento atómico, el escritor comenta: "Está narrada en segunda persona del singular y no tiene comas. Esto no tiene un por qué, no es que dije ‘voy a sacarle las comas, y voy a hacerme el loco, el raro’", para rápidamente intentar tirar algunos indicios de cómo y por dónde avanza la trama: "Es la historia de un pibe que entra a trabajar en una revista de chimentos, que tiene 19 años. El puntapié inicial lo da mi historia pero no soy yo, o sí soy yo todo el tiempo, y todos los personajes. Pero esta persona no sabe nada de sí, y hay una voz que le está dictando su vida, le está diciendo: ‘vos esto, vos lo otro’, entonces como que le está armando su vida, como que lo va llevando, y esa voz que es como una voz en off durante todo el relato, que lo va guiando por ahí es una voz de una conciencia de él que le dicta lo que tiene que hacer y lo que no. Es raro, pero era eso. Yo quería sentir eso, que alguien le dictaba del más allá lo que tenía que decir. Esa es la forma narrativa, después la historia pasa por otro lado. El pibe entra a laburar en la revista de chimentos, pero la obra no habla de eso. Habla de la palabra, del valor de la palabra y que con la creación de la palabra se puede destruir para volver a construir algo nuevo. Creo que de eso trata un poco y de que somos, y cuál es nuestro pasado, y cuál es la verdad de las cosas, quién dice la verdad y quién no. ¿Quién tiene la verdad, quién tiene la posta acá? ¿Quién tiene ese chimento que va a cambiar las cosas? ¿Nadie? ¿La tienen todos la verdad? Habla un poco de la palabra y de cuál es el sentido de todo este absurdo en el que estamos parados. Porque la vida del chabón es un absurdo, no sabe dónde está e incluso no sabe como entró a trabajar en esa revista, no lo sabe y no lo va a saber".
"El chimento ante todo tiene que tener melodía", dijo alguna vez Luis Ventura y Supera recupera esas palabras para mover el capítulo 2 de su flamante novela, que acaba de llegar tras cruzar la frontera, porque la edición corresponde a Gente común, "una editorial de Bolivia que ya me viene publicando, y ellos como que apuestan a mí, apuestan al único escritor argentino que tienen, y es como que trasciende la frontera. Se la juegan un poco por mí". Si lo que importa es la palabra, el autor demuestra una importante debilidad para jugar con ellas. "Escribimos canciones/ destruimos las canciones", supieron cantar Los Fabulosos Cadillacs, y tal acción trasladada a la escritura es la que pone en práctica el autor de
El chimento atómico, como una suerte de metáfora del poder destructivo que puede tener un chimento mal lanzado. Bastará con preguntarle a Mirta Busnelli.