“Tal vez empecé a hacer el duelo”
Rubén López (47), en la cuadra donde secuestraron a su padre en 1976. Y donde lo vieron por última vez en 2006. Entrevistas /
Rubén, el hijo de Jorge Julio López, confiesa que quedó devastado por las búsquedas infructuosas. Recuerda a su padre y dice: "Él tenía necesidad de contar".
Por Cristian H. Savio
Rubén López dejó de buscar y se puso a hacer. Después de 5 años de asumir el rol de representante de la familia y cargar con la angustia sin explotar, de ir tras cada pista que surgiera y de motorizar búsquedas siempre infructuosas ("La última me devastó", dice) empezó a hacer catarsis a su modo. Desde hace un tiempo, Rubén se volcó al trabajo social en una ONG de Berisso, donde vive, y a través de la cual está a punto de lograr que haya una plazoleta y un paseo público con el nombre de su padre. "Para que se lo recuerde y esto no haya sido en vano", dice el hijo de Jorge Julio López, el albañil que el 18 de septiembre de 2006 desapareció, por segunda vez en su vida [la primera había sido en 1976], y aún sigue ausente. Este Día del Padre, Rubén va a envidiar a su esposa: "Al menos, ella tiene un lugar donde llevarle una flor a su papá".
El testimonio de ese hombre de 77 años fue clave para condenar a perpetua al ex comisario Miguel Etchecolatz por homicidios, torturas y privaciones ilegítimas de la libertad, en la primera ocasión en que la Justicia reconoció que los crímenes de la última dictadura eran de lesa humanidad y habían sido cometidos durante un genocidio.
López fue un testigo clave en ese juicio y aquel lunes a la mañana en que debía concurrir a los alegatos, pareció esfumarse. Al comienzo lo tomaron como un caso normal de averiguación de paradero. "Esas primeras 48 horas que se perdieron no se recuperaron más", lamenta Rubén. Por la desprotección de un testigo clave, se inició una segunda causa, paralela a la que investiga la desaparición, para indagar sobre los responsables de ese descuido. En esa causa –que también está en el Juzgado Federal Nº 1 de La Plata a cargo del juez Maule Blanco- "se tomaron algunas testimoniales de funcionarios que estuvieron en el juicio de Etchecolatz, que dijeron que no estaban al tanto de las medidas de protección de testigos", dice a Newsweek el abogado de la familia López, Alfredo Gascón Cotti.
La burocracia legal también parece haber desbordado a Rubén. Sentado en la pequeña oficina de su taller de carpintería, en el terreno detrás de la casa de Los Hornos donde todavía vive su madre desde 1962, el hijo de Jorge Julio López repasa una vez más las dos desapariciones de su padre. Mira en el monitor de su computadora la foto de su sobrino, el hijo de su hermano Gustavo. Repasa las carpetas con el mouse. "Tengo guardado el DVD de la declaración en el juicio, pero no puedo volver a verlo", dice. "Mi vieja sigue enojada con él, porque si le hubiese hecho caso y no hubiese ido al juicio, hoy estaría con nosotros". A los 85 años, Irene está "desgastada por todo este proceso", dice su hijo. "No sé qué la sostiene".
A Rubén, en cambio, ahora lo sostiene la militancia social. Eso apareció en su vida a los 47 años, la misma edad que tenía su padre cuando comenzó a concurrir a la Unidad Básica Juan Pablo Maestre de Los Hornos. Jorge Julio "no era un militante de jornada completa, como los más jóvenes, sino un trabajador que aportaba a las reuniones, a las pintadas y a algunas otras tareas más riesgosas cuando hacía falta", recuerda su compañero de militancia Jorge Pastor Asuaje. "Para mí aquello era natural", recuerda Rubén, que entonces tenía 11 años. "Mi viejo iba sábado y domingo cuando no estábamos laburando acá haciendo la casa. Enseñaba a jugar al fútbol y nosotros íbamos con él. Había carreras de embolsados, y daba juguetes y chocolate a los chicos. Iba gente muy humilde a la Unidad Básica y ellos hacían trabajo social".
En aquel 1976, ese albañil "robusto y parco, rubio y de ojos claros, con la piel rojiza y una cabeza que le da aspecto de toro", hablaba "siempre muy poco, sin tener quizás ninguna claridad teórica, pero con una gran convicción de cuál era su bando". Lo escribe Pastor en Jorge Julio López. Memoria escrita, el libro de Editorial Marea (2012) en el que el artista Jorge Caterbetti recopila los textos y dibujos con que el albañil testimonió sus años secuestrado. Parte de ese material se lo dio López a su compañero de militancia en 2004 con una nota que decía: "Pastor: te dejo esta carta para ver si algún día podés hacer justicia". Otra parte la encontró la familia del albañil tres días después de la segunda desaparición, ocultos en el doble fondo de una valija de herramientas. Era su forma de decir cosas que no hablaba, admite su hijo Rubén.
¿Su padre no hablaba del tema?
Muy poco. Nos dimos cuenta a lo largo de los años de que fue contando partes de la historia a distintas personas, partes chiquitas. Antes de que fuera a declarar al juicio empezó a hablar más. Pero era un acuerdo tácito: no preguntábamos, no contaba.
¿Se arrepiente usted de eso?
No, porque somos así. Tampoco me reprocho haber ido a escuchar su testimonio, que fue cuando medimos la dimensión de lo que le había pasado y comprendimos su necesidad de contar. Fueron tres horas terribles.
Las últimas imágenes que tiene Rubén de su padre: el sábado 16 de septiembre fueron a un cumpleaños familiar en Los Hornos. "Fue la primera vez que vi a mi viejo bailar: foxtrot y pasodoble con mi señora", recuerda. "Estuvimos hasta las dos de la mañana y los traje a casa". El domingo Rubén debía llevar unos materiales a Martínez y pasó por la carpintería. Jorge Julio salió un rato a ayudarlo, "pero enseguida entró porque en realidad había salido para fumar". Esa noche se fue temprano a la cama a ver el partido de Boca, mientras Irene y Gustavo se quedaron escuchando por radio Gimnasia-Banfield, porque, salvo el padre, los demás son "triperos". A la mañana siguiente, López no estaba en su casa. Ahí empezó el periplo.
En 5 años Rubén tuvo varios llamados que le daban pistas. "Yo recomiendo que si a alguien le pasa esto, no publique sus números telefónicos personales. Cada vez que suena te genera una expectativa enorme y el resultado magro te hace muy mal".
La primera fue una mujer desde General Pico, ciudad lindera con General Villegas, de donde es oriundo Jorge Julio López, que tiene a sus padres enterrados allí. "Esta señora llamó por la recompensa. Todo bien. Dijo que había una persona así y asá que decía que era López y estaba huyendo de La Plata porque lo perseguía la policía. Llevó 5 días encontrarlo porque era indigente. El parecido físico era importante".
Poco después el propio Rubén creyó ver a su padre paseando por la rambla de Mar del Plata. "Me tuve que poner de costado a un metro para darme cuenta de que no era".
Otra mujer llamó para decir que lo había visto en San Miguel del Monte. "Caímos esa noche con todo el despliegue: policía, SIDE. Encontramos a cuatro personas parecidas". Después un parapsicólogo les marcó con un péndulo un sitio en un campo de Brandsen. Otra mujer que decía ser vidente los contactó a él y a su mujer por mensajes de texto y los llevó a sesiones espiritistas. Tres días después los hicieron ir a Gualeguaychú tras otra pista falsa. Y en febrero de 2011, tras la denuncia de un supuesto testigo motorizada por el abogado Alejandro Sánchez Kalbermatten, se realizó un operativo infructuoso de búsqueda y excavación en el Parque Pereyra Iraola. Señala que esa última experiencia lo dejó "devastado". Desde entonces, no recibió más pistas. Ni impulsó más búsquedas. Y se entregó a la militancia social.
¿Eso lo ayuda a empezar a hacer el duelo?
Es probable. Mi vieja no tiene un lugar, si es que está muerto, para llevarle una flor. No lo había pensado, pero puede ser. Es la única manera que tengo de salir adelante.
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