El mito del Padre con mayúscula
Sociedad /
La confusión sobre el rol paterno propicia excesos, fracasos cotidianos y vergüenzas.
Por Graciela Onofrio
¿Qué cosa es un padre? ¿Qué objeto de estudio es la condición de padre en épocas de identidad de género? ¿Qué relación con la familia y con el poder supone asumirse como padre? ¿Habrá, tal vez, requisitos de éxito? Un padre, como se dice en nuestro medio, "como la gente" o "como Dios manda", debe reunir los siguientes requisitos: a) Que le vaya bien en su trabajo; b) Que su pareja le dé autoridad; c) Que sus hijos lo respeten; d) Que su pareja lo admire; e) Que sus hijos lo admiren; f) Que sea confiable. Y si le va bien, es bueno, confiable y no abusa de su poder... recién entonces será un buen padre.
Hay un problema de origen. El niño, el varoncito, no tiene por lo general juegos infantiles que lo aproximen a la noción de cómo ser padre. El chico juega a ser "héroe". Tiene que construir la figura de cómo ser padre en un futuro; toma, por lo tanto, los modelos identificatorios de su propio padre.
Y ser padre o recubrir este rol es, tal vez, cortar la biología inaugural del nacimiento que significó salir del refugio del cuerpo materno. Se necesitan dos gametas para la concepción de materia humana, se entabla una lucha espermicida para que gane el mejor y penetre un gigante óvulo si comparamos las dimensiones relativas. Este modelo fue inspirador del espíritu de penetración del magma varonil. Hoy nos preguntamos si ese modelo ha moldeado algo de lo social. ¿Se necesitan al menos dos personas para humanizar al cachorro humano?
Los amorosos cuidados envolventes propios de las especies mamíferas, representado claramente por el lamido de las crías en muchas de las especies, deben estar garantizados contra el abuso, por un sostén y un corte que prepare para la acción de salida de la cueva o del nido.
El ser humano sostiene, entonces, una tensión entre la comodidad del seno materno y las acciones en la sociedad de cuyo carácter competitivo y agresivo nadie duda. ¿Será varonil el ímpetu de aventura? Si bien abunda entre los hombres, hoy también las madres aspiran a extender sus fronteras.
Freud decía que la madre enuncia una amenaza en nombre del padre: "Vas a ver cuando llegue tu padre a la noche...". Pero no es sorprendente que muchas mujeres cumplan ese rol enfrentando incluso a sus hijos varones adolescentes, tratando de poner coto a un goce sin límites. Se trata de mujeres que ejercen un rol paterno, y no esperan a la noche para que se cumpla la amenaza enunciada. En la obra teatral Peer Gynt, escrita en 1875 por el dramaturgo noruego Henrik Ibsen, una madre pone en tensión dramática el diálogo sobre la realidad de ese joven hijo díscolo y aventurero desde el inicio mismo de la obra: "¡Mientes..., Peer!".
Dos años después, en la obra El padre, del sueco August Strindberg, un padre maduro enloquece porque su mujer pone en duda su auténtica paternidad cuando la hija de ambos está por iniciar estudios superiores, símbolo de la autonomía femenina naciente. La obra de fines del siglo XIX termina, como corresponde a la época, con el padre transportado con chaleco de fuerza por dos enfermeros. Una duda puede enloquecer a un padre, aunque estemos en épocas de avances tecnológicos. Este padre no tenía un fruto en común con la mujer que lo acompañaba como él suponía, supuesto sobre el que había construido toda su vida.
Al reclamo por un rol diferenciado y por una identidad sigue vigente se ha sumado, en la mayoría de los casos, un reclamo por la participación que se había creído perdida en épocas en las que los hombres iban sólo a la guerra.
Pienso que el rol paterno no debiera confundirse con el enunciado acerca de la necesidad de un "Padre" con mayúscula. De su confusión derivan los excesos identificados como autoritarismo o violencia y los fracasos cotidianos que, para algunos hombres y mujeres, son vividos con un sentimiento vergonzoso.
Si la figura del padre, su rol, su enunciado, su función simbólica en el lenguaje y en lo social, fue tan importante, ha sido por el justo reclamo de un lugar simbólico en la cultura que impida la apropiación del infante: esa tentadora apropiación que podemos llegar a ejercer las mujeres, aquellas que ponemos el vientre para que la humanidad perviva. Entonces, los padres tendrán como misión alertarnos a las mujeres para romper la biología inaugural, aunque participarán con ellas de los éxitos y fracasos cotidianos de la crianza.
El ejercicio contemporáneo de la paternidad tiene modos paradójicos pero fértiles. Ken, en definitiva, debería dejar de ser un héroe para pasar a ser el compañero de una Barbie un poco más cansada y un poco menos artificial. La referencia no es casual. Hoy las mujeres que no quieren envejecer tienen tantos recurso quirúrgicos a mano que se muestran ridículas en sus furiosos intentos (que, por supuesto, nunca las llevan a la altura de las circunstancias). Y los hombres que quieren perdurar como héroes suelen sentir el fracaso del cual se reponen, a menudo, con conductas arbitrariamente autoritarias, ausentes y distantes, cuando no son afectados en su propio cuerpo que declina.
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