Larga en el cielo
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Este 20 de junio, las costureras darán la puntada final al proyecto "Alta en el cielo", que arrancó en Rosario en 1999 y que logró confeccionar una bandera de más de 20 km de extensión. "Es un paño que nos cubre, nos iguala y nos identifica".
Por Mariana Merlo
Puede que entre al libro Guinness por ser la bandera más larga del mundo. Quizás bata más de un récord, pero sobre todo quedará grabado en muchos corazones por ser el proyecto que más unió a buena parte de los rosarinos y a muchos argentinos.
"Alta en el Cielo" nació en 1999 con una inocente idea de Julio Vacaflor desde su programa de radio "La mamadera". Soñó con un proyecto que juntara a toda una ciudad persiguiendo una misma voluntad y casi sin darse cuenta comenzó uno que fusionó a todo un país. Llevando retazos más grandes o más chicos, la gente se fue acercando para formar parte de algo que los hiciera sentir más cerca en esos momentos de mayor desunión del país.
Valeria Rodríguez tenía 24 años en el 2000 y estaba terminando la carrera de Ciencias de la Educación. Se le cruzaba por la cabeza la idea de irse del país. "Veía que no había futuro", dice. Los valores que ella soñaba como ideales estaban destruidos o, como mínimo, en pausa. Las preocupaciones sociales y económicas tapaban cualquier añoranza, y el vecino de al lado estaba exactamente igual. Pero en Rosario algo se estaba gestando, un proyecto que traía algo de esperanza, una gota de agua en medio del desierto. "Me acuerdo que me enteré de la convocatoria de ‘Alta en el Cielo’ y quise sumarme en seguida, pero al primer día ya no se conseguía tafeta celeste en toda la ciudad, así que fui después. Llegué y vi a las damas rosarinas con la máquina de coser y pensé: ‘el país se está cayendo a pedazos y estas mujeres nos están uniendo’". La voz de Valeria se quiebra. A todas se les quiebra. Las damas rosarinas están transitando el síndrome del nido vacío porque este 20 de junio se le da la última puntada simbólica a la bandera que unió al país entero. Una Valeria que hoy ya tiene 34 años, analiza: "Estaba empezando a pasar todo lo que yo soñaba como un ideal; que la gente se una, sea solidaria, que puedan hacer algo pese a las diferencias. Era real. Vos te imaginas la unión de la gente para salvar vidas o en una catástrofe, pero desde la alegría es muy raro de ver".
Pero el proceso de transformación ya estaba en marcha y sería imparable. La cronología fue muy clara. Lo que comenzó en el ’99 como una actividad local, se extendió al 2000 como algo más regional. Y en 2001, además del estallido social del corralito y el "que se vayan todos", se dio el de "Alta en el Cielo". Fue en el desfile del 20 de junio de 2002 que los rosarinos caminaron agarrados a la bandera con lágrimas en los ojos compartiendo sensaciones encontradas como el dolor y el amor por la patria; y desde ese año la participación de la gente a nivel nacional, y hasta internacional, creció exponencialmente.
Pedacitos de historia. Con apenas 6 máquinas de coser cada 20 de junio las damas rosarinas se reúnen en el Monumento a la Bandera para unir todos los tramos que les enviaron desde el 21 de junio del año anterior. Tres de esas máquinas las usan ellas para no perder el ritmo, pero en las otras tres dejan que quienes se acerquen puedan coser y sentirse más parte aún. Durante el resto del año, son las damas rosarinas las que le hacen el mantenimiento a la bandera que, en cada desfile, sufre un poco, y que hasta fue víctima de una gran lluvia que les significó horas de secado para que no se arruinen unos 2.500 metros.
No tienen manera de saber cuántos metros sumarán, porque no tienen forma de controlar las costuras del país. Pueden recibir banderas ya hechas de 1 metro de largo, o de 50 o de 300. El único requisito es que debe tener 4,5 de ancho. "Los días de costura son maravillosos. He visto coser extranjeros y hasta a los nenes de los jardines maternales a upa nuestra manejando nosotras los pedales. Y yo les digo: ‘están cosiendo un pedazo de historia’". La que habla es Patricia Amarilla, a quien también se le quiebra la voz como al resto al recordar el nacimiento del proyecto: "Esto nace cuando el país estaba desmembrado, vos sabés que en esa época esto venía mal. La idea era juntar a la gente por algo y la bandera es de todos. ¿Sabés lo que es ver a un nene de jardín jugar debajo de la bandera o tirarse arriba de ella? Para mí es incentivarles nuestros colores de patria. No todos tuvimos la oportunidad de ser abanderados en la escuela. Julio (Vacaflor) logró eso, que nos convirtiéramos en abanderados de la patria".
La bandera crece. Las escuelas y los centros de jubilados fueron los primeros en hacerse eco de la consigna. Desde las aulas y el tiempo libre empezaron a ocuparse cada uno de sus banderas, y fueron haciendo extensivo el plan a sus familiares y vecinos. Hicieron peñas, kermeses y rifas para juntar dinero para la tela que necesitaban. "Nosotros partimos haciendo una banderita en el jardín. Los chicos juntaban unas moneditas y nos íbamos a la fábrica de telas. Como después nos daban algunas de regalo, con ese dinero yo le compraba útiles a los chicos", explica Julia Villafañe, docente comunitaria que trabaja en La Carcova. "En 2001 llamé preguntando si nos podíamos unir, porque me parecía que esa bandera que se estaba haciendo, era de todos. Queríamos tener ese derecho a los valores que transmite. Por más que fuéramos de una villa, queríamos ser parte de eso". Se sumaron y fueron contagiando a más gente de la zona y de otras escuelas; tanto contagiaron que un pedazo de la bandera que hicieron se la dieron a un excombatiente de Malvinas que viajó hace dos años y la hizo flamear en el cementerio de Darwin, y el pasado jueves llegó a Base Marambio. Saliéndose un poco del plan original de aportar a aquella gran bandera rosarina, Julia y su gente se tomaron el atrevimiento de hacerles el regalo a los habitantes de la Antártida para hacerlos sentirse parte. "Su bandera", como la llama, tiene un pedacito de Olavarría, otro de Henderson, de Machagai, y de tantos otros lugares que aportaron lo suyo. "Para los cartoneros que viven acá, esto fue un símbolo de unidad. Mucha gente me pregunta para qué hacemos esto, como cuestionándolo, y lo que no entienden es que no es un pedazo de tela, no pueden ver más allá. Es estar insertados en la sociedad", sentencia Villafañe.
"La idea es que la gente se junte, se una, que pueda descubrir que así como se une por la bandera puede por cualquier cosa que necesite su comunidad. Si nos podemos unir para coser 10 metros de bandera, lo podemos hacer para coser sábanas para un hospital", reflexiona Valeria Rodríguez. En los 10 años que lleva formando parte de "Alta en el Cielo" se cruzó con mil historias, desde la de una mujer que llegó a ver la bandera y una vez que se acercó, la tocó y confesó que era ciega; hasta la de una familia que vive en Italia que les mandó una bandera que habían hecho con otros argentinos que viven allá. Historias de conflicto de aduanas: muchísimas. Un argentino en Canadá quiso mandar la suya y pensaron que era un traficante de telas por la cantidad de metros que quería sacar del país. Tardó 3 años en encontrarle la vuelta, pero la trajo.
Marcela Betelu es otra de las que, desde Buenos Aires, aportó lo suyo. También relacionada al ámbito de la educación como ex supervisora de jardines de infantes del gobierno de la Ciudad en la zona de Pompeya, Soldati y Bajo Flores. "Frente a la bandera no hay diferencias ideológicas, es un paño que nos cubre, que nos iguala y nos identifica. Lo más importante de este proyecto es lo que le pasa a cada uno en el transcurso. Genera un nivel de compromiso natural y eso es lo más significativo. La tela une a la gente y la gente une a la tela".
La bandera es, en realidad, varias banderas por ahora. Está guardada en lo que era el Batallón Militar 121 de Rosario, y está en unas 500 bolsas que contienen unos 200 metros de bandera cada una, más unos 9 rollos de 2.500 metros cada uno. Las mismas costureras aseguran que la puntada final del próximo 20 será simbólica ya que una vez que unan todos los tramos, será imposible movilizarla. Aspiran a poder instalarla en el futuro Museo Alta en el Cielo, que está en proceso de creación. "Esto hermoso que hicimos durante tantos años, no va a morir, es eterno –sentencia Julia Villafañe-. No será bandera, será otra cosa, pero yo sé que esto no muere acá". Patricia Amarilla refuerza su idea: "Pocas cosas generan patriotismo, aunque a veces salgamos todos con la banderita cuando juega la Selección. Esta bandera crea la conciencia de que unidos podemos hacer algo grande, y eso no se termina este 20 de junio. Nosotros estamos haciendo la bandera unida más grande del mundo".
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