El declive de Europa

22.06.2012 | 17.34 Comentar   |   FacebookTwitter
Mundo /  Si no hubiera existido la unión monetaria, el continente quizás estaría mucho mejor. Pero salir del euro hoy puede resultar traumático incluso para las economías más fuertes de la región.
Por Niall Ferguson

¿Europa podría costar la presidencia a Barack Obama? A primera vista, parece una pregunta disparatada. ¿No se supone que la elección de EE. UU. en noviembre habrá de decidirse en estados claves como Florida y Ohio, y no en otros países, como Grecia y España? ¿Acaso los europeos izquierdistas no aman a Obama y odian a los republicanos?

Claro que sí. Pero ahora hay una posibilidad muy real de que una recesión en Europa acabe con las esperanzas de una recuperación sostenida en Estados Unidos. Obama entiende bien el problema. Un crecimiento más lento y un mayor desempleo pueden afectar sus posibilidades en una contienda ya muy reñida con Mitt Romney.

La mayor parte de los estadounidenses está desconcertada por Europa. Pero para entender la situación, voy a tratar de explicarla con una analogía. Imaginemos que Estados Unidos nunca hubiese ratificado la Constitución y todavía operase con los artículos de la Confederación de 1781. Que hubiera un diminuto gobierno federal casi sin ingresos. Que sólo los estados pudieran cobrar impuestos y pedir prestado. Que Nevada tuviese una deuda superior al 150 por ciento del PBI del estado. Que empezara un pánico bancario enorme en California. Y que la desocupación en estos estados estuviese por encima del 20 por ciento, con un desempleo juvenil dos veces más alto. Imaginemos disturbios en Las Vegas y una huelga general en Los Ángeles.

Ahora imaginemos que la única manera de lidiar con estos problemas fuera que Nevada y California mendigaran a Virginia o Texas, donde el desempleo hoy es la mitad del de Nevada. A los gobernadores de los 50 estados negociando sobre los términos y condiciones del rescate. Y al Fondo Monetario Internacional llegando a Sacramento para negociar un programa de austeridad.

Así es más o menos como está Europa hoy día. Mientras que Estados Unidos, con su sistema federal, compartió la carga de la crisis financiera entre los estados de la Unión, Europa casi no tiene ninguna de las instituciones que lo permitirían.

Los ingresos de las instituciones centrales europeas son insignificantemente pequeños: menos de un 1 por ciento del PBI de la UE. No hay un Ministerio Central de Hacienda europeo. Ni deuda federal europea. Lo único que tienen los europeos es un Banco Central (BCE). Y hoy están descubriendo lo que algunos de nosotros señalamos hace más de 13 años, al acuñarse la moneda europea única: eso no basta.

La unidad monetaria sin ninguna de las otras instituciones de un Estado federal está demostrando ser una combinación desastrosa. La paradoja es que la unión monetaria está provocando que Europa se desintegre. Según el FMI, el PBI este año se contraerá en 4,7 por ciento en Grecia, 3,3 por ciento en Portugal, 1,9 por ciento en Italia y 1,8 por ciento en España. El índice de desempleo en España es de 24 por ciento; en Grecia, de 22 por ciento; en Portugal, de 14 por ciento. La deuda pública excede el 100 por ciento del PBI en Grecia, Irlanda, Italia y Portugal. Las tasas de interés a largo plazo de estos países son cuatro o más veces superiores que las de Alemania.

Tal vez el síntoma más espeluznante de la crisis en la llamada "periferia" sea el desempleo juvenil. En Grecia y España más de la mitad de los jóvenes están sin trabajo. Sin embargo, en el "núcleo" europeo del norte de la Eurozona, la imagen es diferente. El desempleo en Alemania es del 5,4 por ciento. En Holanda y Austria, todavía menor. Esas economías crecen. Sus Gobiernos no tienen problemas para pedir prestado. De hecho, hay dos Europas: un núcleo teutónico y una periferia latina.

En privado, altos políticos y empresarios admiten ahora que Europa estaría mucho mejor si la unión monetaria nunca hubiera existido. Si no hubiera habido un euro, no hubiera habido una bonanza de préstamos en la periferia ni burbuja inmobiliaria en España. Y si todavía tuvieran dracmas, liras, pesetas y escudos, las economías europeas más débiles podrían devaluarse para salir de la recesión, como solían hacer, en vez de reducir los salarios, recortar el gasto y aumentar los impuestos.

El problema es que los costos de la separación monetaria posiblemente serían mayores que los de una transición a un federalismo al estilo estadounidense. El 17 de junio, aunque el triunfo del conservador Nea Dimokratia trajo tranquilidad a Europa, muchos griegos dieron su voto por partidos que rechazan las condiciones de austeridad impuestas a su país bajo los términos de dos rescates. Cierto: la mayoría de los griegos dice que no quiere dejar la Eurozona. Pero es difícil ver cómo un Gobierno griego podría abandonar la austeridad sin verse forzado a volver al dracma.

La señal más reveladora de contagio es la crisis del sistema bancario español a medida que los ahorristas retiran su dinero. Después de todo, si los griegos regresan al dracma, deberían convertir todas las cuentas bancarias griegas a la vieja moneda. Y si eso podría suceder en Grecia, ¿por qué no también en España?

La unión monetaria de Europa entró en un círculo vicioso. Las recesiones en la Europa periférica reducen los ingresos por impuestos y aumentan el gasto social. A pesar de los programas de austeridad impuestos por Alemania, los déficits siguen excediendo a los objetivos. Pero estos Gobiernos ya no pueden pedir prestado a tasas costeables. Mientras tanto, sus bancos sufren hemorragias de depósitos. No hay nada que pueda hacer el BCE para impedir que los españoles aterrorizados pongan sus ahorros en bancos alemanes por miedo a que las cuentas españolas se conviertan de nuevo a pesetas.

Éste es un proceso potencialmente explosivo. Los bancos centrales periféricos deben al Bundesbank alemán € 650.000 millones. Y la cifra aumenta cada semana.

Lo que hace tan aterrador todo esto es que recuerda los eventos de 1931. A menudo se olvida que la Gran Depresión, como un partido de fútbol, fue un juego de dos mitades. Si la primera mitad la dominó el crac de la bolsa de EE. UU., la segunda comenzó con una crisis bancaria europea en mayo de 1931, cuando el banco más grande de Austria, el Creditanstalt, reveló su insolvencia. El golpe letal fue el colapso dos meses después del Danat Bank, uno de los más grandes de Alemania.

Nadie espera que la ascensión del nazismo se repita. La población de Europa ahora es más vieja y mucho menos militarista. No obstante, hay señales inquietantes de un contragolpe populista en muchos países, y no sólo en la Europa latina. En Holanda y Finlandia, los partidos de derecha ganaron votos al denunciar tanto a Europa como a la inmigración. La extrema derecha francesa logró cuatro diputados en las parlamentarias del domingo 17; y los neonazis griegos de Amanecer Dorado mejoraron su desempeño de las últimas elecciones del 6 de mayo, mientras la extrema izquierda obtenía uno de cada cuatro votos. Y políticos y movimientos independientes surgen en los lugares más improbables: el comediante Beppe Grillo en Italia, el Partido Pirata en Alemania.

El populismo hoy no llevará a la guerra, pero dificulta progresivamente la tarea de gobernar a Europa cada vez que hay una elección. En Europa no hay dirigentes reelectos. En tiempos de austeridad, el líder en funciones siempre pierde.

Entonces, después de más de dos años de dilaciones, Europa llegó al momento de la verdad. Es binario. O la canciller alemana, Angela Merkel, se inclina a la lógica de su predecesor, Helmut Kohl, quien siempre vio la unión monetaria como una ruta al federalismo; o se acaba, y el proceso de la desintegración europea se va de control.

Para los alemanes es un dilema angustioso. La ruta federal significa decir a los votantes alemanes de que van a tener que ofrecer grandes sumas de dinero a los europeos del sur en el futuro inmediato, tal vez tanto como un 8 por ciento del PBI: mucho más de lo que costó la reunificación financiera alemana en los ‘90. Pero la ruptura también podría costar a los alemanes cientos de miles de millones, porque las ondas expansivas financieras serían inmensas. De hecho, un 42 por ciento de las exportaciones alemanas va al resto de la Eurozona, ocho veces la cantidad que va a China.

Entonces, ¿qué hacer? Si viviera, Alexander Hamilton aconsejaría crear un sistema federal más parecido a la Constitución de EE. UU. (que ayudó a redactar en el siglo XVIII). Ello significaría tres cosas: una unión bancaria europea completada con seguros a los depósitos de nivel europeo, la recapitalización de los bancos en problemas con fondos del nuevo Mecanismo de Estabilidad Europea, y algún tipo de plan para convertir parte de las deudas nacionales en eurobonos apoyados por la fe y el crédito completos de la UE.

Hasta ahora, los alemanes estuvieron dispuestos a contemplar la primera opción, pero se resisten con fuerza a la segunda y la tercera. Para justificar el riesgo de garantizar los depósitos bancarios españoles, los alemanes quieren todavía más control central sobre las políticas fiscales de los Estados miembros del que se les dio bajo el acuerdo fiscal del año pasado. El problema es que esos arreglos les parecen "cuasi-coloniales" a italianos y españoles.

Los reparos de Alemania respecto a rescatar a la Europa latina son entendibles. ¿Por qué los sureños deberían encarar reformas si los alemanes siguen soltándoles plata? Pero Europa está al borde de la desintegración, y los eurobonos deberían ser una parte esencial de cualquier solución. A veces lo mejor es enemigo de lo bueno. Las reformas estructurales en la
Europa latina son más que deseables, pero llevaría años implementarlas. Y Europa no tiene años que perder: tal vez sólo días.

Mi opinión es que esta política arriesgada finalmente terminará con la solución hamiltoniana: federalismo fiscal y, finalmente, un Estados Unidos de la Eurozona. Pero hay todo tipo de peligros en el camino. Y el mundo espera —y se prepara— para un "momento Lehman Brothers" europeo.

Incluso en el mejor de los escenarios, esta crisis ya produjo un enorme impacto económico en la Europa latina. Las consecuencias son detectables en el resto del mundo en los mercados bursátiles que no repuntan, los índices de gestores de compras y las cifras de creación de empleos. La agonía de Europa amenaza con infligir una recesión en Estados Unidos, así como desacelerar el crecimiento en los grandes mercados emergentes, como China. Recuerde que las exportaciones a la UE suman un 22 por ciento de las exportaciones totales de EE UU. Para algunas grandes compañías estadounidenses, como McDonald’s, Europa suma tanto como un 40 por ciento de sus ventas totales.

Las cifras de empleo más recientes en EE. UU. fueron pésimas: los empleadores añadieron sólo 69.000 puestos en mayo, y el índice de desempleo en realidad aumentó. La actividad industrial y la confianza del consumidor también bajaron. Esto se debe en parte a la preocupación creciente por el precipicio fiscal que enfrentará el país al final del año. Pero es sobre todo consecuencia de la "espiral crónica" de Europa.

La ley de las consecuencias no planeadas es la única ley real de la historia. Si la desintegración de Europa acaba con las esperanzas reelectorales de un presidente del que los europeos se enamoraron hace cuatro años, será una de las ironías supremas de nuestra época.
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