Argentina de punta a punta

24.06.2012 | 20.06 Comentar   |   FacebookTwitter
Sociedad /  La Ruta 40 desanda más de cinco mil kilómetros y atraviesa once provincias. 7 Días la transitó desde Santa Cruz a La Quiaca. Desde hoy, un recorrido por entregas para conocer sus paisajes, poblados de historias bellas.
Texto y fotos: Carlos W. Albertoni

Inevitables, en la ruta 40 acosan las memorias. A lo largo de los kilómetros se amontonan sin remedio unas tras otras; tantas que el empeño por recordarlas a todas está siempre condenado al fracaso. Por eso, aceptando lo imposible, uno debe sentirse feliz de rescatar sólo algunas, la hacienda numerosa de una estancia patagónica, el primer sol arrebatando de rojo las altas cumbres de la cordillera andina, el rostro repleto de surcos de un mapuche casi centenario, una estepa desmedida sin árboles ni alambrados, las uvas de una tórrida tarde de vendimia mendocina, las últimas estrellas del alba de un desierto sanjuanino, los ojos de un viejo de montaña ya ciegos de tanto mirar la nieve, la lenta marcha de un tren que va trepando a las nubes, el faro solitario del confín del sur y la frontera mísera del confín del norte. Un camino repleto de nostalgias orilladas al asfalto y el ripio.

Recorrer la ruta 40 es una imperecedera aventura. De extremo a extremo, desanda algo más de 5.000 kilómetros de territorio argentino, atraviesa 11 provincias, 18 grandes ríos y 14 parques nacionales, convirtiéndose no sólo en la carretera más larga del país sino, muy especialmente, en la más legendaria. Nace en el cabo Vírgenes, una pequeña península patagónica que se adentra en las aguas del estrecho de Magallanes marcando la última frontera continental de la Argentina, y desde allí va trepando la geografía hasta la ciudad jujeña de La Quiaca, en el límite mismo con Bolivia, tras correr a lo largo de casi todo su trazado en forma paralela a la cordillera andina, bordeándola de sur a norte.

El origen de esta ruta data de 1935, cuando la Dirección de Vialidad Nacional diseñó el primer esquema de numeración de carreteras nacionales e incluyó a la 40 entre aquéllas. Por ese entonces el trazado era diferente del actual y a lo largo del tiempo recibió sucesivas modificaciones hasta que en noviembre de 2004 se fijó el recorrido definitivo desde cabo Vírgenes hasta La Quiaca y se adecuaron los mojones kilométricos al nuevo trayecto fijando el inicio del mismo en su extremo austral. Desde ese momento, a nivel gubernamental se tomó la decisión de impulsar el desarrollo de la ruta 40 como atractivo turístico, aprovechando la riqueza paisajística y cultural de las numerosas regiones que atraviesa. Y entonces, se multiplicaron las promociones para llegar a través de ella hasta los glaciares y los bosques patagónicos, para visitar las bodegas y los yacimientos paleontológicos cuyanos, para conocer también la inconcebible postal blanca de las Salinas Grandes en el corazón puneño. A veces sobre asfalto, a veces sobre ripio e incluso sobre tierra apisonada, la 40 es un camino de maravillas en donde se suceden las imágenes, como recuerdos, como añoranzas, como esas historias enfatizadas por la emoción que terminan convirtiéndose en futuras nostalgias. Fantásticas memorias sin remedio.
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