La magia negra de Woody Allen
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El legendario cineasta regresa a sus viejas obsesiones: la avaricia sexual y el control megalomaníaco.
Por Sam Tanenhaus
Es el primer lunes de junio, 10 días antes de que la nueva película de Woody Allen, A Roma con amor, inaugure el Festival de Cine de Los Ángeles. El cineasta, vestido de marrón como siempre, está sentado en la sala de proyecciones de su oficina en la planta baja de un edificio de Park Avenue.
Allen solía limitar la publicidad de sus películas, incluso prohibiendo citas en los anuncios de periódicos, los cuales más bien eran tan austeros como sus clásicos títulos en blanco y negro ("Escrita y Dirigida por Woody Allen"). Pero los tiempos han cambiado para Woody y para los cinéfilos, y ahora él admite la necesidad de darle un empujón a su producto. Por eso voló a Roma para el estreno mundial en abril, y ahora se queda pacientemente quieto bajo la luz con sombrilla, haciendo bromas al fotógrafo, Platon, quien se confiesa inusualmente nervioso. "He aprendido tanto de la vida contigo", dice él. Allen responde: "He aprendido a no creerle a cualquiera que diga eso".
Todos se ríen, aun cuando no está bien claro si bromea. La fabulosa carrera de Allen ha tenido picos estimulantes pero también bajones abismales, y a menudo a los elogios les han seguido los ataques. En uno de esos puntos bajos, en 2002, cuando se hallaba trabado en una demanda legal con su otrora productora, Jean Doumanian, el New York Times, que en días mejores había proclamado constantemente el genio de Allen, contó un "total de ocho personas" en los asientos del único cine en Times Square que proyectaba su último fracaso (La mirada de los otros) y especuló que "su prolongado momento como icono cultural tal vez haya terminado".
Desde entonces Woody ha contraatacado con una serie de éxitos rotundos filmados en el extranjero. Medianoche en París, estrenada el año pasado, le dio su tercer Oscar por mejor guión original, junto con una nominación (su séptima) a mejor director. Además, generó más de US$ 110 millones en taquillas.
La sesión terminó, pasamos a la sala de edición de Allen y nos sentamos en sillas en medio de cajas de cartón sin abrir y superficies atestadas de cosas, un espacio que se asemeja al garaje de un habitante poco hábil de los suburbios más que al taller de un cineasta laureado. "Ésta siempre ha sido una pequeña cueva de ratas", dice él. "He estado aquí 30 años o más, y me es suficiente. Aquí editamos".
A sus 76 años ha envejecido con gracia nefasta: el desordenado cabello pelirrojo ahora tiene el tono del interior de los sobres acolchados, ha adelgazado apenas; el rostro sigue siendo una máscara móvil de perplejidad divertida; el físico nervudo, gracias al ejercicio diario, todavía exuda el vigor del atleta que fue alguna vez: un boxeador lo bastante diestro, en su adolescencia, que llegó a entrenarse para la competencia de los Guantes de Oro. Su única debilidad obvia, lo cual no es gracioso para un maestro de idiomas hablados, es la audición deficiente; su teléfono, a un volumen ensordecedor, timbró seis veces antes de que él preguntara, con perplejidad, "¿Qué es eso?" Sin inmutarse, sigue tranquilo.
Tener a Allen en persona no se parece al revoltijo timorato de fobias e inseguridades que ha personificado, en el escenario y en la pantalla, por medio siglo, remontándose a los días en que hacía rutinas cómicas en los clubes de Greenwich Village, como The Bitter End. De hecho, él tiene cierta reputación de ser casi aterradoramente seguro de sí mismo y destituirá sin miramientos a estrellas establecidas (las víctimas incluyen a Michael Keaton, Sam Shepard y Christopher Walken) si no cumplen con sus estándares exigentes en el plató. Pero la monomanía lo ha convertido en la presencia cómica más grande de su era, el verdadero heredero de Charlie Chaplin y Buster Keaton. Sin embargo, Allen se compara a sí mismo con una competencia más dura. "Pienso que ahora he hecho casi 45 películas", dice él. "Algunas agradables. Ninguna obra maestra. No me engaño. No es falsa modestia. Si uno ve Rashomon, Ladrones de bicicletas, La gran ilusión, como obras maestras, yo no tengo una película que pudiera mostrar en un festival con esas películas".
Es poco probable que A Roma con amor, que se estrena en Argentina esta semana, sea mostrada junto a ellas, aunque su hábil entremezcla de cuatro historias separadas, cada una una farsa gentil sobre inocentes seducidos a decisiones erróneas o riesgosas, es ejecutada de forma soberbia por un reparto de puras estrellas que incluye a Roberto Benigni, Alec Baldwin y Penélope Cruz. Todos trabajaron por honorarios mínimos, o de otra manera quebrarían el presupuesto de Allen de unos US$ 17 millones, diminuto para los estándares actuales. Los críticos italianos notaron momentos divertidos, pero muchos se decepcionaron. Habían ido a la proyección esperando una gran declaración —sobre Roma, sobre el cine, sobre la vida— del "más europeo de los directores estadounidenses". Y no encontraron una.
Que un cómico nacido en Brooklyn y cuyo currículo incluye boxear con un canguro y cantarle a un perro, deba ser colocado en un pedestal en las capitales culturales del continente (desde 2001, ha filmado en Londres y Barcelona junto con París y Roma) podrá parecer ridículo o la premisa de un "falso documental" de Allen, al estilo de Robó, huyó y lo pescaron o Zelig. Pero para Woody es un hecho de la vida, o más bien, del cine, y su mezcla incómoda de arte y comercio. "En los últimos 25 años, quizá 30, me ha ido mejor en Europa y alrededor del mundo que en Estados Unidos", dice. "Se me dificulta recaudar dinero aquí, mientras que en los países europeos y, de hecho, por todo el mundo me llaman y dicen: ‘Por favor, venga aquí y lo financiaremos’."
En gran medida, también es un exilio elegido, una cuestión no sólo de dinero sino de control. Allen insiste en una autonomía total, sobre los guiones, el reparto, la edición. Incluso las estrellas que él recluta sólo ven las páginas del guión que contienen sus parlamentos. Esta imperiosidad se remonta al breve período dorado en la cinematografía estadounidense, que duró de finales de la década de 1960 hasta mediados de la de 1980, cuando los públicos recibían cada película como una entrega de la visión dominante del director.
Woody empezó con bufonadas sin mayores pretensiones (Bananas, El dormilón) que lo hicieron de culto para seguidores universitarios. Luego llegó Dos extraños amantes, para lucimiento de su ex novia, Diane Keaton. Estrenada en 1977, fue todo un éxito, con sus noticias de última hora sobre la gente próspera y refinada que revisaba sus vidas con un fondo de apartamentos bien amueblados en la zona residencial de la ciudad. Por buena que fuera la película, la oportunidad fue todavía mejor. A mediados de 1970, Nueva York estaba en crisis. Hubo una amenaza de bancarrota en 1975, un apagón en toda la ciudad en 1977 que resultó en incendios provocados, saqueos, disturbios y arrestos en masa. Un asesino serial, "El Hijo de Sam", acechaba vecindarios tranquilos de Brooklyn y Queens. El referente cinematográfico fue Taxi Driver ( 1976 ), el infierno de asesinato y vicios de Martin Scorsese en Times Square. Dos extraños amantes ofreció una contravisión, optimista y deseable. Igual lo hizo Manhattan ( 1979 ), con sus exquisitas panorámicas en blanco y negro de los esplendores visuales de la isla, y Hannah y sus hermanas ( 1986 ), que se filmó en gran parte en el apartamento enorme y acogedor en el Upper West Side de Mia Farrow, la protagonista y compañera fuera de la pantalla de Allen. Estas tres películas, cada una siendo un "canto en el poema en desarrollo [de Allen] al amor y la ciudad de Nueva York", como escribió por entonces la crítica Pauline Kael, ayudaron a que los neoyorquinos recuperasen su sentido de identidad. Manhattan fue una vez más Oz, y Woody su mago, haciendo aparecer su misterio y encanto olvidados. Casi de la noche a la mañana, el escritor de gags era mencionado en la misma frase junto a Stanley Kubrick y Francis Ford Coppola.
Ayudó que Woody tenía una gran riqueza de sofisticadas influencias locales: el ingenio mordaz y subversivo de Lenny Bruce y Mort Sahl, la cadencia de técnicos de Broadway como George S. Kaufman y Garson Kanin, y la agudeza de Philip Roth. Todo esto colocó a Woody fuera de la competencia, jugando un juego diferente, en abierto desafío a las emociones baratas en las películas. Hollywood tal vez ama a Woody, pero él se negó a corresponderle. Los mismos admiradores que hacían fila en los cines de Manhattan cuando se estrenaba su gema más reciente se regocijaron cuando Woody, nominado año tras año a los Oscar, se negó a asistir a la ceremonia o incluso a verla por TV.
Luego llegó el descenso abrupto. En 1992, él y Farrow se separaron amargamente por la aventura de Allen con la hija adoptiva de 21 años de Mia Farrow, Soon-Yi Previn (su actual esposa). La subsiguiente batalla por la custodia fue un festival para tabloides. El rey de los chistes breves y agudos se vio reducido a un remate de chiste y algo peor: una especie de vergüenza pública. Las bromas chispeantes de Allen —"¿No ven que el resto del país ve a Nueva York como si fuéramos pornógrafos izquierdistas, comunistas, judíos y homosexuales? Yo pienso en nosotros de esa manera a veces, y vivo aquí"— sonaban pequeñas y petulantes. Muchos recordaron la observación cáustica de Joan Didion, en 1979, de que Allen y su público moraban juntos en un "submundo" privilegiado, añadiendo: "la autoestima peculiar y hermética en Dos extraños amantes, Interiores y Manhattan parecería nada con respecto a las personas que querría identificar".
Las más indignadas fueron las admiradoras de Allen. Muchas se derretían por el más improbable de los protagonistas: de baja estatura, sensible, vulnerable, "a gusto con sus sentimientos". Ahora lo oían insistir en una frase, "el corazón quiere lo que quiere" –en esta ocasión, una mujer 35 años más joven. Seducidos por Woody, sus admiradores dejaron pasar los mensajes más profundos en su arte, sus delicadas difuminaciones de hechos e ilusiones. Habiendo crecido en Brooklyn, soñando con una vida en el mundo del espectáculo, él había aprendido magia, y era lo bastante diestro a los 14 años para audicionar para programas de televisión. Esta historia temprana moldeó su arte posterior. Allen etiqueta su técnica como "desorientación", y una vez le dijo al crítico Richard Schickel: "Yo llevo al público a que crea una cosa, pero la película en realidad va a tratar de algo diferente".
Allen aplica la fórmula con mayor inventiva en su mezcla sutil de autobiografía e invención, filtrada a través de los papeles interpretados por él mismo o varios sustitutos. El personaje "Woody", desaliñado e infantil, es de hecho más bien sexy y calculador, al igual que el cachondo "pequeño amigo" de Chaplin. Y al igual que Chaplin, Allen favorece a las actrices jóvenes. "En Manhattan estaban convencidos de que yo quería casarme con una muchacha de 17 años": su coestrella, Mariel Hemingway. En ese caso, parece que él se engañó a sí mismo.
En otros casos, el mensaje es más ambiguo. Dos extraños amantes y Manhattan, aunque disfrazadas de películas conmovedoras y románticas sobre "rupturas", en realidad son historias oscuras. Hay una "desorientación" similar en Crímenes y pecados, quizás la última de las grandes películas neoyorquinas de Allen. El personaje más parecido a él no es el apesadumbrado documentalista que interpreta Woody. Es el magnate televisivo vulgar, loco por el poder interpretado por Alan Alda, quien espeta "ideas" a una grabadora portátil que saca de su bolsillo, muy similar al joven Woody Allen.
Así pasa también A Roma con amor. Debajo de la superficie alegre, y las preciosas imágenes de la Piazza di Spagna, merodean insinuaciones de la magia negra de Allen. En la mejor contada de las cuatro historias, una actriz coqueta y dramática (Ellen Page) llega a visitar a una feliz y joven pareja estadounidense (Jesse Eisenberg y Greta Gerwig) que vive en Roma. Desde el principio queda claro adónde se dirige la historia, pero a medida que se desarrolla la seducción, las líneas se difuminan. ¿Quién es el centro de esta historia, el estudiante serio en el extranjero o el turista despreocupado? ¿Y quién es el sustituto de Woody?
Allen da una respuesta indirecta. "La gente siempre tiene la impresión equivocada de que yo era un intelectual cuando no lo soy", dice. "Empecé a leer porque las mujeres que me gustaban de adolescente siempre eran buitres cultas y literatas. No tenían tiempo para mí. Leí para poder sostener una conversación con ellas".
No sorprende que Allen todavía sondee sus obsesiones más tempranas. Los grandes artistas siempre han hecho esto, especialmente cuando envejecen y empiezan a sopesar los hechos de la expectativa de vida contra el impulso de seguir creando, de encontrar nuevas maneras de responder a preguntas viejas e inquietantes. En el caso de Allen, los números parecen inusualmente buenos: su padre vivió hasta los 100 años; su madre, hasta los 95.
Y Woody, por su parte, ya está pensando en su próxima película. El guión está completo, y está reuniendo al reparto. Estará "filmando cuatro o cinco semanas en San Francisco y dos semanas en Nueva York". Dos semanas no es un regreso a casa, pero es un comienzo. "Trato de colar una película estadounidense cuando puedo", dice él. Es bueno oírlo. Su exilio se ha prolongado demasiado.
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