Lo que pasó en Paraguay queda en Paraguay (¿realmente?)
El ex obispo finalmente decidió no venir a la Cumbre del Mercosur en Mendoza.Mundo /
Aunque el gobierno de Fernando Lugo lucía debilitado, el golpe institucional express que lo destituyó aviva fantasmas de "neogolpismo" en la región.
Por Andrés Fidanza
El marketing global presentó, a principios de 2008, una epifanía civil: la aparición de un ex obispo carismático y progresista, que sintonizaba con los pobres y los pequeños campesinos, y tocaba de primera con los demás gobiernos latinoamericanos de centroizquierda. También señaló el final de una hegemonía de 61 años del Partido Colorado, incluidos sus 34 más autoritarios: los de la dictadura militar de Alfredo Stroessner. No hubo tanto hincapié, entonces, en la tremenda desarticulación social e institucional del Paraguay, ni en la falta de roce y gimnasia política de Fernando Lugo. Fue, en definitiva, un marketing. Electoralmente necesario y también esperanzador, pero a la vez muy riesgoso. Más de cuatro años después de su asunción, con dos hijos reconocidos en el camino, la destitución express de Lugo conecta más con aquellas dificultades de origen, que con las presentaciones románticas del contexto y el personaje. Porque si bien la modalidad del "neogolpismo" ya registra antecedentes (Ecuador en 2000, Venezuela en 2002, Haití en 2004 y Honduras en 2009), e incluso la presidenta Cristina Kirchner la asocia a distintas acciones en contra de su gobierno, la particularidad paraguaya se filtra en la enorme pasividad interna con la que se procesa el enroque entre Lugo y su ex vice, Fernando Franco. Salvo desde los países del Mercosur, tanto el sistema político como los medios, los gremios, la Iglesia, los movimientos sociales, el humor de la calle, y por momentos hasta el mismo Lugo, todos empujan a recuperar la "normalidad" en Paraguay. Y si tienen éxito, y por ahora lo tienen, es también por la gran debilidad política de Lugo y por las deudas sociales que deja su gobierno.
De los partidos mayoritarios no cabía esperar otra actitud, porque el impeachment a Lugo (un golpe palaciego y superestructural, sin apoyo popular ni situación de crisis equiparable a la de 2001 en la Argentina) fue cocinado entre los Colorados y el Partido Radical Liberal Auténtico (PRLA). Los liberales son la misma fuerza que en 2008 había puesto su estructura al servicio de la candidatura de Lugo. Y también habían puesto a Franco, el candidato a vice.
Así es que después del asesinato de once campesinos y seis policías en una toma de tierras, el procedimiento del juicio político fue sumarísimo y casi no tuvo resistencia parlamentaria. "No hubo derecho a legítima defensa, fue más rápido que un juicio en tiempos de guerra y el resultado estaba cantado", aporta el constitucionalista argentino Eduardo Barcesat, que opta por el título de "golpe institucional" para definir la ceremonia de la expulsión.
En la Cámara de Diputados paraguaya, se aprobó por 76 votos a favor y solo uno en contra; y en el Senado, donde se falló la condena, hubo 39 votos a favor de la destitución y sólo cuatro en contra.
"Al igual que Néstor Kirchner, Lugo asumió con una importante debilidad de origen, pero Kirchner construyó poder y Lugo no resistió a los embates de las corporaciones políticas ni económicas", explica el diputado de Nuevo Encuentro Carlos Raimundi, especialista en política internacional. Porque si bien existe un proceso de disputa de poder que corta a Sudamérica, Raimundi piensa que Paraguay es el país menos preparado para dar la pelea.
El combo entre espíritu de cambio y atraso institucional fue demasiado para Lugo, que no pudo ni siquiera intentar un ensayo de reforma agraria. Y con más de cuatro años de mandato, el 2 por ciento de sus 6,4 millones de habitantes sigue siendo propietario del 80 por ciento de las tierras fértiles.
Para la analista e historiadora paraguaya Milda Rivarola, los principales logros del gobierno de Lugo fueron: una mejoría radical en la salud pública, la distribución de comida y leche en las escuelas y la ampliación de un subsidio a 20 mil familias. Y si bien no grabó las agroexportaciones ni concretó las expropiaciones prometidas, Rivarola señala que el aspecto más subversivo de la gestión luguista fue simbólico. Y no lo dice despectivamente: "Lugo introdujo un discurso que apuntaba a revertir la pobreza, aunque eso no se tradujera en medidas concretas". Y tal gestualidad en contra de los intereses del establishment –señala a Newsweek esta integrante de la Academia Paraguaya de la Historia- "alcanzó para que se sintieran afectados y lo sacaran".
Pero lo que alcanzó para que lo removieran no fue suficiente para movilizar a las masas, a alguna masa, en su favor; o para revertir la actual sensación de normalidad en indignación popular. Desde el viernes del impeachment, la plaza de Armas está vacía, a pesar del tibio llamado luguista a la resistencia. Y sólo hay un programa de micrófono abierto frente al edificio de la TV pública (una especie de Telesur paraguayo), que corta media calle en rechazo a la asunción de Franco. Ese vacío, ese populismo sin pueblo es la mayor evidencia del déficit en la gestión de Lugo. "Así, la resistencia de Lugo va hacia vía muerta", opina el sociólogo y consultor Ricardo Rouvier.
Hacia afuera, la reacción internacional entró en colisión desde un principio con el juego previsible de la Iglesia y la prensa paraguaya (en especial del poderoso diario ABC Color), dos actores que bajo la administración tradicionalista de Franco ya se sienten más confortables. Pero la respuesta sudamericana también estuvo siempre un paso adelante del ánimo algo apagado del ex obispo de 61 años.
"Es que así Lugo se retira favorecido, dando una imagen de mártir o de Salvador Allende, cuando la verdad es que ya no tenía apoyos ni fuerza", afirma el escritor Luis Agüero Wagner, autor de libros de títulos sutiles (La estafa política más grande de América Latina y El sátiro de San Pedro, entre otros) y, desde ya, un virulento opositor a Lugo. Para Agüero Wagner, la retirada elegante de Lugo incluye una candidatura a senador en 2013, una posibilidad que permite la Constitución.
En la Argentina y en la región, CFK fue una de las más enjundiosas defensoras de la continuidad de Lugo en la presidencia. Y la invitación a que participe de la cumbre del Mercosur (aunque declinada por Lugo a último momento) no sólo sumará interés y le restará ritualidad plomiza a la cita. El "tema Lugo" también servirá a la construcción de un lazo ideológico entre el putch a Lugo y los intentos "desestabilizadores" locales. ¿El paro general encabezado por Hugo Moyano? Por ejemplo.
"Se llegó al ridículo de vincular las tensiones que existen en el movimiento nacional con el golpe de Estado sufrido por Lugo", se atajó por anticipado el jefe de la CGT.
La tira de antecedentes históricos de este "neogolpismo", tal como la definió el analista Juan Gabriel Tokatlian, empieza con la exclusión "legal" del ecuatoriano Jamil Mahuad en 2000; sigue con el golpe "institucional" a Hugo Chávez en 2002; la salida inducida del haitiano Jean-Bertrand Aristide en 2004; la sustitución "constitucional" de Manuel Zelaya en Honduras; y cierra con el impeachment a Lugo. Y uno más: por estas horas, el mandatario boliviano Evo Morales califica de "golpista" un amotinamiento de policías que, en apariencia, sólo reclaman un aumento de suelto.
Pero hay un capítulo municipal que se empareja mejor con la destitución de Lugo: el juicio político al ex jefe de gobierno porteño Aníbal Ibarra, a raíz del incendio del boliche Cromañón en pleno centro, y en el que murieron 194 personas. Además del final común y de cierta indiferencia del grueso de la sociedad (con la obvia excepción de los familiares de las víctimas), en ambos casos resultó decisiva la gigante endeblez de sus construcciones políticas. Ni siquiera sus vices (Jorge Telerman y Fernando Franco) les fueron del todo leales.
"Si, veo los parecidos", concede el ex alcalde ante Newsweek. Con su suerte ya echada, y con la de Lugo en tránsito similar, Ibarra piensa que los opositores deberían convencer electoralmente a la sociedad de que los gobiernos son tan malos como dicen, antes de promover un juicio político. Y sobre la falta de legisladores propios, que es el mismo déficit que condenó a Lugo, este dirigente de orientación progresista explica: "Sí, me faltaron diputados, pero una cosa es que las mayorías te traben leyes o te dificulten la gestión, y otra muy distinta es que te saquen como a mí y como a Lugo".
La principal diferencia fue la velocidad de la destitución, porque la remoción de Ibarra demandó 15 meses. Entre los presidentes con impeachment fatal a cuestas, figura el brasileño Fernando Collor de Mello, que debió renunciar en 1992, cuando el juicio político marchaba derecho a su destitución. Pero otra vez, el proceso duró un año y medio, contra las casi 24 horas que tardó el Congreso paraguayo en aprovecharse de la fragilidad política de Lugo, y rematar su aura renovador.
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