"Soñando locuras", Embajada Boliviana Por Flavio Mogetta
@flaviomog
El “un, dos, tres, va” con el que comienza “No tengo nada” sirve también para marcar el punto de partida del primer trabajo discográfico de Embajada Boliviana tras los demos que los convirtieron en la banda de punk melódico por excelencia. “Tengo algunos tatuajes,/ no tengo suerte y no tengo futuro/ Traigo malas noticias,/ todos me escapan/ no tengo laburo// Se me acabó la plata/ y no tengo a nadie que me mantenga./ No me importa una mierda,/ soy conformista/ vivo de fiesta./ (eso no es verdad)// No tengo nada,/ pero soy feliz/ no necesito/ te tengo a ti”, canta Julián. Toda una declaración de género donde se hace presente el “no future”, los amigos, la diversión y la chica objeto de deseo (presente en todo el disco como presencia y ausencia). Carta de presentación porque ellos también forman parte de esa generación de desangelados que dejó una década de menemato y que el gobierno de la Alianza con De la Rúa al frente nunca pudo corregir. “Todos me escapan/ no tengo laburo”. Tópico que repetirá en “Que le voy a hacer”: “Mi chica me dejó,/ me echaron del trabajo,/ no tengo para el faso,/ estoy preso por vagancia./ Que le voy ,/ que le voy,/ que le voy a hacer”.
Soñando locuras aparece en el bisiesto año 2000, en el año del dragón, en los días en que Favaloro decide gatillarse el corazón, en esa Argentina en que la política comienza (o termina de) a desencantar a los jóvenes. Explota el “caso de la Banelco” en el Senado y el vicepresidente Chacho Álvarez decide renunciar a su cargo. El principio del fin, una grieta hasta el fondo del barco al que no le bastará el blindaje económico que se anunciará un par de mes más tarde: “Esta es una gran noticia, no debemos voltear el optimismo. Hemos eliminado la incertidumbre que había respecto del caso argentino”, responde el presidente argentino en conferencia de prensa y antes de que su cara sonriente gane las pantallas de la TV con un mensaje grabado. En esa Argentina que se adentra cada vez más en una pesadilla que ya lleva una década, Julián, Cabeza, Matu y Kuntacu se permiten soñar locuras.
¿En qué piensan esos cuatro chicos de barrio, amantes de los Ramones, los jean achupinados, y las camperas de cuero mientras miran sonrientes la luna, en un cielo limpio de nubes y lleno de estrellas? Contemplan la inmensidad, desde una esquina, con las manos en los bolsillos y acompañados por una botella de cerveza. Porque ése es en La Plata el punto de encuentro al que acuden los amigos cuando necesitan del otro o cuando quieren divertirse. A sus pies se abre la ciudad, con su clásico empedrado y con las antenas que se dejan ver en los techos de las casas y en las terrazas de los edificios, son los días previos al desembarco masivo de la televisión por cable, a que la esquina deje ser “el lugar”, y que la policía merodee buscando algo o a alguien, “estoy preso por vagancia” (Que le voy a hacer), “la toma el traficante y el policía/ que lo atrapó” (“Un montón”).
Y contemplan la noche (¡qué mejor refugio o qué mejor telón para divertirse) porque ella permite preguntas, pero también ofrece respuestas: “Preguntale a las estrellas / si por las noches me ven llorar/ preguntale si no busco/ para quererte la soledad.// Preguntale al manso río/ y el llanto mío lo ven correr/ preguntale a todo el mundo/ si no es profundo mi padecer.// Nunca te olvides/ que yo te quiero/ y que me muero/ de amor por ti./ A nadie quieras/ en esta tierra/ A nadie quieras/ en esta tierra, tan solo a mí./ (Adentro).// Preguntale a las estrellas/ si por las noches me ven llorar/ preguntale si no busco/ para quererte la soledad”.
Soñando locuras refleja el momento que les toca vivir y es un disco de punk de la más pura cepa ramonera, con los clichés necesarios que amerita la influencia pero sin caer en la copia más burda presente en los primeros trabajos de Ataque 77 o en Los Ratones Paranoicos (stonianamente hablando). Pero como bien marca el periodista Oscar Jalil en su reseña del Suplemento Joven del diario El Día (por aquellos días) es mucho más que eso o al menos no es sólo un disco de punk. “Por fin un disco PUNK que no suena a PUNK”, dirá y justificará: “un disco de rock melódico, rápido en instantáneo como el punk, y muy romántico por la perdida inexorable de sus días de adolescentes. Incluye clásicos como ‘Ella esta loca’ y un ‘Un montón’, y describe ciertos aspectos de la vida subterránea platense. Noches tristes y amores que no caben en un vaso. Toda esa emoción no tiene interferencias, se escucha bien y los arreglos impresionan en la adecuada ambientación armónica”.
Doce años pasaron desde la aparición de este CD editado por el sello Xennon, que también terminaría marcando el fin de EB, porque el grupo seguiría rodando apenas unos cuantos meses más. Hubo regresos, claro está, pero discográficamente hablando, nada más (al menos hasta ahora). Uno se gestó alrededor de un asado en una mesa amiga y el otro –con gira incluida- en 2010, pero que no llegó a traerlos hasta La Plata. Y ese grupo de amigos, que empezó a tocar casi sin saber ejecutar ningún instrumento, sólo para celebrar la amistad, soñó locuras, soñó grabar un disco. Y el que realmente desea lo que sueña... Bajos melódicos, guitarras que escapan al género, ¿armónica? Embajada siempre fue una banda de canciones y sus melodías dan cuenta de ello, porque qué otra cosa se puede decir cuando se escucha “Me llevaré” o “Que le voy hacer”. Soñando locuras uno puede llegar hasta pensar que “Pedro y Juan” se revela rítmica y líricamente como un corrido mexicano: “Venían de Bolivia, traían marihuana/ pero en el camino los paró la cana y.../ no volvieron nunca más/ Ay, ay, ay, ay,/ ay, ay, ay, ay,/ Ellos eran Pedro y Juan / no volvieron nunca más”.
"Cada uno tiene cualidades y eso es la banda, un grupo de amigos que arman un mundo privado. Nos completamos desde las diferencias. Matu es un batero de lujo, es muy prolijo. Tenemos un bajista que guarda las influencias ramoneras, es la rebeldía musical de la banda. Después está un guitarrista que sale de los acordes básicos del punk y ahí aparece la armonía", confesaba Julián, en aquellos días en los que apareció el CD a Oscar Jalil y remarcaba que "por un lado esta la potencia que debe tener el punk y por otro están nuestras melodías, que no tienen que ver con la fuerza, sino con lo melódico. La banda tiene dos partes: lo crudo y fuerte del grupo sonando en vivo, y ahora apareció otro lado, que lo teníamos medio oculto, que es la nostalgia".
Y de esa nostalgia dan cuentas las letras, nostalgia del futuro, de lo que no será, de esa chica que ya no vendrá, de las noches que no llegarán, de la adolescencia que inexorablemente se aleja con todo lo que ella implica. Líricamente EB no propone anarquía alguna ni romper nada, roto está el corazón y sólo hay un único refugio: el que ofrecen los amigos, las cervezas, las botellas y la luz lunar. “Nena yo siempre te quise/ pero nunca me animé a decirte te quiero./ Y aunque ahora estés con otro/ te sigo queriendo/ yo te quiero hasta el cielo” (“Pobre corazón”); “De un vaso vacío en mil noches / de lunas brillantes bebió la ilusión,/ y en el fondo latente estará mi dolor” (“Me llevaré”); “Hoy es tarde para volver a empezar.../ es muy tarde para volver a empezar./ Sólo habrá más noches vacías / en las calles y en mi corazón” (“Pateando basura”); “Pegó el bajón y esto no da para más,/ es hora de partir. Todo el tiempo estoy así,/ pasan los días y sigo así,/ todo el tiempo estoy buscando/ alguien como yo,/ alguien como yo,/ alguien como yo” (“Alguien como yo”).
El disco que fue grabado por Sebastián Porro y masterizado por Alfredo Calvelo apareció en marzo de 2000 y tuvo su presentación el 30 de abril en un Chacal que explotaba de gente.
Es difícil encontrar por estos días el legado de EB en alguna banda platense -después de Cretinos-, y no porque no lo hayan dejado sino porque quizás nadie se haya animado a abordarlo. La banda formó parte de la mítica escena de La Plata de los ’90, esa que ofrecía lugares como Búkaro, Chacal, El Cafetal o Tinto Bar (Tinto a go go) y logró proyectarse más allá de la avenida 32, cosa que por esos años sólo lograron los Gorriones. Vaya uno a saber que otra locura soñaron en aquellas noches, vaya uno a saber quién se esconde detrás de la luna.