Desde el abismo
Sociedad /
Río Turbio nació hace setenta años a partir de la explotación carbonífera. Las historias de su gente están ligadas al carbón, a los túneles profundos, a los vaivenes de los tiempos y a las tragedias.
Texto y fotos: Carlos W. Albertoni
En una noche como ésta, fría e invernal, se desató la tragedia que ya nunca olvidarían en Río Turbio. Pasaron ocho largos años desde entonces, pero José sigue aún sufriendo el recuerdo de ese 14 de junio de 2004 en el que catorce de sus compañeros quedaron atrapados en la mina de la que ya nunca saldrían vivos. Ese lunes, poco antes de la medianoche, se originó un incendio a partir de un chispazo en uno de los rodillos de la cinta transportadora que llevaba el carbón desde la mina hasta la superficie. Enseguida, una pared de gases tóxicos envolvió a los mineros que trabajaban allí, en un túnel cavado en la tierra a 600 metros de profundidad. Aferrados a un milagro, unos cuarenta lograron salir de aquella trampa mortal, los ojos desorbitados, la boca escupiendo humo y espuma. Adentro, asfixiados en el súbito infierno, quedaron los catorce, cuyos cadáveres serían rescatados recién varios días después.
Río Turbio es una ciudad que nació alrededor de los yacimientos de carbón cuya explotación se iniciara en los años cuarenta. Allí, en esta pequeña población del sudoeste de Santa Cruz, vivían varios de los catorce muertos. Allí también vive José, quien trabaja en las minas desde hace más de una década. Amigo de algunos de aquellos que ya no están, José amontona las memorias sin disimular la pena, se le humedecen los ojos al recordar a una viuda con su cuerpo inclinado sobre el ataúd de su marido, los ojos clavados en la nada, mordisqueándose las uñas en forma frenética. Él, como muchos otros en Río Turbio, ha esperado por largo tiempo que al fin declinara su dolor por los muertos, pero el pesar sigue aún adentro y amenaza con no irse jamás.
En 28 de Noviembre, un pueblo muy cercano a Río Turbio cuyo origen también está ligado a la explotación carbonífera, se levanta un monumento que recuerda a los catorce muertos de la mina. Sobre un pedestal de ladrillos rojos, dos mineros tallados en bronce simbolizan la tragedia, ambos abrazados y con sus rodillas en tierra. Como Río Turbio, la pequeña localidad de 28 de Noviembre también tuvo sus muertos aquel 14 de junio de hace ocho años. Por eso, es común ver personas que se acercan a las dos figuras de bronce para tributarles un respetuoso silencio. José suele detenerse allí cada vez que viaja con su camioneta desde Río Turbio a 28 de Noviembre, siguiendo el asfalto de la ruta 40 que conecta ambos poblados. Su silencio tiene más de congoja que de respeto.
Glorias y ocasos
La explotación del carbón en la cuenca minera de Río Turbio tuvo su comienzo formal un 27 de mayo de 1941, fecha en la que se creó la División Carbón Mineral de Yacimientos Petrolíferos Fiscales que luego devendría en la empresa estatal Yacimientos Carboníferos Fiscales, más conocida como YCF. Las extracciones comenzaron en 1943, épocas muy duras en las que el carbón se arrancaba de la tierra a pico y pala, ayudados apenas los mineros por un viejo compresor accionado por diez martillos con el que se sacaban unas ochenta toneladas diarias de mineral. Paralelamente con la explotación carbonífera nació el pueblo de Río Turbio, cuya fundación oficial data del 14 de diciembre de 1942. El padre de José, de origen chileno, fue uno de los primeros en vivir allí, en ese poblado incipiente que en los años cincuenta comenzó a conectarse con Río Gallegos a través de un tren que trasladaba el carbón desde las minas hasta la capital santacruceña, algo más de 250 kilómetros hacia el Este. Fueron años de crecimiento y prosperidad para la región, las casas y los pobladores se multiplicaron en Río Turbio, las nuevas tecnologías aceleraron en forma sostenida el ritmo de extracción, la producción carbonífera trepó de manera incesante hasta alcanzar una venta de casi 600 mil toneladas anuales en los años sesenta y setenta, Sin embargo, en la década del ochenta el carbón comenzó a perder interés como fuente de generación energética y el yacimiento inició un inequívoco rumbo de decrepitud que culminaría en la privatización de la empresa en 1994, año en el que la vieja y estatal YCF fue reemplazada por la sociedad anónima Yacimientos Carboníferos Río Turbio, conocida por las siglas YCRT. Lejos de terminar con la crisis, la gestión privada acentuó la decadencia, las maquinarias se volvieron obsoletas y la dotación de trabajadores se redujo al mínimo posible. En ese contexto, Río Turbio comenzó a parecerse a un pueblo fantasma, invadido de irredentas nostalgias, hasta que un día, allá por los finales de la década del noventa, hartos de tanto ocaso, los trabajadores iniciaron repetidas huelgas que posibilitarían que en el 2002 la empresa volviera a manos estatales y, de alguna manera, detuviera la prolongada caída, pese a que los niveles de explotación carbonífera ya jamás llegarían a aquellos que marcaron los tiempos de gloria de los años sesenta y setenta.
Poco después de la recuperación estatal de la explotación, José comenzó a trabajar en las minas. Ya para ese entonces su padre había dejado su labor en los yacimientos y él sintió la necesidad de convertirse en heredero de la tradición. Encomendándose a Santa Bárbara, la patrona de los mineros, entró por primera vez a un túnel una tarde lluviosa de primavera de 2003 y conoció entonces a algunos de aquellos que morirían apenas un año después, en la tragedia del 14 de junio. Y también a varios de los que aún hoy son sus compañeros bajo tierra, el bonaerense Julio Herrrera que siempre se acuerda con rabia de la época de explotación privada porque pagaban poco y mal, el hijo de Julio que trabaja en el sector de electromecánica, el santacruceño José Castro que maneja las máquinas en el tope de las galerías. Con ellos, y con muchos otros, José sigue entrando cada día a las minas, echando siempre una última mirada a sus guantes antes de ultrajar las profundidades, habiendo ya aprendido a distinguir los infinitos matices de las sombras en la oscuridad de los túneles, disfrutando de las nubes de rojo intenso que suelen regalarle los atardeceres patagónicos cuando sale otra vez a la superficie. Y una vez afuera, sintiéndose ya a salvo del abismo, recuerda siempre a esos catorce que nunca podrán volver a ver tardes ni cielos, ahogados sin remedio en el humo de un infierno de carbón.
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