Occidente en Oriente

08.07.2012 | 23.43 Comentar   |   FacebookTwitter
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Corea del Sur, uno de los experimentos mejor logrados de EE.UU. en Asia, es una de las potencias económicas más pujantes del mundo. El difícil y atractivo equilibrio entre su cultura ancestral y el mundo capitalista en el que se refleja.

Texto y Fotos: Juan Chiesa (Desde Corea del Sur)

Corea no es China ni Japón, no es Vietnam ni Taiwán. Corea no es una Corea, el Sur está más "cerca" de Occidente que del propio norte de la península. Con un poco más de 49 millones de habitantes es la 13ª economía más grande (por PBI nominal) en el mundo. Este país ubica su fundación 4.345 años atrás, llevada a cabo por el legendario caudillo Tangun Wanggom. Luego de una historia de invasiones y guerras, de sufrimientos y carencias, ya en pleno siglo XX se fundó su moderna república en 1948; sin embargo, los procesos eleccionarios estuvieron teñidos de grandes irregularidades hasta las elecciones presidenciales de 1987. Desde entonces ha sido una democracia multipartidaria que logró transformar al país en una potencia pujante en términos económicos, pero que culturalmente no sabe cómo sostener el equilibrio entre el Oriente al que pertenece y el Occidente en el que se refleja.

Identidad. Cuando a la mañana uno lee el Korea Times, se encuentra con media página, cual cartelera de espectáculos, que anuncia las distintas ceremonias religiosas que sucederán en la jornada en Seúl: treinta y tres son cristianas de distintas vertientes, seis budistas, una islámica y una hinduista. Probablemente la incursión del cristianismo en el país fue la más eficaz táctica en el marco de una gran estrategia por mantener al Sur de Corea mirando al capitalismo occidental, frente a la amenaza comunista del Norte. Pero por si la barrera cultural no fuera suficiente, EE.UU. sostiene aún un significativo número de bases militares en zonas urbanas demasiado expuestas. Los marines estadounidenses son parte habitual del paisaje en Seúl, en realidad no sólo del paisaje, también de las noticias: su comportamiento irregular y escandaloso obligó al gobierno local a incrementar en los últimos meses los controles sobre las tropas en sus horas libres.

Sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos por acercar a Corea del Sur a Occidente, la identidad latente aflora en momentos muy particulares. Uno de ellos es la celebración del cumpleaños de Buda, cada 21 de mayo, en el que todo el país se prepara para una festividad sólo comparable a las navidades cristianas. En ella se construyen en toda la ciudad linternas gigantes, esculturas de papel iluminadas desde el interior con formas de los personajes vinculados a la vida de Siddhartha Gautama. También se preparan pequeños altares con figuras que lo representan de niño, a los cuales la gente se acerca y debe derramarles agua mientras meditan sobre su futuro.

Todos los esfuerzos por introducir las variantes cristianas en Corea del Sur no logran evitar que aún más de 10 millones de habitantes se reconozcan como budistas, creencia no teísta que no proclama la existencia de un dios creador o absoluto, como las religiones más difundidas de Occidente.

Aquella Corea que fuera invadida por Japón desde 1910 y obligada a un sometimiento escandaloso, prohibiéndole hasta su propio idioma, esclavizando a sus trabajadores y sometiéndolos a un régimen racista de segregación, hoy es un pueblo que no olvida, pero que tampoco se detiene.

Trabajo. Una infraestructura descomunal, autopistas, puentes, puertos, rascacielos, parques industriales en plena actividad, parques eólicos de energía limpia, son sólo una parte de la atmósfera que vive el país. Poseedores de multinacionales, fabricantes de autos y elementos de última tecnología, las cuales compiten con las grandes marcas japonesas y con las estadounidenses, los surcoreanos se enorgullecen de ser el país del mundo con la mayor jornada laboral, es decir que mientras en Alemania promedian las 1.500 horas anuales y en EE.UU. las 1.800, los obreros coreanos rompen esas marcas con sus 2.500 horas promedio.

Mientras en los bares de Buenos Aires, el happy hour –horario en que las bebidas alcohólicas se ofrecen 2 x 1 para captar al público que sale de las oficinas– comienza habitualmente a las siete de la tarde, en Seúl esto sucede recién a partir de las 22 y la noche puede extenderse tanto que en lugar de volver manejando hasta casa, probablemente convenga dormir en uno de los tradicionales spa secos, que por apenas 10.000 wones, algo menos de 10 dólares, permiten pernoctar, bañarse y volver al trabajo al día siguiente.

A la mesa. Internarse en Corea del Sur y alejarse de Seúl, implica también alejarse de todas las cadenas imaginables de comida rápida (hamburguesas, tacos, pizzas, pollo frito, café helado y otras), que el ingenio norteamericano pueda haber creado. Entonces el "doble carne-doble queso" es reemplazado por el extremadamente picante Kimchi coreano, un preparado de tiras de baechu (hortaliza similar a la acelga), macerada en un puré muy picante de un ají parecido al chile, mezclado con caldo de pescado y ajo. El mejor Kimchi puede dejarse estacionar más de un año antes de consumirse y se sirve en pequeños platos como acompañamiento obligado de todas las comidas. Este manjar es el anticipo infaltable en cualquier comida, se sirve en una pequeña porción, por ejemplo como aderezo de la tradicional parrilla coreana, la cual implica la cocción en la propia mesa de tiras de diferentes carnes rojas bien adobadas.

Si bien la parrilla es insistentemente presentada como el plato más tradicional, los productos provenientes de los mares y océanos son elementos constitutivos del menú cotidiano. Tanto pescados como algas son consumidos en todas sus variantes: en caldos y a la parrilla, en preparados marinados fritos o disecados. Las calles de grandes y pequeñas ciudades están plagadas de peceras de todos tamaños y tipos, incluso improvisadas en palanganas plásticas a las que se les coloca un sistema de ventilación para mantener vivos a los peces hasta el instante anterior en que algún transeúnte decida almorzar o cenar. Es entonces que -lo más a la vista posible- se lo sacrifica, se lo limpia y se lo lleva a la mesa crudo, acompañado de algún sistema que le permitirá cocinarlo por sí mismo al propio comensal. Incluso puede pasar que los tentáculos de un pulpo recién mutilado, aún activos, se muevan dentro de nuestra boca, antes de deglutirlo.

Es singular descubrir que mientras nuestra mirada occidental se posa frente a estas peceras a admirar los especímenes exhibidos, nuestra tendencia sea a decir "qué lindo", mientras algún niño coreano, como quien se relame dirá "qué rico".

Tradición. Cuatro mil años de historia hacen de la cultura surcoreana una suma de tradiciones refinadas, por ejemplo, observar de lejos una boda es detenerse a mirar el cúmulo de cientos de tradiciones que implica un procedimiento sumamente delicado que extiende los festejos durante varios días.

Si bien caminar por Corea del Sur, a priori, puede darnos la impresión de estar en Occidente, pequeños detalles de una cultura ancestral nos recuerdan la distancia, tanto geográfica como cultural, a cada momento.

Tal vez un solo percance en el uso del lenguaje pueda ser más que esclarecedor: difícilmente un coreano responda alguna de nuestras preguntas con un "NO", el NO se toma casi como una ofensa, es duro e irreversible, reservado a situaciones agresivas y de confrontación, por lo cual al realizar alguna simple pregunta como si un taxi puede parar en esta esquina, de no poder hacerlo, la sofisticada respuesta será "paran en la próxima". Incluso en el caso de que no encontraran la fórmula para respondernos positivamente, optarán simplemente con sostener una sutil sonrisa mientras nos observan. Las primeras veces esto puede desubicarnos, hasta despertar nuestra más impaciente furia consumista occidental, pero cuando comprendemos la sutileza de la situación, terminamos admirando la sofisticación de una cultura que ha decidido evitar decirse NO.
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