La ley ayudó, pero sigue la misoginia
Walter Vázquez y Roberto Piazza, libreta matrimonial en mano, el día de su casamiento, en septiembre de 2010.Sociedad /
La sociedad es tan machista que se permite respetar al hombre gay pero no a la mujer. Y menos a la lesbiana.
Por Roberto Piazza
El mío fue el segundo casamiento tras la ley de matrimonio igualitario, después del de Ernesto Larrese y Alejandro Vanelli. No fui el primero porque no tenía el salón listo, porque quería hacer una gran fiesta, pero lo reservé mucho antes. Con Walter habíamos firmado la unión civil en 2008, e hicimos una fiesta tremenda en la disco Amérika que se transmitió en cadena nacional y se vio hasta en España. Pero después vino todo el debate por la ley, y medio que me metí en la militancia y me empecé a pelar con todo el mundo.
Lo más recordado de esos días es, claro, aquel altercado de Mirtha Legrand en su programa. "Roberto te voy a hacer una pregunta muy delicada", me dijo. "La pareja de homosexuales, suponte que adopta a un chico, como tienen inclinaciones homosexuales, ¿no podría producirse una violación hacia su hijo?". Yo me la banqué. Mi pelea con la Legrand no fue por lo que dijo ese día, en 28 años que la conozco ha dicho tantas barbaridades que la tendría que haber mandado al diablo 25 veces. En 53 años que tengo me han dicho y hecho tantas cosas que aquella fue una pregunta más. Pero el lío que armó fue tremendo. Llegué a casa y todo el mundo me llamaba para que la "matara". Nooo, ¿para qué? Si la pobre mujer dijo cualquier idiotez que ni pensó. Ella decía que hablaba con "la voz del pueblo", pero no es cierto. Era solo la voz de cierta pacatería, con una pregunta que no tiene asidero. Yo sé muy bien qué es un violador. Le dije: "No soy un psicópata, soy gay". Hasta el día de hoy Mirtha se arrepiente. Y yo, que me especializo en la venganza –que es un plato que se disfruta frío- se lo hago acordar cada tanto.
¿Cuán diferente me resultó el casamiento a la unión civil? En realidad me gustó más la primera fiesta, me divirtió más. ¡Fueron dos mil personas! Y fue más grosso a nivel social, porque la gente no entendía mucho. Después vino la parte más peleada, cuando salimos a hablar del casamiento, la ley de igualdad. Y se puso la sociedad bastante jodida. Recibí ataques de todos los flancos, del Opus Dei, de los más pacatos. Amenazas horribles. Pero a mí nunca me importa demasiado nada.
El casamiento me da cierta tranquilidad. No me gustaría divorciarme porque los divorcios son siempre duros, uno no se divorcia de mutuo acuerdo sino a las trompadas. Si me casé es porque pienso no divorciarme. No estoy arrepentido, me gusta y lo volvería a hacer. ¡Pero qué difícil para cualquier ser humano tener una pareja al lado y poder mantenerla, seas o no gay! Yo trabajo en la moda y visto novias y novios y madrinas, y a veces digo "¿Cuánto durará esta mina?"
En lo cotidiano creo que el casamiento no me cambió nada. Es más: creo que hasta mejoró el diálogo. Cosas que antes uno no se animaba a decir, por ejemplo, ir a una disco y si nos gusta un tipo decir "¡Mirá qué fuerte está ese flaco!" Antes no lo decíamos. Cambió para bien. No hay el hartazgo de la convivencia, ni eso de que engordás como un sapo; al contrario, tratamos de estar siempre mejor y no aburrirnos. Así que en mi caso fue para bien. Pero conozco casos que fue para mal, amigas mías lesbianas que se casaron tras 5 años de pareja y al mes se divorciaron. Pero bueno, son casos para el psicoanálisis.
Pero volviendo al tema de las cosas fuertes que se decían en aquellos días del debate, creo que somos una sociedad que ha avanzado gracias a libertades democráticas que han salido. La ley fue un acierto muy grande para que la gente tome libertad y no libertinaje, no hay tanto libertinaje como en los ‘80, hay más libertad, y eso es bueno. Homofóbicos hubo y habrá siempre, pero lo que no ha cambiado es el trato hacia la mujer. No se la respeta para nada. En ese sentido veo que retrocedimos. La sociedad sigue siendo machista, al punto que se permite respetar al hombre gay pero no a la mujer, a la que sigue construyendo como objeto sexual, de adorno televisivo, con todo el folklore Tinelli. Vende y sirve la mina preciosa, cuanto más hueca mejor. Y en todo esto la que peor la pasa es la lesbiana, que está sumergida en un sótano.
Piazza es uno de los más reconocidos diseñadores de moda de la Argentina. Dirige una fundación que ayuda a víctimas de abuso, un drama que él mismo sufrió.
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