jueves, 23.05.2013
Por Gonzalo Sarasqueta

El ahorcado español

17.07.2012 | 14.55 Comentar   |   FacebookTwitter

Gonzalo Sarasqueta
Especial para Diagonales, desde Barcelona

Y la profecía se completó. O, mejor dicho, el ahorcado. Letra por letra. Euro por euro. Derecho por derecho. Con el puño firme y sin titubear, Mariano Rajoy terminó de dibujar, con el lápiz de su colega popular, Angela Merkel, el mayor ajuste en la historia de España: 65.000 millones de euros. De esta manera, la Moncloa espera cumplir con el déficit (6,3%) prometido a la Unión Europea para 2012. El estado de bienestar, joya preciada del viejo continente luego de la segunda guerra mundial, empieza a ser un modelo en extinción.

Sumisión y hostigamiento: los mercados, sin embargo, no aflojan: la Bolsa luego de una tímida repuntada, comenzó a caer de nuevo, y la prima de riesgo escaló hasta los 550 puntos. La sociedad padece: en poco más de seis meses, la soga de los recortes vuelve, por cuarta vez, a apretujarle el cuello. Y esta vez, con serias posibilidades de estrangulamiento.

Cumpliendo escrupulosamente con el derrotero- o réquiem- de la troika (Banco Central Europeo, Comisión Europea y FMI), el gobierno español no escatimó en nada ni con nadie. Excepto con las grandes empresas (por YPF perdió un ojo diplomático) y los bancos (Bankia, caja de caudales de Madrid, fue rescatada y nacionalizada hace un mes), que siguen aguardando, bajo el amparo del estado y con total parsimonia, en la sala de espera contigua a la austeridad. Donde se oyen o viven-siempre en tercera persona- los lamentos de la crisis: despidos, rebaja de sueldos, contratos que bordean la humillación.

La contundente batería de medidas comprende: una subida del IVA general (del 18 al 21%) y del reducido (del 8 al 10%); reducción de las empresas públicas locales y de los días de libre disposición; la eliminación del 30% de concejales; los nuevos desempleados recibirán un 10% menos de prestación a partir de los seis meses; un recorte adicional de 600 millones en los ministerios; suspensión de la paga de navidad de funcionarios; una disminución del 20% de subvención a partidos, sindicatos y organizaciones empresariales; y la eliminación de deducción por vivienda a partir del 2013, entre las sustanciales.

Todas flechas dirigidas al talón de la clase media y al corazón de los trabajadores, que, inmediatamente, mediante Comisiones Obreras (CCOO) y la Unión general del trabajo (UGT) anunciaron una nueva huelga general para el 19 de julio. La paciencia de los más vulnerables se agota. El estado siempre comienza (nunca termina) sus “quijotadas” austeras en ellos; en los cimientos de la sociedad. Parafraseando a Eduardo Galeano: “La política es como las serpientes: sólo muerde a los descalzos”.

“Que se jodan”. “Dije que bajaría los impuestos y los estoy subiendo. No he cambiado de criterio, ni renuncio a bajarlos en cuanto sea posible, pero han cambiado las circunstancias”, quiso justificar el presidente su metamorfosis post-electoral. De aquel mesiánico programa, de tan solo ocho meses atrás, que cautivó al 44% de la población, sólo quedan cenizas; quizás las pensiones de los jubilados, aún a salvo, pero listas para la próxima embestida. Todas las materias, esenciales en cualquier estado keynesiano-un IVA bajo, seguro de desempleo, educación y salud públicas-, que había prometido no tocar ni alterar durante los días previos a las elecciones del 21 de noviembre, ya han pasado por la trituradora que comanda Bruselas.

Y como si fuera poco, los diputados del PP (Partido Popular) acompañaron el pleno de su líder con una serie de agravios y humillaciones, indignos de cualquier legislador o representante del pueblo. Mientras Rajoy mencionaba la medida contra el seguro de desempleo, de pie y aplaudiendo, se escucharon, desde la bancada popular, gritos como: “A trabajar, vagos”; “A Cuba”; o, el más polémico, en boca de Andrea Fabra, “Que se jodan”. Lo cual causó una profunda indignación entre la sociedad, y, que, seguramente, devendrá en una amonestación contra la diputada de Valencia. Aunque nada significativa. Nada que calme la indignación de la ciudadanía. Nada que impida aquel famoso proverbio del torero Rafael Gallo: “Las broncas se las lleva el viento y las cornadas se las queda uno”.
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