La noche de las sombras
Política /
A 36 años de la Noche del Apagón, vÍctimas y familiares de desaparecidos reviven aquella semana en Ledesma. La vida después de ser presos clandestinos, la complicidad de la Iglesia, y por qué la Justicia investiga a Pedro Blaquier.
Por Florencia Guerrero - Fotos: Euge Kais (enviadas a Jujuy)
Al caer aquella noche del 20 de julio de 1976 sobre el ingenio Ledesma, ninguna de las 15 mil personas que lo habitaban suponían lo que estaba por venir. La fortaleza de piedra y cemento forjada en medio de la yunga jujeña se preparaba para descansar como cualquier otro día, sin suponer que desde esa noche y durante una semana las fuerzas de seguridad de la dictadura ejecutarían uno de sus operativos. Para ello provocaron cortes de luz en todo el territorio, lo que facilitaría el ingreso a las casas de los pobladores marcados con premeditación, y secuestrando a un total de 400 personas entre estudiantes, militantes políticos y sociales, gremialistas o, simplemente, sospechosos de tener vinculaciones con actividades guerrilleras.
Los testigos de aquellas noches hoy recuerdan que en un principio todos pensaron que se trataba de un hecho sin importancia, hasta que el silencio escudriñado por la oscuridad, dio paso a los gritos desesperados y el carraspear de los vehículos impensados. El terror de los hombres y mujeres tragados por la tiniebla, como en una leyenda popular, pero hecha carne. Desde ese julio del ’76, Ledesma es también sus muertos, desaparecidos en las inolvidables noches en que la impunidad lo inundó todo, como una plaga, librando sobre ella la perversidad de quienes se alzaban con el poder en la zona. En esa tarea las fuerzas de seguridad del proceso no actuaban solas, ésa es la hipótesis que a 36 años investiga la justicia, en un entramado que reúne las responsabilidades de la sociedad civil y la empresa que le dio el nombre a esa ciudad, y que se solidificó durante los años más duros de la última dictadura.
En ese camino está la Justicia que, por primera vez, ha imputado en la causa por la desaparición de ciudadanos jujeños a Pedro Blaquier, presidente de Ledesma S.A., por los atropellos cometidos en "La noche del apagón".
"A la Justicia le faltaba investigar esta pata empresarial, los responsables económicos de lo que fue el terrorismo de Estado han permanecido impunes por décadas, amparados en su poder. Falta que gente como Blaquier explique si fue cómplice; él debe ser la punta del ovillo", afirma Milagro Sala dirigente de la agrupación Túpac Amaru, cuya movilización masiva en las calles de Jujuy ayudó al reimpulso de las causas. Por su parte, Pablo Pelazzo, abogado de la querella, explica que "para comprender lo ocurrido hay que analizar la economía jujeña y sus dos polos de desarrollo económico: el azúcar, representado por el ingenio Ledesma, y la minería. Es decir, dos de las causas más importantes de Jujuy vinculadas con crímenes de lesa humanidad son la Mina El Aguilar, con la represión y el ataque a los dirigentes mineros y el ingenio Ledesma, la represión de los obreros organizados y a los estudiantes que apoyaban a los obreros. Ahora que la justicia ha decidido investigar, no hay forma de analizar los hechos de la dictadura de Jujuy sin investigar a Ledesma".
La vinculación entre el ingenio Ledesma y el accionar del aparato represivo es denunciada por numerosos testigos. "En esa época, quien disponía de la energía para todos los pueblos era el ingenio Ledesma, ellos eran quienes distribuían la luz", explica el abogado, pero esa relación entre las partes no se habría limitado sólo a facilitar los cortes de luz. Varios de los querellantes relatan haber sido sacados del pueblo en las camionetas pertenecientes a la empresa.
Viviendo con el enemigo. Aquella mañana de julio Hugo Condorí se despertó apurado por la salida del sol. Este hombre que a pesar del paso del tiempo sigue corpulento y con sus manos curtidas por el trabajo, por aquel entonces tenía 30 años y una familia de 4 hijos a la que mantenía con su sueldo de capataz en el ingenio, donde, además, participaba en el sindicato. "Esto fue apañado en Jujuy con la intencionalidad de aumentar las riquezas de ciertos sectores -explica-. Yo era un hombre lleno de proyectos y de vida. Nosotros denunciábamos la injusticia y la impunidad con que se manejaba la empresa controlando a los trabajadores, negándoles las cosas elementales, por eso me llevaron aquella noche".
Condorí mantiene la misma bronca que guarda desde hace 36 años. Tal vez por ser uno de los únicos sobrevivientes del sindicato, tal vez por los años que ha tenido que esperar para escupir la impotencia que produjeron los días de encierro, golpes e impunidad. "¿Cómo se explica que dentro del ingenio siga funcionando la Gendarmería? Ellos manejaban y manejan la vida de la gente, tenían registros de cada familia y casa, y esos registros se usaron por los militares para llevarse a los detenidos en las noches del apagón. Me duele escuchar a quienes hablan de la teoría de los dos demonios. En Jujuy nunca hubo dos demonios, ni actividad guerrillera con enfrentamientos y combates. Lo que hubo fue una defensa de parte de quienes nos sentíamos despojados de nuestros derechos; yo reclamaba atención médica para mis hijos, no otra cosa".
Como si fuera un Estado dentro de otro, Ledesma se levantó a la sombra de la caña de azúcar y los intereses políticos. Una fortaleza que en su interior contaba con escuelas, una capilla, una comisaría y un destacamento de Gendarmería. Todos al servicio de los intereses de la empresa azucarera.
A Inés Peña, la desaparición de su marido, Julio Álvarez García, la dejó en ascuas, con dos hijas y una más en camino. Su marido era militante montonero y trabajaba también como docente en el ingenio. "Yo le decía que pensara en sus dos hijitas, que teníamos que irnos del país. Él no quería hacerlo porque sentía que tenía que permanecer junto a sus compañeros. El día que lo secuestraron, se lo llevaron delante de toda la familia. Nunca más tuve noticias de él". Inés, como casi todos los querellantes abre una carpeta de tres solapas, de la que saca fotos en blanco y negro de su esposo. En casi todas se lo ve sonriente, alguna jugando divertido con sus hijas. Debe haber visto estas imágenes mil veces, pero igual no es fácil contener las lágrimas, como la memoria. "En diciembre de 1976 nació mi tercera hija –se anima a recordar–, pero las otras dos eran tan chiquitas que ninguna de las tres pudo mantener una charla con su papá. Tienen algunos recuerdos de juegos o de su voz, pero nada más. Yo siempre lo recuerdo en la lucha, un hombre muy sensible y comprometido con la militancia social. Si tuviera que volver a elegir a Julio, lo volvería a hacer".
"Éramos jóvenes e ingenuos. Cuando me llevaron de la casa de mis padres, cuando me interrogaron yo no negué nada, porque todo lo que hacía era normal y legal. Yo no había hecho nada malo, pero igual me golpearon hasta el límite", intenta explicar Oscar Alfaro. La suya es otra historia. En ese tiempo trabajaba como maestro rural en el ingenio, al que hacía un año que había llegado desde Tucumán, donde estudiaba. "La cosa se había puesto fea, así que decidimos volver a la casa de mis padres; de allí me arrancaron como a un perro", dice.
"Estos son días que hemos estado esperando durante muchos años. Dicen que la Justicia es lenta pero parece que está llegando. A nosotros nos tardó bastante, lo bueno es tener fuerza para verla llegar. Ya hay policías presos y ahora con la indagatoria a Blaquier aumenta la esperanza", sintetiza, esperanzado, Alfaro. "Esa noche pude ver las caras de los que me llevaron, no las borro más. Y allí vi también la camioneta de la empresa Ledesma, en la que nos trasladaron a varios de los secuestrados. A algunos de ellos, vecinos míos, no volví a verlos nunca".
La casa del señor. La suerte de los que secuestraron en las noches del apagón tuvo diferentes destinos. Unos fueron trasladados al penal de la ciudad de Jujuy, y la mayoría de ellos a Guerrero, un centro de retiro del obispado de Jujuy donde se improvisó uno de los mayores centros clandestinos de detención de la zona.
Hilda Figueroa ve al pasar en la ruta el cartel verde que anticipa la próxima parada, es el mismo camino que hizo, pero vendada, la madrugada del 20 de julio cuando con sólo 19 años fue secuestrada de su hogar. Hoy es querellante y testigo en la causa por la noche del apagón y puede revivir los días que vivió en Guerrero.
"Querían quebrarnos la voluntad", repite. Quien la vea luchando en cualquier suelo inhóspito con las dos muletas que usa desde niña, cuando la poliomielitis decidió marcar su cuerpo, comprenderá que eso no ocurrió. Tal vez por esa historia anterior, Hilda parece la más aguerrida de todos. Ha tenido que aprender a enfrentar injusticias profundas, dolores mayores. "Durante el Operativo Independencia yo vivía en Tucumán porque estudiaba en la Facultad de Derecho. En mi ignorancia estaba tranquila, sentía que no hacía nada malo porque no me metía en política ni nada", explica mientras mira desde la vereda el edificio en que ella y sus compañeros permanecieron tanto tiempo. Hombres y mujeres golpeados, vendados, tabicados, hacinados y hambrientos. Tiempo después los testigos en los Juicios por la Memoria recordarían que el obispo José Miguel Medina solía estar en el centro clandestino.
"En Guerrero, hasta el año anterior, yo había asistido a los retiros espirituales de la iglesia de Ledesma; era un edificio del obispado que se usaba para esas cosas, hasta que paradójicamente se cedió para matar gente", explica Hilda, allí mismo donde había rezado tiempo atrás, escuchó morir a un ex novio y fue violada por sus opresores varias veces. "Después, cuando me dejaron en libertad, me dijeron que se habían equivocado, que tenía que perdonarlos, olvidar y poner la otra mejilla", recuerda.
"Hubo una campaña de espionaje –aporta Inés–, nosotros no nos dimos cuenta de que en Ledesma nos estaban entregando. La empresa, las fuerzas de seguridad y la iglesia colaboraron. Recuerdo que en el ingenio había un cura, el padre Aurelio Martínez, que hablaba en las homilías sobre la importancia de que el Estado terminara con los que pensábamos distinto".
Alfaro también fue trasladado a Guerrero, "los compañeros de Ledesma que fueron desaparecidos y alojados en este centro de detención, desaparecieron casi todos". Tras un par de semanas, Oscar fue blanqueado como preso a disposición del PEN y trasladado a la Unidad 9 de La Plata, donde estuvo alojado por un año, hasta que fue expulsado del país, entonces se fue a Noruega donde vivió 17 años. "Cuando nos blanquean, quisieron borrar un poco lo que nos habían lastimado. Las torturas habían sido tan fuertes y todo el tiempo habíamos estado con las mismas vendas, así que para sacarnos esas vendas nos tiraron muchos litros de agua, porque estaban pegadas".
El terruño. "Nos pegaban, nos perseguían. Tuve 10 negocios y me fundí 30 veces, hasta que aprendí. Ellos me habían sacado mi fuente de empleo", explica Condorí, que a pesar de todo se quedó a vivir en Ledesma. Algo que para cualquiera resulta extraño, después de tantos años, de tantos dolores. ¿Por qué permanecer en Ledesma o volver a ella? Para Alfaro la explicación es simple, "cuando uno está fuera de su país se siente un nómada. Podés aprender, o estar cómodo, pero tu vida pasa por el sitio que dejaste".
Además, está la lucha por reabrir las causas judiciales y denunciar lo que ocurrió esos años: "Algunos de nosotros decimos que no es verdad que los 30 mil dieron la vida por el país –explica Alfaro–, ninguno de nosotros quería dar la vida porque era lo que más amábamos. Para mí la vida es lo más hermoso que nos pueda ocurrir, y esos sinvergüenzas se creyeron nuestros dueños". Pero en este proceso la familia pesa, en el caso de Oscar, la que más reparos tiene es su mujer, "yo ahora tengo un hijo de 9 años, y ella me pide que mida las consecuencias. Pienso en mis compañeros desaparecidos y en sus hijos, voy a hacer esto por ellos y por dejarle un mejor mundo a mi hijo".
El temor no es un dato menor; hace un mes al nieto menor de Condorí lo quisieron secuestrar de la puerta de su casa, eso causó temor en algunos de los testigos y querellantes de la causa. "Esto lo hago por el recuerdo de mis compañeros, todos desaparecidos. A mí me salvó un policía que me escondió entre un grupo de contraventores. Nunca me habló, simplemente me metía entre esa gente. En ese momento me vino a buscar la brigada de investigaciones, y él dijo que ya me habían llevado. Yo no lo conocía ni sé por qué lo hizo, muchos años lo busqué para agradecerle, pero no pudo ser", dice Condorí, que cada día agradece al dios en que cree por su suerte.
-¿Se puede perdonar a los represores?
-No creo que yo tenga derecho a eso, sabe. Lo que pasó fue sobre todo un país. Cuántas muertes, cuánta desolación han causado. Ellos deben ser juzgados por el mal que le hicieron a todo el país.
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