"En la oscuridad también puede haber belleza"

22.07.2012 | 13.51 Comentar   |   FacebookTwitter
Entrevistas /  A pocos días de estrenar una obra como directora, Leonor Manso reflexiona sobre la libertad, el deseo y el amor. Su concepto espiritual de la vida y cómo trasmutó el dolor por la muerte de su hijo.
Por Denise Tempone - Fotos: Eugenia Kais.

Le parecía demasiado cruel. Leonor no quería tener un canario. Era un regalo, y aunque los regalos no se devuelven, ella estaba dispuesta a permitirle recobrar la libertad. Nunca se le hubiese ocurrido a su alma libre que el menos interesado en ese plan sería el mismo canario. El ave se negó a dejar la jaula desde el primer instante y se resistió aún más con el correr del tiempo. Leonor pensó que tal vez la biblioteca no le parecía el lugar más tentador para escaparse, pero luego entendió que la biblioteca no era el problema. Él, simplemente, estaba acostumbrado a su jaula de siempre, su rincón de siempre, sus horarios y su alpiste regular. Así, Fermín, pasó a tener nombre y a ser parte de la familia, junto a las gatas Alma y Sofía, que aprendieron a dejar de mirarlo con ganas para entender que era un habitante más de ese departamento de Barrio Norte.

Fermín ya tiene ocho años y aunque Leonor le tiene cariño, se sabe absolutamente diferente a su mascota. Toda su vida fue libre. Lo suficiente como para permitirse experimentar entre una carrera como bioquímica (llegó a cursar algunas materias en la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires) y el teatro, el cual se terminó por manifestar como su verdadera vocación. Hoy, Leonor vuelve a enfrentarse con el tema de la libertad en la obra que dirige, La voz de la sirena, protagonizada por la actriz y cantante Claudia Tomás, que se encuentra en cartel desde el 7 de julio en el Centro Cultural de la Cooperación. Desde la dirección, Leonor guía a la actriz para entrar en la piel de una mujer policía cuya vida entre en crisis frente a la muerte de su madre. Elecciones, tragedias, catarsis y replanteos existenciales se despliegan durante la hora y cuarto que dura este monólogo de una mujer que desconoce lo más poderoso que puede tener un ser humano: sus deseos.

-En la obra parecemos asistir a los últimos momentos de lucidez de una persona que se está volviendo loca y que amenaza con el suicidio, sin embargo no lo comete. ¿Alguna vez te sentiste en ese extremo?

-¿Sabés que no? Lo que me gustó de esta obra es que finalmente ella sale modificada de toda esta experiencia y creo que en esa catarsis ella logra sacarse todos esos pesos que la tenían tan oprimida. Si bien no sabemos qué pasa luego, sabemos que sigue adelante con su vida, transformada. Ese lado lumínico de la angustia que vive es lo que más me entusiasmó.

-Tuviste momentos muy duros en tu vida con el fallecimiento de tu hijo. ¿Qué pensás que evitó que visites esos extremos?

-(Leonor cierra los ojos y levanta la mano, como pidiendo que no se haga referencia al tema). No recuerdo nunca haber explotado de la manera que explota el personaje, tal vez porque nunca reprimí tampoco tanto como reprime el personaje, no tengo necesidad de explotar, siempre tuve mis emociones a flor de piel, no les tengo miedo a las emociones y creo que pueden ser muy liberadoras. El dolor a veces nos ayuda a sacar a la luz parte de nosotros que no queríamos ver y eso es sanador.

-¿A qué cosas propias te enfrentó la obra?

-Cuando yo trabajaba este texto me llegaba mucho el tema de la soledad, el tema de la incomprensión, el tema de tener internalizado a los padres, como voces que uno nunca saca de uno mismo, aunque ellos ya no estén. Pero creo que lo que más me distingue a mí de este personaje es que ella ni siquiera sabe cuáles son sus deseos, se convierte en policía para que le digan incluso bajo qué circunstancias está permitido llorar. Yo, en cambio, siempre estuve muy conectada con mi interior y siempre tuve mi deseo y mi refugio muy claros.

-¿Cuál es tu refugio?

-El teatro. Creo que cuando alguien encuentra su verdadera vocación, aunque no sea exitoso en los términos que el mundo te dice que tenés que serlo, ya tenés un éxito asegurado, que es el de saber a dónde resguardarte. Encontrar qué es lo que te hace feliz es una bendición inexplicable, un lugar al que siempre podés recurrir. Y desde ahí la vida se enfrenta con mayor entereza.

-Siempre hablás de la importancia de la belleza. ¿Sos capaz de encontrar belleza en la oscuridad?

-Sí, porque yo aprendí que la oscuridad, paradójicamente, te da claridad para ver ciertas cosas. Es el no ver esas partes ocultas de uno mismo lo que representa una verdadera oscuridad, una ceguera. El arte saca lo que está escondido y te lo muestra. Nosotros tendemos a escapar de lo oscuro pero los grandes artistas, de todas las épocas, desde los griegos con Edipo, han sido capaces de entender esto: lo valioso de iluminar las zonas que no se ven. Lo humano, lo profundo, eso es lo bello. Lo bello y lo lindo son cosas muy diferentes.

-¿Cuál es la diferencia entre lo bello y lo lindo?

-Lo lindo es lo lindo, lo superficial, lo halagador. La belleza de la que hablo también está en el dolor, en el sufrimiento por esta cualidad reveladora que tiene. Si no fuera así no existirían tantas obras que no son especialmente lindas, pero que son increíblemente bellas, en todas las ramas del arte. Mucha gente va descubriendo que cuanto más humana se revela una persona, más bella es. La lindura que hoy tenemos en la televisón es una especie de belleza ejercida con violencia, que es otra cosa.

-¿Cómo llegaste en tu vida a formar esta percepción?

-Bueno, no es que mi familia me lo haya explicado, por supuesto. Lo aprendí a través de mi vida y mis dolores. Tal vez es por mi sensibilidad. Puede parecer absurdo pero cuando yo veo esa belleza, soy feliz. Cuando algo te llega al corazón, eso es bello y vos te ponés bello porque recuperás humanidad. Pero hay gente que no se quiere meter en eso, que prefiere seguir en piloto automático, que queda escindida. Es muy común por estos días no saber apreciar esta dimensión, por eso tantas drogas, tantas pastillas.

-Estuviste casada dos veces (N. de la R.: con Antonio Grimau desde 1973 a 1980 y con Patricio Contreras de 1981 al 2011) Si mirás para atrás. ¿Qué conclusiones sacás del amor?

-Los encuentros entre parejas son algo que está escrito, que tiene que ocurrir, es destino, es algo así. Si es de otra vida o lo que sea, no lo sé, pero creo que en realidad la vida de las personas es como una obra de teatro ya escrita. Los lugares por los que tenés que pasar y ciertas cosas que te tienen que suceder ya están escritas. El libre albedrío está en como vos transitás por esos lugares. Creo que en el amor es así, igual que la amistad. Pienso que si hay un encuentro, tenía que ser y uno elige cómo y hasta cuándo vivirlo.

-¿Practicás alguna religión?

-Ninguna y todas. No me aferro a ninguna pero creo en los principios que todas postulan, que tienen que ver con el amor, la paz y la evolución espiritual. Nunca pierdo de vista eso.
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