¿Cómo vivimos la muerte?
Sociedad /
Cada vez hay más cremaciones y menos entierros y velatorios. Por qué cambiaron nuestras costumbres, y qué se esconde detrás de la tendencia del duelo express.
Por Melisa Miranda Castro fotos: gustavo correa y archivo.
El último puñado de tierra golpea sobre la madera como un adiós definitivo, los miembros de la familia se alejan, conteniéndose unos a otros. “Lo siento tanto, la verdad no sé qué decirte en este momento”, dice uno de ellos. El negro no es riguroso entre los presentes. Antes de irse, un aplauso surge espontáneo como cuando se baja el telón al final de una obra de teatro. El mundo cambia, el ritmo de vida también, y con eso, la manera de despedir a los difuntos. Las tradiciones funerarias mutaron a lo largo del siglo, la vorágine del progreso aceleró los tiempos de la sociedad y afectó también a las costumbres y ceremonias. Los muertos siguen descansando en paz, pero llegan más rápido a ella, sobre todo en las grandes urbes.
“El país se divide en dos realidades, una son las grandes ciudades y otra el interior del país. En las grandes urbanizaciones algunos ritos se abreviaron y otros desaparecieron, los velorios son más cortos, hay menos tiempo para la despedida del fallecido. Pero en el resto del país se mantienen los ritos funerarios. No es que quieran más a los muertos en un lugar o en el otro, es que simplemente, antes se daba una semana de duelo y el Día de los Muertos era feriado, ahora si no vas a trabajar te echan; eso es lo que hace que se acelere el ritmo de todo. Lo que no se perdió es la costumbre de poner placas para el cumpleaños y los aniversarios”, explica Ricardo Péculo, director del Instituto de Tanatología Exequial.
Esta pérdida de la costumbre de visitar a los familiares muertos y comenzar a alivianar las ceremonias funerarias, es algo que se empezó a hacer evidente a mediados del siglo XX. “Hasta hace cinco décadas, aproximadamente, se practicaba el culto a los muertos, era muy común que la familia fuese al menos una vez por semana al cementerio a llevar flores a sus familiares fallecidos, como una manera de demostrar que aún seguían presentes en su memoria y el sentimiento que había hacia ellos. Hoy en día es muy raro ver a alguien ingresando a un cementerio con flores y menos aún en Recoleta. El 90 por ciento de los visitantes son turistas”, explica Luis Leoz, guía especialista en cementerios, que tiene una página web sobre el de Recoleta.
Un dato que apoya esta tendencia de alivianar las tradiciones lo aporta Osvaldo Lotitto, de la funeraria Casa Lotitto. “De las personas que fallecen por día, sólo el 3 o 4 por ciento son veladas. Algunos las llevan directamente al cementerio, aunque tienen que esperar las 12 horas desde su muerte, que se exigen para sepultarlo. Sino hacen ‘la despedida’, que es en una casa velatoria pero sólo dura dos o tres horas. Se hace por la practicidad de la familia. El hecho de que todos estemos corriendo tanto detrás del tiempo hace que nos olvidemos que vamos a estar en ese lugar”, asegura el empresario. El filósofo Darío Sztanszrajber analiza la situación. “Vivimos en un mundo donde la pérdida se piensa en términos mercantiles. Uno no puede tomarse el tiempo para conectarse con algo que pierde, porque es ‘perder el tiempo’. Tiene que ver con la tiranía de la mercantilización de la existencia, que mide todo en términos de ganancia, y cuando hay un muerto, si hay algo que no hay es ganancia”, explica.
Christian Ferrer, doctor en Ciencias Sociales e investigador de Estudios Culturales en la UBA, reflexiona sobre el hecho de que la vida se ha prolongado; antes, los duelos eran sucesivos y llegaban a temprana edad, pero ahora la gente prolonga su existencia hasta los 80. Eso pospone la muerte y hace que haya menos signos de luto presentes en la cotidianidad. Antes se intentaba preservar la memoria del fallecido, a través de fotografías, el uso del negro y objetos que remitieran a su recuerdo. “Hoy ya es muy difícil ver eso, las personas quieren vivir placenteramente. Hay una negación del sacrificio, que hace que el luto sea visto como una tristeza inevitable que hay que tratar de gestionar lo más rápido posible. Las personas niegan la ética del sacrificio, con lo cual se pierde la idea de deudos con los muertos. Uno va al cementerio porque tiene una deuda afectiva, ¿ahora qué deuda hay?”, explica. “Lo que cuesta mucho es el duelo, esa melancolía uno no está dispuesto a mantenerla mucho tiempo, se la vive como depresión. En mi opinión es malo, uno tiene que dejar que el muerto comience a ser absorbido, en el cuerpo primero, en la memoria después y luego reaparece en el recuerdo cuando quiere. Si rápidamente lo negás, va a volver pero de otra manera, muy dolorosa. La negación es lo peor”, asegura Ferrer.
Honrar a los muertos. Según Hernán Vizzari, investigador de costumbres funerarias y fundador del Museo Funerario Virtual, el gran cambio de costumbres se dio en la década del ’50. Hasta ese momento los deudos se veían obligados a mantener ciertas costumbres y ritos, que acentuaban más el dolor por la muerte del ser querido. “La vestimenta, el color negro, el silencio sepulcral, todo era parte del mismo proceso. No se podía escuchar música. En la casa reinaba el silencio absoluto y solemne, solamente se podía hablar en voz baja. Había unos pianos de luto, que eran para que los chicos no perdieran sus lecciones de piano, practicaban pero el instrumento no emitía sonido”, afirma. Otro detalle es que el velorio se hacía siempre en la casa del muerto y el no hacerlo significaba una ofensa. Se contrataban lloronas, para que se lamentaran profundamente en público. “Eran parte del servicio de sepelios, pero rara vez se hacía público su servicio.
Durante un año la familia llevaba luto total, y el segundo año era medio luto. En los ’20, los hombres usaban sombreros de paja color negro, en algunos casos color natural con una banda negra. En las siguientes décadas, entre el ’30 y el ’40, se implementó la banda de luto color negro en el brazo izquierdo para los hombres. Los chicos en las visitas al cementerio llevaban ropas blancas o claras, según la clase social. En cuanto a las costumbres relacionadas al velorio, se entregaban sobres y tarjetas de lujo en agradecimiento al haber concurrido y acompañado a los deudos. También se daban esquelas con la foto del fallecido donde detallaba el lugar de la ceremonia religiosa, el entierro y oraciones en su memoria. “Otra parte del servicio muy común era el de la fotografía post mórtem, el velatorio, la carroza y del entierro. Estas fotografías dejaban un último recuerdo del finado”, explica Vizzari.
El Día de los Muertos era una fecha importantísima, hace ya más de medio siglo. Los cementerios se colmaban de gente, al punto que en la Chacarita había puestos para que la gente comiera y pasara el día con sus difuntos. Ese día la policía estaba muy atenta, porque podía capturar a los delincuentes que iban a visitar a sus muertos. “Ese día se hacían muchísimas detenciones importantes, era un día clave para atrapar a los prófugos o criminales que de otra manera no podían localizar”, cuenta Hernán Vizzari, responsable de la página del cementerio de Chacarita. Ahora, el mayor caudal de visitantes se puede ver en Navidad, Año Nuevo y Día del Padre o de la Madre. “Antes, la necrópolis estaba al lado de la ciudad de los vivos, hoy no es así. Los ‘jardines de paz’, que es un eufemismo, están alejados, hay que tomar la decisión de ir, hay que hacerlo en auto, no podés ir caminando”, acota sobre el tema Christian Ferrer.
El breve adiós. Así como muchos ritos se acortaron o quedaron en desuso, se adoptaron otras costumbres, uno de ellos es el aplauso, algo que señala Ricardo Péculo. “Ahora se utiliza mucho, se incorporó hace unos diez años atrás, creo que con Sandrini, fue el primero con el que yo lo escuché”, asegura el experto en tanatología. Otras técnicas recientemente incorporadas a los servicios de las funerarias son la tanatopraxia (conservación, desinfección y presentación del cuerpo que puede durar entre dos y tres meses) y la tanatoestética (conservación del cuerpo mediante cosméticos que se hace para que la familia pueda dar una despedida sin olores ni líquidos). La primera es un requisito indispensable para trasladar el cuerpo al exterior del país, pero según comenta Osvaldo Lotitto, también se estila mucho cuando los familiares están en el exterior y van a tardar en regresar para dar la última despedida, en el caso de la colectividad china es muy usual.
Otra tendencia que se marca en este aspecto, es el aumento de cremaciones en las grandes ciudades. En Buenos Aires, en 2011, hubo 10.577 cremaciones, es decir un 43 por ciento de los fallecidos. En 2001, las cremaciones representaban el 30 por ciento. “Es diferente en las grandes ciudades y en el interior del país, en el total de la Argentina serán un 10 por ciento las cremaciones. Antiguamente sólo había crematorio en Chacarita, así que de cualquier parte del país había que ir hasta ahí, además la Iglesia Católica lo prohibía. Pero el aumento se da por la vorágine en que vivimos, estamos apurados hasta para ir al cementerio, no tenemos tiempo. El mundo entero va hacia la cremación, paulatinamente, porque en muchos casos no hay lugar para cementerios o los que hay están colapsados. Va a llegar un momento en el que los cementerios van a quedar como patrimonio histórico”, sentencia Péculo. “Todas las metáforas de la muerte se perdieron. La gente trata rápidamente de psicoanalizar la muerte, de gestionarla, un efecto de eso es la dificultad de las palabras de pésame. Antes era una cultura, las personas estaban mínimamente preparadas para eso, hoy nadie sabe qué decirte”, concluye Ferrer.
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